Hubo un tiempo, allá por los años cincuenta y sesenta del siglo XX, en el que prácticamente toda la cadena de producción de casi cualquier modelo de Ford o Chevrolet se realizaba en el Medio Oeste de Estados Unidos. El carbón y el acero de las regiones mineras de Virginia Occidental o Pensilvania alimentaba las factorías siderúrgicas y mecánicas de Pittsburg o Cleveland, en Ohio. Desde ahí, la cadena continuaba en las industrias automovilistas que confluían en Detroit, Míchigan, hogar de gigantes de la industria como General Motors o la propia Ford. En aquella época, Estados Unidos controlaba un 80% de la producción mundial de coches —hoy no llega al 5%—, y la inmensa mayoría de ellos se fabricaban en la ciudad del motor.
Todo, sin embargo, comenzó a cambiar en los años setenta. Las marcas japonesas y alemanas, con modelos más pequeños, manejables y asequibles, ya competían con fuerza en el mercado interno norteamericano. Al tiempo, la globalización y los procesos de deslocalización llevaron la manufactura y los procesos productivos del Medio Oeste a zonas más baratas del mundo, como México, Brasil o China, golpeando con fuerza el gran corazón industrial norteamericano, uno de los grandes símbolos y orgullos de la posguerra.
Para mediados de los ochenta los síntomas de decadencia de la región ya eran más que palpables. En un mitin en Cleveland en 1984, el candidato demócrata a la presidencia Walter Mondale fue el primero en usar el término ‘cinturón de óxido’ para referirse a los efectos de las políticas de desindustrialización de Ronald Reagan en el Medio Oeste.
Sin embargo, la decadencia de la región ni había comenzado con el mandato del famoso presidente republicano ni se detendría después. Las políticas de deslocalización se mantuvieron intactas en los años siguientes, independientemente del signo político del Gobierno del momento. Como ejemplo, la puesta en marcha en 1993 del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (TLCAN), ya bajo el mandato de Bill Clinton. En 1995, la creación de la Organización Mundial del Comercio dio la puntilla definitiva a los antiguos polos industriales y asentó definitivamente el consenso neoliberal del libre comercio.
Este abandono de las zonas industriales del Medio Oeste y la destrucción paulatina de la fuerza laboral ha terminado teniendo un profundo impacto político en el país. Poco a poco, los trabajadores blancos sin formación universitaria del cinturón de óxido ―que habían votado mayoritariamente por los demócratas desde la época del New Deal― fueron incrementando su apoyo al Partido Republicano, convirtiendo los antiguos feudos obreros en estados disputados a nivel electoral.
Este nicho de votantes fue desarrollando actitudes cada vez más proteccionistas y contrarias a la inmigración, sobre todo tras la crisis económica de 2008. A ello se sumó la percepción cada vez más generalizada de una élite demócrata tremendamente alejada de las clases populares. De este modo, Donald Trump capitalizó su desafección en las elecciones presidenciales de 2016 y derrotó a Hillary Clinton en Wisconsin, Míchigan y Pensilvania, siendo la primera vez que un republicano ganaba estos estados desde 1988.
Más que una región industrial hiperlocalizada, el cinturón industrial de Estados Unidos formaba parte de una macrorregión económica más amplia que conectaba nodos productivos del noreste del país. Entre ellos, el histórico arco textil del estado de Massachussets o las zonas mineras de Kentucky, Pensilvania y Virginia Occidental. Más al oeste, las industrias pesadas salpicaban el mapa de Ohio o Míchigan.
Más de 100.000 muertes al año: así se ha extendido la epidemia de las drogas en Estados Unidos
La pérdida del tejido industrial en estas regiones provocó, en el medio plazo, un aumento del desempleo, la pobreza y la miseria en el Medio Oeste. Entre 1950 y 1980, el cinturón de óxido perdió un 28% de los puestos de trabajo que existían en la región, mientras que los manufactureros se redujeron en un 34%. Con el cambio de milenio, el cinturón de óxido también fue uno de los primeros epicentros de la devastadora epidemia de opioides que asola la gran potencia norteamericana. Sin ir más lejos, en la actualidad Virginia Occidental es, con gran diferencia, el territorio en el que se registran más muertes por sobredosis por cada 100.000 habitantes.
Otro de los efectos más palpables de la decadencia del Medio Oeste ha sido el vaciado y decrecimiento poblacional de muchas zonas urbanas, con importantes cambios demográficos. Prácticamente todas las grandes ciudades de la región, polos industriales en los años cincuenta y sesenta, han perdido habitantes. Entre ellas, Chicago, Búfalo, Cincinnati, Cleveland, Pittsburg o Detroit, desde donde la población se fue trasladado a los suburbios que salpican las áreas metropolitanas del cinturón de óxido, pero también a otras zonas del país empujados por la movilidad laboral.
En 2013, la antigua ciudad del motor, que llegó a ser la quinta ciudad más poblada de Estados Unidos y ahora se sitúa en el puesto 26, se declaró en bancarrota tras años de agonía económica, mientras que en Pittsburg y Cleveland no solo han sido las ciudades las que han perdido población, si no también sus propias áreas metropolitanas.



