Helen Clark: “Occidente debe evitar meter a China y Rusia en el mismo saco”

La ex primera ministra de Nueva Zelanda y administradora del PNUD analiza la guerra de Ucrania y la crisis climática en esta entrevista.
EntrevistasGeopolíticaMundo
Helen Clark: “Occidente debe evitar meter a China y Rusia en el mismo saco”
Fuente: Wikimedia Commons

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

Helen Clark (1950), primera ministra laborista de Nueva Zelanda entre 1999 y 2008. Fue la segunda mujer en ocupar el cargo tras décadas siendo una de las voces más activas de su país en materias como el desarme nuclear. Durante sus años en el poder aprobó reformas para proteger los derechos de los maoríes o las uniones civiles entre personas del mismo sexo y se opuso a la guerra de Irak. Primera mujer elegida administradora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que dirigió entre 2009 y 2017, ese año se postuló para sustituir a Ban Ki-moon como secretaria general de Naciones Unidas, pero perdió frente a Antonio Guterres. 

Gracias a sus años en política y en la ONU, Clark es experta en desarrollo, derechos humanos, seguridad y gobernanza, áreas clave para comprender esta crisis global derivada de la pandemia, la guerra de Ucrania y la crisis económica. En colaboración con el Club de Madrid, de la que Clark es miembro, y con motivo del Día Internacional de la Democracia, buscamos que la primera ministra nos dé algunas claves sobre los tiempos que corren.  La entrevista se hizo en inglés y puede escucharse en el siguiente podcast: 

La guerra de Ucrania ha desencadenado una serie de crisis simultáneas que amenazan la estabilidad de todo el mundo. Durante la pandemia surgió el debate sobre si las democracias tenían mejores medios para combatir el covid-19 que las dictaduras. ¿Cree que las democracias están preparadas para sobrevivir a esta nueva crisis provocada por la inflación y la escasez energética? 

Todas las crisis que estamos viviendo son serias. A veces hablamos de las “tres ces”: conflictos, covid y clima. Y todo ello sin tener en cuenta el retroceso en los objetivos de desarrollo sostenible: el aumento de la pobreza extrema y el hambre, la crisis de la biodiversidad, el estado de los océanos… Es un escenario bastante lúgubre. De manera inmediata están las consecuencias de la guerra de Ucrania, que son muy serias para países que, por ejemplo, dependen del grano que importan de Rusia y Ucrania. No es que la gente no pueda permitirse el pan, es que se arriesgan a la inanición. Y todo en un momento en el que, además, regiones como el Cuerno de África se enfrentan a otra de sus peores sequías en décadas. 

Europa, por su parte, se enfrenta a un invierno muy duro. Lo vemos en los precios de la energía, no va a ser fácil. Y sí, esto está poniendo mucha presión en las democracias, porque en este tipo de crisis si las personas pierden la cabeza, puede aumentar el populismo, que puede adoptar formas muy peligrosas. Lo hemos visto en las elecciones de hace unos días en Suecia, donde la extrema derecha ha llegado a ser la segunda fuerza política. El nazismo surgió de los años de empobrecimiento y caos que sucedieron a la Primera Guerra Mundial y al colapso de la República de Weimar, así que no debemos tomarnos a la ligera las amenazas a la democracia. 

Es un tiempo muy preocupante que exige combatir estos problemas manteniendo un sentido de unidad y solidaridad. Pero para eso los Gobiernos tendrán que tener posturas muy inclusivas. Si no, veremos a la gente pobre, mayor o marginada pasar mucho frío este invierno, hasta el punto de la enfermedad o la muerte. Y eso es terrible. 

Algunos países no europeos ya están sufriendo las peores consecuencias. Sri Lanka ha colapsado debido a la crisis energética y de deuda, otros como Pakistán se arriesgan a algo parecido. Esto puede provocar más inestabilidad, pobreza, hambre… ¿Hasta qué punto merece la pena apoyar a Ucrania si eso empeora la inseguridad global? 

