La Unión Europea está arrinconada. La enorme dependencia energética que ha generado en los últimos años, sobre todo con respecto de los hidrocarburos rusos, ha estallado con la invasión de Ucrania y ahora es incapaz de encontrar proveedores alternativos que le aseguren un invierno tranquilo. Es más: las capitales europeas ya dan por hecho que Moscú cortará el suministro más tarde o temprano y que es necesario un esfuerzo colectivo para reducir la factura energética. Las consecuencias de esa petición, así como de la inflación y un más que probable enfriamiento de la economía, pueden ser problemáticas.
Según datos de Eurostat, el bloque comunitario importó petróleo por un valor de 195.000 millones de euros y gas por 63.000 millones en 2021. Aún no sabemos qué peso tuvieron esas compras en el consumo energético, pero sí conocemos los datos de 2020: la UE importó el 92% de todo el petróleo que consumió y el 84% de todo el gas. Comprometer la seguridad energética y fiar el funcionamiento de tu tejido productivo —y del día a día de tus ciudadanos— es arriesgado, más aún cuando tus vecinos aprovechan esa dependencia para presionar e influir en tu proyección internacional, pero a Europa le ha hecho falta una guerra a sus puertas para empezar a actuar con contundencia.
El gran problema que afronta el Viejo Continente no es tanto la subida de precios de la energía como la sustitución del suministro ruso, que el año pasado supuso el 25% de las importaciones de petróleo y el 35% de las de gas —en estado natural y licuado—. Para el crudo, destinado principalmente al transporte y la producción de energía industrial, los Estados miembros cuentan con una cartera de clientes relativamente diversa, como demuestra el hecho de que en 2021 importaran petróleo de hasta 92 países distintos —cabe precisar no obstante que no todos ellos son territorios productores, por lo que en algunos casos se trató de petróleo reexportado—.
Es distintos el caso del gas, la primera fuente de generación de...