El carbón, el combustible fósil más contaminante que existe, tiene sus días contados en la Unión Europea. Esto no significa que el camino sea corto o sencillo, ni que en todos lados se vaya a abandonar al mismo tiempo. De hecho, el carbón todavía está detrás de entre el 13% y el 17% —si se tienen en cuenta otros combustibles como la turba o el esquisto— de la electricidad que se produce en la UE, y aunque diez países del espacio comunitario ya han dejado de usarlo como fuente eléctrica, otros no pretenden hacerlo hasta la próxima década, como Alemania, Bulgaria o Chequia o Rumanía.
Así lo indica la Comisión Europea en su calendario de abandono del carbón, donde también hay un Estado miembro que todavía no cuenta con un plan de abandono claro para esta fuente de energía: Polonia. Es, también, el que más uso hace de él, con un 70% de la producción de electricidad en 2022, por delante de Chequia y Bulgaria, que cuentan con proporciones cercanas al 40%. La intención de Varsovia es alargar la vida de sus instalaciones hasta 2049 y va en camino de construir otras dos centrales. La gran economía del este acumula el mayor número de empleos en el sector, con la región de Silesia a la cabeza.
Con estas cifras, no es de extrañar que en algunas regiones de la UE la transición del carbón hacía otras energías menos contaminantes se esté convirtiendo en un asunto complejo y delicado en el que sobresalen numerosas aristas. Según cifras de la propia Comisión Europea, las minas y las centrales de carbón todavía dan empleo a cerca de 208.000 personas en el espacio comunitario, concentradas efectivamente en Polonia, Rumanía y Bulgaria.
Liderados por Polonia, algunos Estados miembros se han mostrado escépticos con las propuestas de las instituciones europeas. Los argumentos son conocidos: sin una alternativa equilibrada y planificada para los empleos y las condiciones de vida, las exigencias medioambientales van a terminar golpeando a los sectores más desfavorecidos —sobre todo si se tiene en cuenta que el 1% de la población más rica del mundo contamina el doble que el 50% más pobre—. Otras regiones carboníferas del bloque, sin embargo, si han cumplido con lo pactado en París. Es el caso de las regiones carboníferas de Bélgica, primer país de la UE que descarbonizó su economía en 2016, o de Portugal, que abandonó finalmente esta fuente de energía en 2021. En 2025, se espera que Irlanda, Eslovaquia y España abandonen también el carbón.
El carbón, que alimentó los motores de la Revolución Industrial y permitió el desarrollo acelerado de muchos países occidentales, genera casi el doble de CO2 por unidad de energía que el gas natural y es responsable de cerca del 40% de las emisiones provocadas por la quema de combustibles fósiles. Desde 2012, la generación de energía a través del carbón se ha reducido en casi un tercio en la Unión Europea, y el plan es que la región alcance la neutralidad de emisiones allá por 2050.
Sin embargo, las fechas y cifras que recoge la Comisión tampoco aseguran que se vaya a evitar un calentamiento global irreversible. Según un reciente informe de Naciones Unidas, los objetivos de reducción de emisiones establecidos por los gobiernos de la mayoría de países del mundo —incluidos lo de la UE— conducen a un calentamiento global de 2,7ºC, muy por encima del umbral de entre 1,5ºC y 2ºC marcado en el Acuerdo de París. Para evitar la catástrofe, los planes deberían al menos duplicar sus exigencias antes de 2030, algo que, por lo menos en la UE, no será prioritario en el mandato actual de la comisión (2024 – 2029), muy centrado en fortalecer las capacidades de defensa del bloque.
Por si fuera poco, entre 2020 y 2022, el consumo de carbón en la Unión Europea creció por primera vez desde 1990, como consecuencia de la pandemia y, sobre todo, de la invasión rusa de Ucrania, que en febrero de 2022 provocó una crisis energética sin precedentes tras el corte del suministro de gas natural desde Rusia. Países como Alemania, que se habían comprometido anteriormente con el objetivo de 2030, retrasaron su calendario de descarbonización casi una década, en vista de las necesidades de suministro. Aunque en 2023 la tendencia pareció encauzarse de nuevo, sin mayor coordinación entre Estados, interconexiones energéticas sólidas y una verdadera autonomía estratégica, el carbón seguirá siendo el comodín en tiempos de crisis.