Cómo Donald Trump ha desfigurado el Partido Republicano

El magnate neoyorquino ha radicalizado la ideología de la formación, a la que controla con puestos clave y el apoyo de cada vez más políticos.
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Cómo Donald Trump ha desfigurado el Partido Republicano
Donald Trump durante un encuentro del Partido Republicano en Iowa en mayo de 2015. Fuente: Gage Skidmore (Flickr)

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El 16 de junio de 2015, Donald Trump descendió por las escaleras mecánicas de la Torre Trump en Nueva York y anunció su candidatura a las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En aquel momento, los analistas apenas le daban un 1% de posibilidades de ganar las primarias del Partido Republicano. Incluso el fundador de la prestigiosa agregadora de encuestas FiveThirtyEight, Nate Silver, llegó a predecir que no lograría la nominación por sus posiciones políticas y la oposición de los dirigentes republicanos. Nadie podía presagiar lo que vendría después.

Nueve años más tarde, Trump no sólo se postula a sus terceras elecciones consecutivas. El expresidente también es el dueño y señor del Partido Republicano, después de purgar a sus disidentes. Controla el Comité Nacional Republicano, el órgano dirigente del partido, tras colocar en la presidencia a un aliado cercano, Michael Whatley, y a su nuera, Lara Trump. También tiene cada vez más influencia entre los congresistas republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado. 

El último ejemplo se evidenció en mayo, cuando los senadores republicanos bloquearon un proyecto de ley bipartidista sobre seguridad fronteriza después de que Trump lo pidiera. Aunque el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, aprobaba la propuesta, los republicanos recularon porque el magnate quería explotar la inmigración en campaña.

Pero el poder de Trump va más allá del control que ejerce dentro del Partido Republicano. El expresidente también ha expandido su discurso proteccionista, nacionalista, nativista y aislacionista, su estilo autoritario y populista y su gusto por las teorías de la conspiración, como la del supuesto fraude electoral en las elecciones de 2020. Sin embargo, la trumpización republicana no sólo se debe a Trump, sino que es la consecuencia de una serie de tendencias iniciadas años atrás.

2008: el año que creó a Trump

La irrupción de Trump comenzó a gestarse en 2008 con el estallido de la crisis financiera y el triunfo demócrata en las elecciones. La Gran Recesión provocó que millones de estadounidenses perdieran sus empleos y que numerosas industrias cerraran. Entretanto, el Congreso aprobó una legislación para rescatar al sector bancario y evitar el colapso total de la economía.

La crisis desacreditó las tesis neoconservadoras que había defendido el Partido Republicano desde la presidencia de Ronald Reagan en los años ochenta. Hasta entonces, los dirigentes republicanos habían respaldado el libre comercio y el intervencionismo militar en el exterior. Sin embargo, el mundo de 2008 ya no se asemejaba al de aquella época. El escepticismo de los estadounidenses hacia la globalización había aumentado con la desindustrialización del país, pero se intensificó especialmente durante la recesión, que disparó el desempleo y la desigualdad.

Asimismo, la crisis financiera aumentó el rechazo hacia las intervenciones militares en Afganistán e Irak. Para 2008, el fervor patriótico y militarista tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 se había disipado, y la población no quería despilfarrar más dinero en guerras fallidas mientras se destruían empleos en su país.

Al mismo tiempo, la victoria de Barack Obama y del Partido Demócrata en las elecciones dejó un Partido Republicano en descomposición. Obama se había convertido en el primer presidente negro de Estados Unidos gracias al apoyo de la coalición de los ascendentes, es decir, minorías raciales, mujeres, jóvenes y votantes urbanos con estudios universitarios, a su vez los grupos con mayor crecimiento demográfico.

Como resultado, el triunfo de Obama alteró los cimientos del electorado republicano. Por un lado, los republicanos atrajeron progresivamente a los trabajadores blancos sin formación universitaria, que habían votado mayoritariamente por los demócratas desde la etapa del New Deal en los años treinta. Por el otro, agrandó la brecha entre el establishment republicano y sus votantes más conservadores, que apoyaban el proteccionismo económico, el nacionalismo, el rechazo a la inmigración y el aislacionismo en política exterior.

La angustia por la situación económica, la desconfianza hacia las instituciones tradicionales y la desafección con el sistema propiciaron la aparición del Tea Party, una rama radical minoritaria del Partido Republicano. Inicialmente, el Tea Party se mostraba como un movimiento descentralizado y transversal contra las políticas fiscales del Gobierno federal. Reclamaban la eliminación de los impuestos y denunciaban la pérdida de sus libertades. Sin embargo, el Tea Party terminó exhibiendo un tinte populista y conservador. Se convirtió en una reacción de la población blanca de clase media, que se sentía abandonada por los políticos y que veía amenazada su posición social ante los cambios demográficos del país.