Creo que la cuestión a la que se enfrentan las democracias europeas es contrafactual: ¿qué pasaría si no apoyamos a Ucrania? ¿Dónde acaban las ambiciones de Rusia? Porque Ucrania es solo una de las tantas  exrepúblicas soviéticas fronterizas con la Federación Rusa. ¿Podemos dejar a un miembro permanente del Consejo de Seguridad salirse con la suya invadiendo y ocupando otro estado soberano? Con la intención, por cierto, de instalar un régimen títere y mantenerlo en su esfera de influencia. Esto es una violación flagrante de la legalidad internacional. Por no hablar de los crímenes de guerra y de los cientos, sino miles, crímenes contra la humanidad. También está el riesgo nuclear con la ocupación de las centrales nucleares ucranianas. 

Así que, por lúgubre que sea, Europa no puede permitirse no tomar partido. Se parece a la situación que vivió Reino Unido con el nazismo. Hubo apaciguamiento con los eventos de Munich, con la invasión de Checoslovaquia, pero la ambición de los invasores creció y creció y al final, por horrible que fuera, hubo que tomar partido. Pienso que esto es a lo que Europa se enfrenta hoy, no responder podría tener consecuencias inimaginables. 

Sin embargo, hay otros problemas que amenazan la promoción de la democracia a nivel internacional. Las democracias necesitan comerciar con las dictaduras para obtener recursos clave como petróleo o gas. No obstante, la dependencia europea del gas ruso ha probado ser un error estratégico. ¿Teme que la dependencia occidental de países como China o las monarquías del Golfo, todos culpables de violaciones de los derechos humanos, tenga consecuencias parecidas? ¿El creciente poder de estos países amenaza la promoción de la democracia? 

Podemos extraer un par de lecciones de lo que estamos viviendo. La primera es que la transición energética hacia fuentes renovables y sostenibles tiene que acelerarse. Y esto no tiene por qué venir de grandes planes, puede ocurrir gracias a soluciones pequeñas y descentralizadas o aumentando la dependencia de la energía solar o el hidrógeno. Pero de una manera u otra, Europa tiene que superar su adicción al petróleo y el gas. En el corto plazo, por supuesto, nos enfrentamos a un invierno helador. Para combatirlo, Alemania está manteniendo sus plantas de carbón y decidiendo si sus últimas centrales nucleares pueden generar algo de energía, pero también ellos deberían acelerar la transición energética. 

La segunda lección es que tener una gran dependencia en importaciones y exportaciones de cualquier país es claramente un error. Y aquellos que han ligado su suministro de energía a Rusia lo están comprobando. Pero bueno, aquí en Nueva Zelanda y en Australia sufrimos la respuesta de China a las restricciones a su importación de productos australianos. Creo que todos los países deben mirar a su cesta de importaciones y exportaciones y tratar de ampliarla, para no acabar siendo tan dependientes de algún recurso y que eso pueda traerles problemas considerables si falta por cualquier motivo. 

Sobre la necesidad de acelerar la transición energética, ¿cree que los países aprenderán de esta crisis del gas e invertirán en renovables o se quedarán atascados en los combustibles fósiles? ¿Somos capaces de mirar más allá del sentimiento de urgencia? 

Este es un año desalentador para la agenda climática. Va a haber un pico en el consumo de combustibles fósiles y en la emisión de gases de efecto invernadero debido a la necesidad de Europa de mantener a su población caliente y a sus industrias funcionando este invierno. Pero bueno, Alemania tenía un plan para abandonar el carbón. Es cierto que ese plan dependía del gas ruso como energía de transición. Pero si alguien puede encontrar soluciones tecnológicas a este problema es Alemania, con su increíble inversión en ciencia y tecnología. Y no solo eso, también hay que buscar la eficiencia energética, y eso afecta a cómo diseñamos nuestros hogares, nuestras ciudades y nuestros negocios. 

Por lo tanto, todos los planes de transición tienen que revisarse y acelerarse. Si no, las posibilidades de mantener el calentamiento global por debajo de los dos grados se volverán extremadamente pequeñas. Alcanzar el tope de 1,5 grados ya es muy improbable y, aún así, quedar por debajo de dos nos permitiría contener las peores consecuencias del cambio climático. Pero para eso hacen falta de manera urgente planes meticulosos de transición energética. 

