A mediados de los años 90, un potente fármaco destinado a paliar el dolor, la oxicodona, sacudió Estados Unidos y desencadenó la primera gran crisis de los opioides en Norteamérica. Esta tragedia no era nueva, pues el país ya había estado expuesto a otras devastadoras olas de adicción a las drogas en el pasado.
Antes de los opioides, Estados Unidos ya había lidiado con otras drogas como la heroína en los años 70, el crack en los 80, y la metanfetamina en los propios 90 y 2000. Sin embargo, desde finales del pasado siglo, la principal preocupación ha sido el desbocado aumento en el consumo de opioides sintéticos, una clase de droga de muy fácil acceso y fabricación que ha causado estragos por todo el país.
De entre todas estas sustancias, ninguna se ha hecho tan conocida —y temida— como el fentanilo, principal responsable de las cerca de 108.000 muertes por sobredosis que hubo en el país en 2022, cerca de 18 veces más de las que se registran en toda la Unión Europa.
La epidemia del fentanilo se ha extendido por toda la geografía del país a largo de la última década, sin que las autoridades sean capaces de detenerla. Las profundas desigualdades económicas, un sistema de salud disfuncional y la incapacidad de abordar de manera efectiva la adicción han hecho de esta crisis sanitaria la peor de la historia reciente del país, con casi 150 muertes diarias, según datos de los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés).
Los estados dónde se inició esta nueva ola de drogadicción son los mismos que ya estuvieron sumidos en otras crisis pasadas como la de la heroína: Virginia Occidental es, con gran diferencia, el territorio en el que se registran más muertes por sobredosis por cada 100.000 habitantes. También Kentucky, Ohio o Pensilvania han sido centros de este problema, que ahora se ha extendido también hacia la costa este del país.
Así, la crisis de los opioides, que comenzó en los estados del cinturón del óxido y los Apalaches, antiguos polos industriales —con un tipo de trabajo muy propenso a las lesiones— y hoy empobrecidos, se ha expandido hacia la costa este, con Delaware y Washington D. C. como algunos de los estados que más muertes por habitante registraban en 2022.
Aunque quedan pocas semanas para las elecciones presidenciales de noviembre de 2024, la enorme crisis sanitaria que atraviesa el país —que ya supera con creces el peor año de la epidemia del VIH de los 90—apenas tuvo presencia en el debate nacional que enfrentó a Donald Trump y Kamala Harris el pasado 11 de septiembre. Solo la candidata demócrata hizo una mención superficial al problema, que quedó reducido a la necesidad de perseguir las redes de crimen y tráfico trasnacionales.
La situación no es nueva: durante lustros, las políticas nacionales de lucha contra las drogas en Estados Unidos se han focalizado en el punitivismo masivo, mientras que apenas un 13% de los adictos del país recibe tratamiento sanitario.
Estas deficiencias del sistema de salud estadounidense, mucho más desatendido y deficiente que los sistemas públicos europeos, se ven también en la excesiva influencia que han ejercido sistemáticamente las grandes empresas farmacéuticas, que disfrutan una enorme capacidad de influencia en la política nacional.
Grandes crisis como la de los 90 o la actual del fentanilo están estrechamente relacionadas con varios escándalos protagonizados por numerosas corporaciones farmacéuticas, que comercializaron de manera agresiva medicamentos minimizando su componente adictivo. Es lo que ocurrió con la familia Sackler, hoy condenada por ocultar el componente adictivo de la oxicodona y convertir a miles de pacientes en adictos, muchos de los cuales se vieron empujados a recurrir al mercado ilegal para obtener los medicamentos a los que ya estaban enganchados.
El fentanilo, la principal causa del repunte de muertes por sobredosis
De las 107.941 personas que murieron por sobredosis en el país en 2022, cerca del 70% lo hicieron por culpa del fentanilo. Esta sustancia, sintetizada por primera vez hace 75 años, es uno de los opioides más baratos y fáciles de elaborar, pero también es hasta 50 veces más potente que la heroína.
Así han aumentado las muertes por sobredosis en Estados Unidos por la epidemia de fentanilo
Inicialmente destinado a personas con dolores crónicos, el fentanilo ha duplicado su presencia en el mercado ilegal desde 2018, ya sea en forma de pastillas o como adulterante de drogas como la heroína y la cocaína, haciéndolas más baratas y peligrosas.
La mezcla con heroína es precisamente la que ha penetrado en los centros urbanos de la costa este, alterando el perfil de los afectados. Si antes la crisis de opioides afectaba principalmente a la población blanca obrera de los estados más pobres, la heroína adulterada con fentanilo que se consume en los suburbios ha expandido la crisis a otros grupos que antes no se veían apenas afectados, como los afroamericanos.
Hasta 2019, cuando se prohibió su importación en EE.UU., los componentes químicos que se empleaban para fabricar el fentanilo provenían de China y llegaban directamente a los centros productivos del país. Para sortear esa prohibición, la ruta actual del fentanilo pasa por México, lugar donde los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación cocinan los químicos antes de introducir las drogas en pequeñas cantidades muy complicadas de detectar a través de la frontera sur de Estados Unidos.