El auge del Tea Party generó un terremoto dentro del Partido Republicano. En un primer momento, las principales figuras del partido abrazaron el movimiento con fines estratégicos. Los dirigentes republicanos querían aprovechar el tirón en un momento de declive electoral. Además, consideraban que la falta de experiencia de los miembros del Tea Party les beneficiaba, ya que estos no tenían que defender ningún historial previo de votación. Asimismo, pensaban que esa inexperiencia les permitiría domesticar a estos jóvenes activistas una vez llegaran al Congreso.

Sin embargo, la integración del Tea Party en el Partido Republicano desencadenó una guerra por el dominio de la formación. Los nuevos congresistas, más radicales y conservadores que los republicanos tradicionales, despreciaban a sus compañeros de partido tanto como a los demócratas. De este modo, el Partido Republicano se fracturó entre el ala moderada, encarnada por el establishment, y el ala más derechista, representada por el Tea Party.

Del Tea Party a la Casa Blanca: el asalto al Partido Republicano

La aparición del Tea Party sentó las bases para que Trump conquistara el Partido Republicano. El desafío populista y antisistema que encarnaba el movimiento favorecía la irrupción de un outsider como él. Del mismo modo, esta revuelta le enseñó el camino para tomar el partido y convertirse en presidente de Estados Unidos.

Tras la victoria de Obama en 2008, una de las primeras decisiones del Partido Republicano fue designar a un afroamericano, Michael Steele, como presidente del Comité Nacional Republicano. Los republicanos pensaban que el camino para retornar a la Casa Blanca pasaba por volver a ser el partido más votado a nivel nacional. Para ello, debían mostrarse más inclusivos con las minorías.

Pero Trump defendía todo lo contrario. Creía que el Partido Republicano tenía que explotar la polarización racial y convertirse en el partido de los blancos sin formación universitaria, los cristianos evangélicos y las áreas rurales. En este sentido, Trump se focalizó en un tipo concreto de votantes: los trabajadores manuales que habían perdido su empleo durante la crisis. Según su planteamiento, este nicho de electores le permitiría ganar los estados del cinturón del óxido: Wisconsin, Míchigan y Pensilvania. Esa receta le haría alcanzar la presidencia en 2016.

De este modo, Trump se distanció del establishment republicano y comenzó a enarbolar las ideas de proteccionismo, nativismo y aislacionismo con las que se identificaban sus bases. El trumpismo azuzaba el nacionalismo apelando a esa concepción de Estados Unidos como nación históricamente blanca, anglosajona y protestante. De la misma manera, abrazó las batallas culturales del electorado conservador, como el aborto, la educación sexual en las escuelas o el nombramiento de jueces conservadores en el Tribunal Supremo.

Sin embargo, su éxito residía sobre todo en el tono de su mensaje. Trump destruyó los límites de lo políticamente correcto con sus ataques a adversarios y medios de comunicación. Durante las primarias republicanas, vinculó al padre de Ted Cruz, su principal rival, con el asesino de John F. Kennedy. También se burló de John McCain, el candidato republicano en las elecciones de 2008 y referente del partido, por haber sido capturado durante su participación en la guerra de Vietnam. Incluso, insultó a la presentadora de Fox News, Megyn Kelly, durante uno de los debates.

Lejos de dañarlo, estos exabruptos dispararon su popularidad entre el electorado republicano. Trump conectaba con el sentimiento de rebeldía de sus votantes, expresaba sus miedos y su ira y se mostraba como el líder que no temía enfrentarse a los periodistas y a los políticos de Washington D. C. Para ellos, representaba el héroe americano que necesitaban.

Trump no fue el primer outsider en irrumpir en la política estadounidense, pero hasta entonces ninguno había logrado la nominación de un gran partido. Varios factores le abrieron la puerta a Trump. En primer lugar, los partidos ya no controlaban la designación de sus candidatos. Durante décadas, estas organizaciones habían elegido a sus aspirantes en convenciones cerradas, en las que sus delegados descartaban a los candidatos que consideraban inadecuados. Sin embargo, la introducción de las primarias vinculantes en 1972 hizo que la nominación pasara a depender de sus votantes.

