Tras muchos años de desacuerdos y divisiones en torno a la estrategia para alcanzar la soberanía energética, la invasión rusa de Ucrania ha generado una enorme crisis en la Unión Europea. Con las renovables aún en fase de despegue y los objetivos climáticos en el horizonte, la Comisión Europea quiere ahora relajar las reglas de contaminación comunitarias para los Estados miembros. Se trata, en otras palabras, de un aplazamiento de los objetivos verdes y un giro hacia la realpolitik como contramedida ante la hipoteca adquirida a lo largo de los años con Rusia, que siempre ha usado los hidrocarburos como arma de presión. Si el Kremlin corta definitivamente el suministro de gas a Europa, Bruselas cree que no quedará más remedio que ajustarse el cinturón para tratar de reducir la factura eléctrica y volver a utilizar, en plena crisis climática, fuentes más contaminantes como el carbón.
La dependencia de este combustible fósil ha estado en retroceso en la UE durante las tres últimas décadas, un periodo en el que su uso se ha reducido a la mitad y su producción a un tercio según datos de Eurostat. En 2021, el carbón fue la fuente menos usada para producir energía, con un peso en el mix europeo del 10,2%. Desde 2005, además, la Unión ha visto cómo 125 centrales eléctricas de carbón echaban el cierre o se reconvertían para utilizar otra fuente de energía, dejando la cifra total de instalaciones activas por debajo de las 200.
Pese a estas cifras, el uso del carbón todavía está lejos de ser un tema resuelto en el espacio comunitario, muy aquejado de la falta de una estrategia energética común: a diferencia de Bélgica, Letonia, Estonia, Malta, Luxemburgo, Chipre, Suecia, Lituania, Portugal y Austria, que ya habían cerrado todas sus centrales de carbón antes de la escalada en los precios de la energía, varios países europeos han seguido haciendo un uso intensivo de la fuente de energía más contaminante de todas. En Polonia, Chequia, Bulgaria y parte de los Balcanes el carbón tiene un peso de más del 20% en el mix energético, y en Alemania, Eslovenia, Eslovaquia y Rumanía de más del 10%.
En este contexto, la invasión rusa de Ucrania ha hecho florecer todavía más la desidia comunitaria para acabar con la dependencia energética y las discrepancias entre las capitales, que ahora contarán sin embargo con el respaldo de la Comisión Europea para no preocuparse por las emisiones de gases de efecto invernadero. Austria es un buen ejemplo: cerró su última central eléctrica de carbón en 2020, pero después de que Gazprom comenzara a reducir sus envíos decidió reabrirla y volver a quemar combustibles fósiles sólidos. En 2021 el consumo y la producción de carbón en el conjunto de la UE ya rompió la tendencia de los últimos años y aumentó con respecto a 2020, y 2022 amenaza con superar las cifras prepandémicas.
El caso de Polonia también es preocupante, no solo por su dependencia del carbón como fuente de energía —supone el 40% de su esquema energético— sino también a nivel industrial. La extracción de carbón genera más de 100.000 puestos de trabajo y el país lidera la producción en Europa por delante de Chequia y Alemania. El Gobierno polaco siempre ha sido reacio al cierre de esta industria y es el único que aún no ha fijado una fecha definitiva para apagar todas sus centrales eléctricas de carbón. Amagó con adelantarlo a 2030 con motivo de la celebración de la Cumbre del Clima de 2021, pero ha vuelto a afirmar que intentará apurar hasta 2049.
Empujados por la Comisión Europea, el resto de capitales sí han ido poniendo límites a ese apagón, aunque teniendo en cuenta que para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París todos los países europeos y de la OCDE deben haber abandonado los combustibles fósiles para 2030 como muy tarde hay muchos rezagados —Rumanía, Croacia, Chequia, Eslovenia y Bulgaria—.
Esta diferencia de velocidades también es perceptible dentro de la propia industria y el sector energético y extractivo, donde cada vez hay mayor brecha entre la producción y el consumo. Eso ha provocado que las importaciones cada vez tiene más peso en bloque comunitario y que ya representan el 35% del carbón que se consume en la región, una cifra más baja que en el caso del gas —84%— o el petróleo —92%— pero que de nuevo esconde una dependencia preocupante hacia Rusia. No obstante, Moscú suministró en 2020 el 55% de las importaciones de carbón de la UE.
Por si fuera poco, la producción en Europa consiste sobre todo en lignito, un tipo de carbón con una carga calorífica tan baja que es poco rentable transportarlo o comercializarlo. Por eso las centrales eléctricas se construyeron muy cerca de las minas, para asegurar la viabilidad de las explotaciones. En cuanto al carbón duro o antracita, el más eficiente, en la UE solo Polonia y Chequia lo producen, y el resto de países deben acudir a las exportaciones para asegurar su suministro. Ese desequilibrio deja en una posición muy delicada a Alemania, el gran consumidor de carbón a nivel absoluto del continente y al borde de una recesión, que importa más del 90% del carbón que consume y, al igual que ocurre con el gas, también depende enormemente de Rusia.
El mapa de las importaciones de gas y petróleo de la Unión Europea
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