Deslocalización industrial

El mapa de la deslocalización industrial durante el siglo XX

A partir de los años setenta, muchas empresas occidentales subcontrataron la fabricación de sus productos en Asia o Latinoamérica
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De un taller en Arteixo (A Coruña) a convertirse en la octava marca de ropa más valiosa del mundo: el éxito de Zara deriva de su revolución de la fast fashion y las llamadas colecciones cápsula, lanzamientos muy frecuentes y de tamaño limitado. Esta es, sin embargo, solo una parte de la historia. La otra, más áspera y desconocida, tiene que ver la externalización de su producción a finales de los noventa, un proceso que deslocalizó la fabricación de sus prendas al Sur global y que abarató enormemente sus costes industriales.

La idea de Zara fue pionera en España, pero a escala global se integró en un movimiento más amplio conocido con el nombre de deslocalización industrial que se produjo en el último tercio del siglo XX. Fagocitadas por la globalización económica y la libre circulación de bienes, servicios y capitales, multitud de empresas occidentales se desprendieron de sus centros manufactureros para subcontratar la producción básica de sus productos en Asia o Latinoamérica.

La motivación no era otra que disminuir los costes: equipados con una mano de obra joven, barata y a menudo desprotegida a nivel legislativo y sometida a explotación, países como Brasil, India o China se convirtieron en el destino ideal de esa deslocalización industrial que buscaba maximizar los beneficios. Las actividades más rentables de cada sector, como el diseño de producto o la comercialización final, permanecieron eso sí en los polos industriales históricos, mientras que fueron los procesos de menor valor añadido y especialización los que se externalizaron a través de densas redes de subcontratas.

Asia y América Latina fueron los principales receptores de esa mudanza empresarial, pero otras regiones como Europa del Este, las economías más desarrolladas de África, Turquía o México también absorbieron la producción de algunas empresas de Norteamérica, Europa o Australia. El 82% de los empleados de los talleres que trabajan para Zara, por ejemplo, son asiáticos, mientras que el 12% son turcos y el 3% marroquís.

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En las últimas décadas, lejos de parar, el proceso de deslocalización industrial global ha sufrido una nueva vuelta de tuerca. Los flujos convencionales desde Estados Unidos, Canadá, Europa, Japón o Australia hacia economías emergentes como México, India, China, Taiwán o Corea del Sur han sido complementados por una segunda fase en la que han entrado en acción países más periféricos como Pakistán, Bangladés o Vietnam.

A medida que China —conocida como «la fábrica del mundo»— y los cuatro tigres asiáticos —Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur— crecieron y desarrollaron su propia industria, encareciendo por el camino su mano de obra, sus empresas comenzaron a su vez a externalizar las funciones más elementales de la cadena de suministro como la producción o la confección de los productos. En otras palabras: la camiseta que antes vendía Zara cuenta ahora con una competidora china que también se encarga de diseñar y comercializar la prenda pero que recurre a terceros países para producirla.

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El problema de todo ese entramado, aparte de la posible degradación de los derechos laborales o la explotación encubierta en países poco desarrollados, es la relación de dependencia que se genera entre los polos industriales y los centros de producción. La pandemia lo evidenció: solo hicieron unas semanas para que el mundo entrara en pánico ante la ausencia de mascarillas, cuya cadena de distribución controlaba China.

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Esa integración global es aún más sensible en el caso de productos estratégicos como pueden ser los microchips. Si un Estado no controla todo el proceso de manufacturación, está expuesto a interrupciones y desajustes que pongan en peligro su suministro. China lleva años reforzando su industria nacional y consumo interno para reducir su dependencia de las exportaciones, un proceso de desacople que Occidente comienza ahora a plantearse ante la creciente agresividad de Pekín. La Ley para la Reducción de la Inflación (IRA, por sus siglas en inglés) de Joe Biden, que incluye subsidios para aquellas empresas que inviertan en tecnologías verdes desarrolladas en territorio estadounidense, es un ejemplo.

De esta forma, la deslocalización industrial podría dar paso a un periodo de desglobalización o repatriación de las cadenas de suministro. La lógica capitalista invita a pensar sin embargo que esa interdependencia global no desaparecerá, sino que mutará para dar lugar al friendshoring, una estrategia que consiste en fabricar y abastecerse solo de países alineados con la potencia industrial en cuestión.

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