¿Le da miedo el auge militar de China en el Indo-Pacífico? ¿Puede convertirse en la siguiente crisis geopolítica? 

La diplomacia tiene que trabajar muy duro para que no se convierta en la siguiente crisis geopolítica. A muchos aquí en Nueva Zelanda no nos gusta el término “Indo-Pacífico”, porque fue acuñado como una especie de alianza occidental y eso resulta irritante. Yo prefiero hablar por separado de Asia-Pacífico y del océano Índico, donde India en sí es un actor muy importante y un poder nuclear. En el Pacífico Sur, el problema de la influencia de China sigue muy vivo. Especialmente desde que el primer ministro de las Islas Salomón firmara casi en secreto a principios de este año un acuerdo de seguridad con China. Esto fue un shock para muchos países de la región, que han prestado su apoyo durante décadas a las Salomón con sus problemas internos. Así que es difícil de entender por qué han sentido la necesidad de firmar un acuerdo con China. 

Curiosamente, cuando el ministro de Asuntos Exteriores chino propuso al Foro de las Islas del Pacífico un acuerdo bastante ambicioso, estos países no quisieron adherirse a las propuestas sobre seguridad que incluía. Por supuesto, ahora con lo que ha pasado en las Salomón, vemos a Estados Unidos, Japón o Europa mucho más interesados en el Pacífico Sur. Puede que estos archipiélagos, que suman un buen número de votos en Naciones Unidas, empiecen a recibir mucha financiación internacional con todo el interés que están generando. También está ASEAN y su rol controlando a China como fuerza dominante en la región… Así que sí, hay que vigilar el ascenso de China, pero me preocuparía que la diplomacia occidental arrinconara a Pekín en el mismo lugar que a Rusia. 

Hasta la fecha, China no ha mostrado su apoyo rotundo a la guerra de Ucrania. Hubo unas declaraciones desafortunadas de un miembro del Politburó en una visita a Moscú, pero no se replicaron en los niveles más altos, donde habrían resultado preocupantes. Occidente debe asegurarse de que China siga participando en las grandes agendas internacionales contra el cambio climático, control de pandemias, estado de los océanos, etc., porque no queremos la polarización que provocaría meter a China y a Rusia en el mismo saco. 

¿Puede la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda ser una forma de acercarse a China por parte de Occidente? Como administradora del PNUD, usted apoyó este proyecto. ¿Qué opina de la Nueva Ruta de la Seda ahora? 

Un par de aclaraciones: yo no lo apoyé. Reconocimos que el proyecto estaba en marcha y dijimos que si China iba a invertir mucho dinero ahí, debíamos acercarnos y ver si esas inversiones eran compatibles con la Agenda 2030 y los objetivos de desarrollo sostenible. El acuerdo que recuerdo que firmamos buscaba ver cómo el PNUD podía apoyar a China para convertir a la Nueva Ruta de la Seda en parte de la agenda de desarrollo sostenible, aunque resultó ser un objetivo demasiado ambicioso. Creo que es bueno que los países occidentales estén al tanto de la Nueva Ruta de la Seda. No necesariamente participando de ella como beneficiarios, pero tienen que ser conscientes, porque los tentáculos del proyecto llegan hasta el este, centro y sur de Europa, no solo hacia Asia central o África continental. Es una jugada geoeconómica muy importante por parte de China. 

Otro de esas jugadas, por supuesto, es el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que ha recibido un cierto apoyo por parte de muchos países occidentales como el mío propio o el Reino Unido, que incluso dijo que querría formar parte del banco. Y claro, si te conviertes en un miembro fundador puedes formar parte de la dirección de la institución. Este no es un banco chino cualquiera, sino un fondo de infraestructuras regional, y hasta donde una puede ver, más o menos opera siguiendo los principios de cualquier otro banco regional o multilateral. De hecho el Reino Unido tuvo a un vicepresidente en el BAII, un antiguo diputado británico.

