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Vivimos tiempos convulsos. Una era que Emmanuel Macron ha nombrado como “el fin de la abundancia, la evidencia y la despreocupación”. El mundo enfrenta el agotamiento de recursos como el petróleo o el agua, la decadencia de la democracia liberal y una incertidumbre profunda. Las palabras del presidente francés demuestran que Occidente se ha dado de bruces con un cambio que lleva décadas anunciándose y que Gobiernos como el suyo tendrán que combatir.
La historia avanza con cambios a largo plazo, pero que estallan de golpe por acontecimientos puntuales. El fin de la Guerra Fría se debió a la lenta decadencia de la Unión Soviética, pero el desencadenante fue la caída del Muro de Berlín. De la misma forma, la pandemia de la covid-19, el asalto al Capitolio estadounidense o la guerra en Ucrania son síntomas de un cambio de era provocado por factores más profundos, como la degradación medioambiental y democrática, y la reconfiguración de poder entre grandes potencias. Aunque muchos nunca han conocido el bienestar y la democracia, corremos el riesgo de que estas carencias se conviertan en la norma del nuevo sistema internacional.
Escasez, sequías y negacionismo
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