Con todo, las formaciones políticas seguían teniendo una influencia decisiva en el proceso. En la práctica, resultaba casi imposible que un candidato ganara si no contaba con dinero para financiar la campaña, una cobertura mediática amplia y gente del partido trabajando en los estados. Pero esos instrumentos no servían para contener a una figura como Trump, un candidato multimillonario que había forjado su popularidad en los medios.

Además, el magnate disponía de una ventaja adicional: las redes sociales. La aparición de estas plataformas le permitía lanzar sus mensajes directamente a sus seguidores sin pasar por los medios tradicionales. De igual manera, la irrupción de medios de derecha radical como Fox News o Breitbart News le dio espacios para difundir sus teorías conspirativas. Con ello, Trump consiguió llevarse la nominación presidencial del Partido Republicano e imponerse a Hillary Clinton en las elecciones de 2016.

La trumpización republicana desde el Despacho Oval

La llegada de Trump a la Casa Blanca no culminó la trumpización del Partido Republicano, al contrario. Fue precisamente su ascenso al poder lo que le permitió conquistar el partido por completo. Trump ya había empezado a dominar el partido después de ganar las primarias. Por entonces, ningún líder republicano se posicionó abiertamente en contra de su candidatura presidencial. Esa connivencia del establishment se intensificó tras los comicios. 

Muchos de ellos mostraron su apoyo tácito al presidente o se convirtieron en fieles a su causa. Fue el caso del senador de Carolina del Sur, Lindsey Graham, o del exgobernador de Texas, Rick Perry, que fue recompensado por Trump con un puesto en su Administración. Al mismo tiempo, sus detractores han ido desapareciendo con los años. Los pocos republicanos que le han desafiado perdieron en las primarias contra candidatos trumpistas, abandonaron la formación o se retiraron, como el exsenador de Arizona, Jeff Flake. Trump se involucró en ese proceso, pues sus leales contaron con el respaldo de su principal asesor, Steve Bannon, y de su mayor donante, Robert Mercer, propietario de Cambridge Analytica, la empresa que recopiló datos de usuarios en Facebook para difundir propaganda de Trump en 2016.

Entretanto, la influencia del trumpismo fue aumentando en el Congreso. Buena prueba de este fenómeno es el crecimiento del Freedom Caucus, el grupo de congresistas republicanos más radicales en la Cámara de Representantes. Actualmente cuenta con unos cuarenta miembros, lo cual les otorga poder suficiente para condicionar las decisiones de la mayoría republicana. Incluso, forzaron en 2023 la destitución del presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Kevin McCarthy, por primera vez en la historia. Durante estos años, una de sus figuras más visibles ha sido Marjorie Taylor Greene, quien destacó por difundir teorías conspirativas y respaldar la ejecución de líderes demócratas como Hillary Clinton, Nancy Pelosi o Barack Obama.

Sin embargo, la trumpización del Partido Republicano no consistió sólo en purgar a sus disidentes y colocar a sus leales. La influencia de Trump se extendió a sus actuaciones como presidente de Estados Unidos. Durante su mandato, el líder republicano se caracterizó por el desprecio a sus oponentes. Trump usó la presidencia para atacar a los medios opositores y amenazó con utilizar los organismos reguladores contra Jeff Bezos, el dueño del Washington Post, o Time Warner, la empresa matriz de la cadena CNN.

El magnate también intentó influir en las agencias federales independientes. Destituyó al director del FBI, James Comey, después de presionarlo para que abandonara la investigación sobre sus vínculos con la injerencia de Rusia en las elecciones de 2016. De la misma manera, cesó al fiscal general del Distrito Sur de Nueva York tras no conseguir que frenara un caso sobre lavado de dinero que presuntamente afectaba a su familia. Además, presionó al Departamento de Justicia para que investigara a Hillary Clinton e indultó al exsheriff de Arizona, Joe Arpaio, conocido por sus posturas antiinmigración y condenado por desacato a un tribunal en un caso de discriminación racial.

Más allá de amenazas verbales y decisiones poco éticas, Trump no había erosionado significativamente los contrapesos del sistema democrático. Sin embargo, sí marcó el camino para saltarse la democracia. Su Administración impulsó la Comisión Asesora Presidencial sobre Integridad Electoral, que pretendía que los estados aprobaran leyes de identificación de los votantes para dificultar el acceso al voto de las minorías. 

