En los últimos treinta años la Unión Europea ha conseguido reducir de forma significativa el uso de carbón como fuente de energía. Hoy, según datos de Eurostat, apenas un 10% del suministro energético de la Unión Europea se genera con este combustible fósil. Tras innumerables acuerdos, planes y protocolos internacionales —Tokio en 1997, París en 2015 o el pacto verde Europeo de 2019—, los datos parecen esperanzadores. El carbón, motor de la Revolución Industrial, es el combustible fósil más contaminante y el que más contribuye al cambio climático.
Pese a esto, existen también otras cifras relacionadas con el sector energético comunitario bastantes más preocupantes y que ponen en duda la ambición de gobiernos e instituciones para frenar una crisis climática que ya ha alcanzado un punto de no retorno: a cierre de 2020, apenas un tercio del suministro energético de la Unión Europea se generaba con fuentes que no emiten gases de efecto invernadero, es decir, con la nuclear (13%) y las renovables (17%).
Por si fuera poco, la reciente invasión rusa de Ucrania ha redoblado la incidencia de la crisis energética provocada por el coronavirus, tensionando aún más los mercados de combustibles como el gas y el petróleo, que todavía absorben un 60% del mix energético de la Unión Europea y que junto al carbón son responsables de cerca de 400.000 muertes anuales en la región.
En el caso del petróleo, su peso relativo en el suministro energético comunitario apenas se ha reducido en cuatro puntos porcentuales desde 1990, y sigue siendo el combustible con más presencia en el esquema energético de la UE (35%). El gas, por su parte, ha incluso aumentado su presencia en el mix en siete puntos hasta alcanzar el 24%.
En un punto intermedio se encuentra la energía nuclear, que durante los últimos treinta años ha vivido atrapada en un suerte de stand-by en el que apenas se han registrado cambios. Hoy, el peso de la energía atómica en el suministro energético de la UE es el mismo que hace treinta años, un 13%.
Pese a esto, y después de años de desinterés y abandono paulatino, la nuclear parece haber vivido un resurgimiento de la mano de factores como la crisis energética provocada por el coronavirus, la enorme dependencia de hidrocarburos procedentes de Rusia, la urgencia climática o la presión de países como Francia, la gran defensora de esta industria dentro de la UE.
En este sentido, tanto las propias instituciones europeas como varios países miembros ya han dado pasos para, al menos, no abandonar esta energía en los próximos años, cuando estaba previsto que se completase la transición ecológica. La Comisión Europea ha incluido el gas y la nuclear en su controvertida taxonomía verde, mientras que Países Bajos o Francia han anunciado la construcción de nuevos reactores.
El enorme peso que todavía tienen los combustibles contaminantes en el mix energético comunitario no es, sin embargo, el único problema que enfrenta la Unión Europea en este ámbito. La transición verde, muy ligada a otros objetivos vinculados con la soberanía energética comunitaria, no ha logrado acabar con la enorme dependencia que aún tienen la región de determinados combustibles, sino más bien al contrario.
Sin ir más lejos, desde 1990 el peso de las importaciones en el consumo energético de la UE ha crecido más de siete punto porcentuales, pasando de cerca 50% a 57,5%. Una dinámica que parece complicado cambiar si se atiende al uso extensivo que todavía tienen el gas y el petróleo en una región que apenas cuenta con unos pocos yacimientos de hidrocarburos.







