‘La bola negra’, o cómo a Estados Unidos siempre le ha obsesionado la historia de España

Tras décadas en las que coleccionistas estadounidenses romantizaban la imagen española, artistas como Los Javis están llevando al foco una pieza fundamental de su propia memoria histórica
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‘La bola negra’, o cómo a Estados Unidos siempre le ha obsesionado la historia de España
Cartel promocional de la película. Fuente: Movistar+

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¿Por qué una película española sobre la represión franquista y la homofobia institucional triunfa en el mercado estadounidense? Más allá de la trama, La bola negra (2026) cuenta historias de amor. Entre ellas, tres romances entre hombres homosexuales en distintas épocas de la historia de España, así como el final del matrimonio entre sus directores, Javier Calvo y Javier Ambrossi (Los Javis). Con la promoción de la película en Estados Unidos, La bola negra también ha reavivado una vieja llama que parecía extinguida: la obsesión estadounidense con the Spanish craze, un absoluto ‘embrujo’ con la cultura española.

Los museos de Estados Unidos están llenos de cuadros de Goya, Velázquez y El Greco. Solo la Universidad de Yale tiene unas 2.600 obras de arte originarias de España, entre pinturas, esculturas y fotografías. El Museo de Bellas Artes de Boston guarda una capilla catalana y el Museo Metropolitano de Nueva York expone la reja del coro de la catedral de Valladolid. En total, son miles de obras de arte seleccionadas por coleccionistas que, viajando por Europa, cayeron víctimas de este “embrujo español”.

Sin embargo, esta fascinación trasladó solo una parte de España a tierras estadounidenses: la España barroca, oscura, castiza. Fue un retrato tan extendido que hasta la administración de Franco decidió sacar provecho. A día de hoy, artistas como Almodóvar, Los Javis o Rosalía están consiguiendo romper este embrujo histórico, creando arte que no reniega de su propia historia, sino que la interroga.

El fin de un imperio y la fiebre de España

Estados Unidos tuvo que alcanzar su Edad Dorada a finales del siglo XIX para dejar atrás la Leyenda Negra asociada a España. Aunque Thomas Jefferson ya leía El Quijote, no fue hasta después de la guerra hispano-estadounidense de 1898 cuando España cautivó al que había sido su enemigo. Así, las semillas plantadas por eventos como la Exposición Mundial Colombina, los libros de Washington Irving  o los bailes de La Carmencita fueron dando fruto. Cuando Estados Unidos dejó de sentir la amenaza en el Caribe, el gusto por lo español comenzó a permear el arte, la arquitectura, la música, el cine o la literatura. En 1911, el New York Times apuntaba que “todo aquello que Velázquez se vio tentado a crear en su última década ha llegado hasta Estados Unidos”. Pronto, todo el país sucumbiría al encanto español.  

El escultor estadounidense Augustus Saint-Gaudens fue uno de los afectados. Durante su viaje a España en 1899 se “infectó” de aquello que el pintor John Singer Sargent le había dicho que los cautivaría: “la fiebre de España”. El principal síntoma de la enfermedad era un apetito insaciable por el arte español. Muchos artistas volvieron de sus viajes a España con muebles y cuadros. En cuanto a escritores, Irving y David Roberts fueron de los primeros en sufrir esa obsesión. Gertrude Stein confesó que se consideraba “imparcial en cualquier tema excepto en lo que se refiere a España”. Tampoco fue inmune la coleccionista Isabella Stewart Gardner, quien construyó un “claustro español” en su museo de Boston donde colocar el cuadro El Jaleo de Sargent. “España lo dice todo”, escribió.

A los empresarios, la fiebre les pilló más fuerte. Charles Deering, el heredero de un imperio de maquinaria agrícola, compró y rehabilitó dos propiedades históricas en la costa catalana: el Castillo de Tamarit y el complejo del Palacio Maricel. William Randolph Hearst, el magnate de la prensa y partidario de la guerra de 1898, también sucumbió. En 1919 decidió construirse un castillo español en California, inspirado en la Colegiata de Santa María la Mayor de Ronda. Para decorarlo, Hearst compró dos monasterios españoles. Ambos fueron desmontados y trasladados en cajas a Estados Unidos, pero nunca llegaron a la mansión. Las piezas del monasterio de Santa María de Óvila se acumularon en el puerto de San Francisco durante una década. El monasterio de Bernardo de Claraval fue adquirido por dos empresarios de Ohio, reconstruido piedra a piedra, y es hoy una de las principales atracciones turísticas de North Miami Beach, en Florida. 