Pero sobre todo, Trump se negó a reconocer los resultados de las elecciones de 2020, en las que perdió contra Joe Biden, e intentó sabotear los comicios. Citó a varios legisladores estatales de Míchigan para desautorizar a sus votantes y presionó a las autoridades del estado de Georgia para subvertir el proceso electoral, lo que le abrió una nueva causa penal. Sin embargo, la gota que colmó el vaso fue cuando presionó a su vicepresidente, Mike Pence, para que rechazara los resultados electorales en la sesión conjunta del Congreso que certificaba a Biden como ganador, y que desembocó en el asalto al Capitolio en enero de 2021.

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Pese a ello, la hegemonía de Trump en el Partido Republicano se fortaleció tras la derrota en 2020. El expresidente consiguió que la mayoría de republicanos en el Congreso votaran en contra de su segundo impeachment por incitar a la insurrección en el asalto al Capitolio. No en vano, el veto republicano en el Senado permitió que no quedara inhabilitado para postularse en 2024. Trump incluso llegó a obtener el apoyo de Mitch McConnell, el líder republicano en el Senado, que inicialmente lo había culpado por los disturbios. 

De los diez republicanos que votaron contra Trump en la Cámara de Representantes en el impeachment, apenas dos mantuvieron sus cargos tras las midterms de 2022. De hecho, de los 222 congresistas republicanos que hay en la cámara baja, al menos ochenta han respaldado la falsa teoría del fraude electoral. Y en el Senado, de los siete republicanos que apoyaron el impeachment, sólo una senadora se jugaba la reelección al año siguiente. Otros opositores como el senador por Utah, Mitt Romney, han anunciado que se retiran. La principal razón es que el 70% del electorado republicano todavía sostenía en 2023 que la victoria de Biden había sido ilegítima. Ante ese escenario, ningún republicano se atreve a contradecir las afirmaciones de Trump, por falsas que sean.

¿Habrá trumpismo sin Trump?

Aunque Trump sea el líder indiscutible del Partido Republicano, su carrera política tiene fecha de caducidad. A sus 78 años, las elecciones de 2024 serán, con casi toda seguridad, su última oportunidad para regresar a la Casa Blanca. El propio Trump afirmó que no volvería a postularse en 2028 si pierde los comicios. Incluso si ganara, la limitación de dos mandatos le impediría presentarse otra vez. Este escenario abre numerosos interrogantes sobre el futuro del Partido Republicano después de Trump.

Algunas voces empezaron a especular con un trumpismo sin Trump tras las elecciones de medio mandato de 2022. La irrupción de figuras como el gobernador de Florida, Ron DeSantis, o el senador de Misuri, Josh Hawley, planteaba la posibilidad de un trumpismo más formal en la apariencia, pero con perfiles todavía más conservadores en el plano social. 

Sin embargo, ese debate se intensificó tras la elección del senador de Ohio, J. D. Vance, como el candidato a vicepresidente de Trump en julio. Vance evidencia la posible evolución del trumpismo hacia un movimiento más ideológico, radical e influido por la corriente neorreaccionaria de Silicon Valley. Durante la campaña, Vance ha difundido historias falsas sobre inmigrantes haitianos que comían mascotas, y recientemente defendió al comediante Tony Hinchcliffe tras sus comentarios racistas en un mitin de Trump en Nueva York.

Hoy en día, el debate sobre la continuidad del trumpismo se enmarca en una doble dimensión. Como movimiento político, la ausencia de Trump complica la supervivencia de un fenómeno tan personalista. Ninguno de sus posibles sucesores tiene el atractivo del magnate ni una plataforma electoral tan poderosa. Esto se evidenció con el fracaso del Partido Republicano en las midterms de 2018 y 2022, donde se demostró que la nueva generación de candidatos trumpistas no generaba el mismo respaldo que Trump entre las bases republicanas. Además, Trump tampoco ha mostrado interés en potenciar a un heredero.

Sin embargo, si el trumpismo se entiende como las ideas y el estilo político promovido por Trump, su futuro está garantizado. A nivel ideológico, Trump ha logrado que sus tesis sean hegemónicas en el Partido Republicano. Este discurso ya existía antes de Trump, pero ahora conecta con las preferencias de la mayoría de sus votantes. Por ello, esta narrativa predominará entre los futuros líderes republicanos; más aún, teniendo en cuenta que los electorados de los partidos son cada vez más homogéneos y diferentes entre sí. En este sentido, es muy probable que el trumpismo sobreviva a su creador.

David Gómez

Guadalajara, 1999. Doble grado en Relaciones Internacionales y Periodismo por la URJC. Ciencias Políticas en la Università degli Studi di Firenze. Apasionado de la geopolítica, el deporte y el cine.