Así que pienso que hay que reconsiderar si estos proyectos son tan negativos. Quizá tengan sentido: los países en desarrollo agradecen una fuente extra de recursos. La gran crítica que se hace a la Nueva Ruta de la Seda es que los países deben ser muy cuidadosos con cuánto se endeudan y con quien, porque si no puedes devolver los préstamos o si te endeudaste para financiar algo que no era prioritario, después quizá te encuentres en una situación complicada. Sri Lanka es un ejemplo clásico: perdió el control de su mayor puerto. Pero hay otros casos: Zambia se ha endeudado increíblemente con China. Así que mi mensaje para los países en desarrollo de mi región, el Pacífico, es que si pueden financiarse con recursos del Banco Mundial, el FMI o el Banco Asiático de Desarrollo, quizá no deberían estar endeudándose con China.

Hablando de foros multilaterales, quería preguntarle por la próxima cumbre del G20 en noviembre. En junio se celebró la reunión de ministros de Exteriores del grupo, que se centró en la guerra de Ucrania y terminó sin acuerdo: la invasión rusa acaparó el debate y los demás asuntos quedaron desplazados. ¿Qué espera de la próxima cumbre?, ¿estamos viviendo una crisis del multilateralismo?

La cumbre del G20 va a ser un reto enorme. Por supuesto Indonesia, el anfitrión, ha invitado a los jefes de Estado y Gobierno de todos los países miembros, y eso incluye a Putin, Biden y todos los demás. También se invitó a todos los países en la reunión de junio, pero creo que algunos boicotearon el discurso de Sergéi Lavrov, el ministro ruso. Así que la pregunta es: ¿irá Putin?, y si va, ¿irán otros líderes también? ¿Irán pero saldrán de la sala cuando él hable?, ¿quizá saldrá él cuando hablen los demás? Va a ser una cumbre muy difícil por ese riesgo de los boicots, ¡y eso no es bueno para el mundo!

Recuerdo que en una reunión interna de la ONU hace años el entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, nos pidió a Antonio Guterres y a mí que informáramos sobre las perspectivas del G20. Dijimos que lo peor no es que este foro hubiera tenido éxito y hiciera sombra a la ONU, sino que era un fracaso. Si tienes un grupo de países que representan el 85% de la economía mundial no quieres que fracase, quieres que tenga éxito en coordinar la política fiscal y económica y en ofrecer recursos para el desarrollo del resto del mundo.

Pero no será fácil. Indonesia intentará por todos los medios sacar algo de la cumbre. Fue un país fundador del Movimiento de Países No Alineados y no se considera parte de la órbita rusa, de la china o de la estadounidense, de ninguna órbita. Es un país con una mentalidad muy independiente. Tratará de poner a todo el mundo de acuerdo y todos los miembros le tienen gran respeto. Pero va a ser muy complicado. Y es solo un ejemplo, un microcosmos, de la gran crisis del multilateralismo. También le está ocurriendo a la ONU: un miembro del Consejo de Seguridad ha invadido un país vecino con afán de dominio. Es un escenario sin precedentes y la ONU no ha podido gestionarlo.

¿Es la ONU capaz de gestionar estos retos? No solo la invasión de Ucrania, sino también el cambio climático y todo lo demás. Si no es así, ¿qué cambios necesita la organización?

La ONU pasa por un momento muy débil. El secretario general ha logrado solo dos cosas en relación con la guerra de Ucrania: primero, evacuar a cierto número de civiles atrapados en Mariúpol, en aquel búnker de la planta industrial. Y segundo, ha adoptado un rol muy activo en la respuesta humanitaria. Pero no está consiguiendo jugar un papel en la resolución del conflicto, es muy difícil ponerse en camino con eso.