Coleccionar un país

Coleccionar es seleccionar. Como quien va de tiendas, los magnates estadounidenses del siglo XIX se iban de compras de obras de arte a España. Al hacerlo, tuvieron un impacto enorme en qué aspectos de la cultura española se ponían de moda, eligiendo qué versión de España merecía ser vista y recordada. La mayoría de estos coleccionistas competían por cuadros del barroco español. A través de cartas, Hearst le pedía a su madre que comprara un Murillo o un Velázquez, “o ambos”, y Stewart Gardner celebraba haber adquirido un Zurbarán “justo a tiempo para evitar que el Sr. H se hiciera con él”. Este “Sr. H” era nada más y nada menos que la it girl del “embrujo español”: Archer Milton Huntington.

Mientras que la mayoría de los magnates embrujados por España importaron obras de arte para sus residencias privadas, el interés de Huntington por el hispanismo fue más allá. En 1904, fundó la Hispanic Society of America (HSA), un museo que alberga la colección más grande de arte español fuera de España, así como la biblioteca íntegra del Marqués de Jerez de los Caballeros. La HSA buscaba ser una especie de enciclopedia visual de la historia y la cultura de España. Al contrario que Hearst, Huntington se negó a comprar arte dentro de España para evitar fomentar el expolio de obras de arte. Lo que quizá no pudo evitar fue la imagen romanizada del país que se creó como resultado de sus compras y estudios.

La elección de qué cuadros comprar o exponer era, como las colecciones, privada. Los coleccionistas estadounidenses del siglo XIX buscaban una imagen de una España tan exótica como tradicional; el país de Cuentos de la Alhambra de Irving. El mismo Huntington admitió que leer Los zíncali: Un relato de los gitanos de España fue su primera toma de contacto con España. Cuando viajó allí, lo hizo esperando encontrar un país lleno de “palacios y fortalezas, con catedrales y ciudades amuralladas, con guerreros barbudos y damas distinguidas”.

Quizás por su amor hacia el Mío Cid, o por influencia de la generación del 98, Huntington consideró que el “verdadero español” era el que vivía en las zonas rurales. “Es en el interior del país”, escribió, “donde se puede conocer España” y el universo que él sentía que estaba “a punto de desaparecer”. Con ese espíritu, en 1911, Huntington encargó a Joaquín Sorolla la serie de catorce cuadros Visión de España, que representara la gente, las tradiciones y los trajes de las distintas regiones del país, casi como estampas etnográficas.

No hace falta comprar cosas para “coleccionar” España o contribuir a su romantización. Ernest Hemingway y sus Fiesta (1926) o Muerte en la tarde (1932) son claros ejemplos. Algo parecido había hecho David Roberts con sus cuadros de la Alhambra. Es una España “primitiva”, congelada en el tiempo, donde uno podía cruzarse en cualquier momento con bandidos, toreros, bailarinas de flamenco y donjuanes. Los efectos de esta imagen de España no tardaron en ser evidentes. En 1924, un informe de la Comisaría Regia del Turismo diría que “los estadounidenses no tienen ningún interés en la España moderna […] y se sorprenden cuando se encuentran con un español culto que no sea un buen católico y que conceda más importancia a la industria moderna de su país que a sus tesoros artísticos y tradiciones”.

Franco vende España

Sin embargo, todas las modas llegan a su fin. Tanto la guerra civil española como la Segunda Guerra Mundial fueron decisivas en el final de la fiebre de España. Al no poder viajar de visita y sin el interés de los artistas (que rechazaban, en su mayoría, la dictadura franquista), los estadounidenses perdieron interés en el arte español para centrarse en nuevas tendencias; en este caso, México. 

Tuvieron que pasar décadas para que se reavivara la llama entre España y Estados Unidos. Esta vez, sin embargo, no había grandes artistas o magnates peleando por comprar un Velázquez o desmontar un monasterio románico. Hizo falta una campaña de márketing para traer de vuelta al turista estadounidense. Así, en los años sesenta, el Ministerio de Turismo liderado por Manuel Fraga lanzó el eslogan Spain is different. Pero para atraer a los estadounidenses no bastaba con sol y playa, que ya existían en California o Florida. España tenía que vender un país “de pandereta”, haciendo hincapié en lo “castizo” o incluso lo “oriental”, y usando el reclamo de imágenes del flamenco, las corridas de toros y el pasado andalusí.

