Justo cuando el debate sobre la energía nuclear parecía más que enterrado que nunca en la Unión Europea, las tensiones provocadas en el mercado energético global por la pandemia y la invasión rusa de Ucrania han dado lugar a un nuevo escenario en el que la energía atómica puede desempeñar un papel fundamental.
La mayoría de países europeos se habían sumado al carro del abandono nuclear desde el desastre de Fukushima de 2011, pero los últimos acontecimientos han hecho replantearse su postura a varias capitales. Países Bajos, por ejemplo, ha pasado de comprometerse a apagar su única central nuclear en 2033 a anunciar la construcción de dos reactores más, mientras que Bélgica ha atrasado la fecha de su abandono nuclear de 2025 a 2035. De esta manera, España y Alemania son los únicos países que mantienen su compromiso de apagar todas sus centrales antes de esta década.
La crisis de los últimos meses ha puesto en jaque la estrategia de la UE de basar la producción de energía en las renovables —además de por la falta inversión, porque dependen de la climatología y no son almacenables—, y ha hecho patente la necesidad de contar con una fuente secundaria a la que acudir en aquellos momentos en los que el viento no sople o el cielo amanezca nublado. Hasta ahora, el gas natural, menos contaminante que el carbón y el petróleo, había sido la opción elegida, pero la ausencia de reservas en Europa siempre ha obligado al grupo a buscar su suministro más allá de sus fronteras. Y eso, con la demanda asiática disparada y una Rusia que utiliza el gas para presionar a sus vecinos, ha encarecido muy notablemente el precio de la electricidad.
Francia, la gran defensora de la nuclear en Bruselas, lleva meses avivando la discusión sobre su posible inclusión en la estrategia comunitaria para la transición energética.
Para París la solución es clara: hay que apostar por la nuclear, una energía que emite muy pocos gases de efecto invernadero y que puede contribuir a alcanzar la neutralidad climática. Se trata, además, de una alternativa que no requeriría de una gran inversión, porque la infraestructura ya existe —en la actualidad hay 44 centrales nucleares en activo en la UE, dos en camino y ocho cerradas—. Pero que la nuclear no sea contaminante no quiere decir que sea verde, ya que genera residuos peligrosos para la salud y el medio ambiente que se mantienen radiactivos durante cientos de miles de años.
De hecho, tampoco se puede afirmar que no sea contaminante, puesto que aunque su uso para la producción eléctrica tenga una huella de carbono mínima, la extracción de uranio, su enriquecimiento o la construcción de las centrales sí requieren la utilización de combustibles fósiles. La puesta en marcha de nuevas centrales, además, precisa de una inversión muy fuerte y hasta diez años de obras.
Con todo, Francia, que según los datos de Eurostat genera el 70% de su electricidad a partir de la energía nuclear —la media de la UE es el 26,4%— y que recientemente ha anunciado la construcción de nuevos reactores, consiguió que la Comisión Europea incluyera la energía atómica en su taxonomía verde a comienzos de 2022. Esta nueva clasificación, a falta de los matices finales pero muy encaminada, establecerá qué tipo de inversiones serán sufragadas por la transición ecológica que ha emprendido la UE.
Para entender el juego de alianzas en el mapa de la energía nuclear de la UE basta con repasar el estatus que tiene en cada país este tipo de industria. Francia, Europa del este y algunos países nórdicos llevan varios años elevando su apuesta por ella —Polonia, el Estado miembro que más dependen del carbón, planea tener terminada su primera central nuclear para 2033 y construir varios reactores más durante la década siguiente—. Caso distinto es el de Suecia, que utiliza la nuclear para generar el 39% de su electricidad pero que no se ha sumado al grupo encabezado por París. La razón es que el debate sobre su conveniencia también es polémico entre los propios suecos. De hecho, Estocolmo debía cerrar sus centrales en 2010, pero en 2009 el Parlamento del país aprobó sustituir progresivamente sus reactores actuales.
Por su parte, Alemania se comprometió a apagar todas sus instalaciones para 2022, y el tripartito formado por los socialistas del SPD, los liberales del FDP y Los Verdes han confirmado que cumplirán con la promesa. El caso de Alemania es también el de España y hasta hace poco el de Bélgica y Países Bajos, pero el alza en los precios de la energía les ha hecho cambiar de bando.
Curiosamente, Francia ha encontrado mayor oposición entre aquellos países que ya se habían comprometido a desmantelar su infraestructura atómica que entre los que ya se desprendieron de ella —Italia o Austria— o ni siquiera llegaron a construirla —Portugal—. Croacia, por su parte, se ha mantenido al margen del debate, ya que internamente rechaza la construcción de centrales nucleares en su territorio por la importancia que tiene el turismo en su PIB. Sin embargo, Zagreb participó en la construcción de la central de Krško, al otro lado de la frontera que comparte con Eslovaquia, de la cual recibe parte del suministro, y ya ha anunciado su apoyo a la construcción de un segundo reactor que volverá a cambiar el mapa de la energía nuclear en la UE.
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