Con todo, la ONU se fundó sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial para evitar una nueva guerra y, por desgracia, los conflictos se han intensificado desde hace una década por todo el mundo. El número de personas desplazadas ha crecido claramente en los últimos años, la crisis de refugiados ucranianos es una de las peores nunca vistas. Más del 1% de la población mundial es desplazada, una cifra increíble. La guerra de Ucrania ha dejado a la ONU muy expuesta, tratando de ocuparse de las consecuencias humanitarias pero sin capacidad para influir en los acontecimientos. 

¿Qué tendríamos que cambiar en la ONU? ¡Quién sabe! Hace años que se intenta reformar el Consejo de Seguridad y creo que hay que retomar ese debate. Pero mientras tengamos esta tensión entre Rusia y Occidente cualquier discusión razonable al respecto va a ser muy muy difícil. El secretario general está trabajando sobre un nuevo multilateralismo, en 2021 publicó un informe en esa línea, Our Common Agenda (‘Nuestra agenda común’), y debemos apoyar sus esfuerzos, porque es la única opción abierta. Pero sería optimista pensar que lograremos muchos avances de ello.

La cumbre del G20 en Indonesia será la primera de tres consecutivas presididas por países del Sur Global. ¿Qué beneficios y retos supone eso? ¿Deberíamos acostumbrarnos a oír cada vez más las voces de esos países? 

Sí, es muy significativo que esta sea la primera de tres cumbres consecutivas organizadas por países en desarrollo. La presidencia de Arabia Saudí en 2020 no fue muy potente porque todavía coleaban las polémicas en torno al régimen saudí, incluido el asesinato y desmembramiento del periodista Yamal Jashogyi, que aún nos horroriza y nos seguirá horrorizando. Pero Indonesia es un caso muy distinto: un país muy importante, con gran población y líder del Movimiento de Países No Alineados. Intentarán poner de acuerdo a los asistentes por todos los medios. También será interesante ver a quién invitan a la cumbre, pues el anfitrión tiene derecho a incluir a otros países. ¿A quién invitarán para representar, por ejemplo, a los países menos desarrollados? Hay tres de ellos en el sudeste asiático, ¿pero a quién invitarán de África?

El año que viene es el turno de India, un país mucho más importante aún. Además su servicio exterior es muy potente, como lo es el indonesio. India también ha sido un país orgullosamente no alineado: no entra en las peleas Este-Oeste, toma sus propias decisiones. Así que esta podría ser una gran oportunidad para India y soy optimista con que pueda conseguir cosas. 

Durante su etapa como primera ministra de Nueva Zelanda vivió la construcción del mundo post-Guerra Fría, que también trajo graves crisis: el auge del terrorismo internacional, las invasiones de Afganistán e Irak… Aunque también fue una época marcada por el optimismo, el futuro parecía mejor que el de la Guerra Fría. Ahora que afrontamos la crisis climática, que es para mí el gran reto de nuestro tiempo, ¿quedan razones para el optimismo?

Bueno… (risas), las cosas están complicadas, muy complicadas en el norte y el sur, en países ricos y pobres. Pero, como dice el refrán, “sin esperanza la gente perece”. Tenemos que confiar en que llegarán tiempos mejores. Una buena señal es la creciente movilización popular, el auge de las mujeres, de la gente joven, de los movimientos ecologistas y sociales… Si los Gobiernos no cumplen, creo que estos movimientos de base pueden hacer presión desde abajo. Esa es mi esperanza.

A nivel gubernamental las cosas son más difíciles, pero debemos seguir trabajando en los procesos que tenemos en marcha. Se están haciendo cosas en el sudeste asiático, la Unión Europea, la Unión Africana, las organizaciones americanas. Y tenemos que mantener el respeto, que nos permitirá cosechar buenos resultados en el futuro.

Por el momento los indicadores de desarrollo no se están moviendo en el sentido que desearíamos y la respuesta al cambio climático tampoco se acerca mínimamente al ritmo necesario. Otros grandes asuntos están casi parados. Pero tenemos que seguir trabajando. Las cosas mejorarán. Solo es cuestión de ser resilientes como para mantener el esfuerzo hasta que lleguen tiempos más propicios.

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III. Me interesa la política internacional, la geopolítica de los recursos, las nuevas tecnologías y la cultura.