Una de las estrategias más exitosas fue el uso del folclor y las celebraciones regionales. En esta época, potenciaron experiencias como el Camino de Santiago y fiestas de interés turístico como el Rocío, las Fallas o los Sanfermines, llegando a reapropiarse incluso de obras de autores que habían apoyado al bando republicano. En 1967, Mary Hemingway viajó a Pamplona para la inauguración de un monumento a su marido y almorzó con Fraga. En cuestión de días, el nombre que parecía ser enemigo del régimen pasó a ser su agente publicitario. Así, el Gobierno franquista empezó a gestionar esa fascinación extranjera en vez de dejarla en manos de coleccionistas privados, usándola para blanquear la imagen de la dictadura. 

El giro del siglo XXI

“Olvida el ‘Maine’, España ha vuelto”, tituló el New York Times en un artículo de 1998, en referencia al hundimiento del acorazado USS Maine un siglo antes. El artículo celebraba  la “transición de España de una dictadura atrasada a una democracia industrial”. Tan solo unos años antes, España había acogido los Juegos Olímpicos y la Exposición Universal de 1992, reentrando con fuerza en el escenario cultural global. Era un preámbulo de lo que estaba por llegar.

Un siglo después de la creación de HSA, la cultura española ha irrumpido en Estados Unidos. El español es el segundo idioma del país: la sangría y las tapas se sirven ya en muchos restaurantes; las chicas de moda visten de Zara y estadounidenses de a pie depositan su dinero en el Banco Santander. Sus museos continúan celebrando a los pintores del barroco español, pero también exponen obras más modernas como las de Dalí, Miró o Picasso. En 2001, se inauguró la ampliación del Museo Meadows de Dallas, Texas, con una enorme colección de arte español. El año siguiente, el museo recibió La Ola, de Calatrava, arquitecto que diseñaría la estación de transportes del World Trade Center, uno de los monumentos emblemáticos de Nueva York. 

España está volviendo a cautivar a Estados Unidos a través del arte. Pero, esta vez, los propios artistas toman el timón. Sus creaciones, ya sean películas como Todo sobre mi madre (1999) de Pedro Almodóvar o álbumes como El Mal Querer de Rosalía, disrumpen en lugar de romantizar. Son obras que celebran la identidad española y su modernidad. Este año tres películas españolas se han disputado la Palma de Oro en Cannes: La Bola Negra (Los Javis), Amarga Navidad (Almodóvar) y El ser querido (Rodrigo Sorogoyen), celebrando a las nuevas generaciones de cineastas cuyo arte es tan español como universal.

Si los coleccionistas estadounidenses compraban reliquias de una nación desaparecida (o que nunca llegó a existir), estos artistas retratan la España que está presente. Todo sobre mi madre tiene como protagonistas a Madrid y Barcelona, sus artistas y su arquitectura. A la vez, habla de temas sociales tabú en su día como el sida, la transexualidad o la prostitución, fomentando la solidaridad y la crítica social. En El ser querido, Sorogoyen se centra en la relación de un cineasta con su hija. Al mismo tiempo, este conflicto sirve como metáfora del abandono histórico del Sáhara Occidental por parte de España. Con una ambientación más de época, La bola negra homenajea a Lorca a la vez que habla de la represión franquista y la homofobia institucional. Todas estas películas cuentan historias universales y las arraigan en España. En lugar de limitarse a criticar el tradicionalismo de la sociedad que representan, lo cuestionan y demandan un cambio.  

¿Quién cuenta la historia de España?

Las películas españolas del siglo XXI no suavizan ni adaptan España para el público internacional. Como otras antes que ella, La bola negra no es un artículo de colección que decore el interior de una mansión privada, sino una obra de arte que está viva y tiene voz. Quizá los estadounidenses de 1924 no tenían interés en la España moderna, pero los del siglo XXI han demostrado que sí. La bola negra, que recibió una ovación de veinte minutos en su estreno, ha sido elegida como la apuesta de España a los premios Óscar y ya ha ganado el primer premio en el Toronto International Film Festival.

Tan clásica como moderna, La bola negra está trayendo de vuelta ese embrujo de España. Para hacerlo, utiliza el género histórico, pero con propósito. La película está basada en La piedra oscura de Alberto Conejero, inspirada a su vez en el romance entre Federico García Lorca y el estudiante Rafael Rodríguez Rapún. Su título es el de una obra de teatro inacabada de Lorca sobre el rechazo social a la homosexualidad. Con esta película, Los Javis rinden homenaje al gran poeta granadino fusilado durante la Guerra Civil y usan su larga sombra para hacer arte y memoria histórica. Es un homenaje a España que no colecciona la historia; la personifica. No suaviza la represión de su pasado, pero tampoco tiñe al país entero de barbarie.

Beatriz Valero

Madrid, 1998. Escritora, editora y periodista. Graduada en Historia por la University College of London y máster de Literatura Comparada en la Universidad de Cambridge.

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