Mapa consumo opioides y opiáceos

El consumo de opiáceos y opioides en el mundo

Afganistán, principal zona de cultivo de amapola del mundo, lidera el consumo de estas drogas. Le siguen Estados Unidos, Nigeria y Uruguay
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Según el World Drug Report de la ONU, los opiáceos y opioides son el segundo tipo de droga más consumida del mundo, solo por detrás del cannabis. Unos 60 millones de personas los consumieron en 2021, siendo la heroína ilícita la sustancia de la que más se abusa. Pese a esto, no se trata solo de un problema relacionado solo con el narcotráfico y los mercados ilegales: la proporción de adictos a los opioides de prescripción médica tampoco deja de aumentar, y el abuso de estos medicamentos ya se han convertido en un problema salud pública en países como Estados Unidos o Nigeria. 

El término opioide se refiere a aquellas sustancias que, aunque de fabricación sintética o semisintética (como el fentanilo), tienen propiedades análogas a los opiáceos, que son sustancias que se extraen directamente del tratamiento de las semillas de la amapola o adormidera, como la morfina.

Afganistán, principal zona de cultivo de amapola del mundo, lidera también el consumo de opiáceos y opioides: un 8,5% de su población consumió alguna de estas sustancias en 2015, último año con datos disponible de la ONU para este país. Le siguen EE.UU., con un problema disparado de adicción y muertes relacionadas con el fentanilo, y Nigeria y Uruguay, donde el ratio se mueve en torno al 4% y el 5%. 

Más allá del consumo, algunos de los países clave en la producción y distribución de adormidera son Myanmar y México, aunque ninguno se acerca a la situación que se vive en Afganistán.

El tráfico del opio supone alrededor del 15% del PIB del país asiático y es una pieza clave de su geopolítica, donde cuatro décadas de conflicto han devastado la agricultura tradicional y han empujado a muchos productores a depender de la amapola, un cultivo sencillo y muy lucrativo. Unas 200.000 hectáreas son destinadas al cultivo de la adormidera en Afganistán, donde el tráfico de opio está estrechamente ligado con la financiación de los talibanes. 

El tráfico de opio desde Afganistán

La invasión de Estados Unidos y su presencia en el país durante más de veinte años no consiguió revertir este problema, a pesar de las inversiones y de hacer de la lucha contra el opio afgano parte de su Guerra Global Contra las Drogas y el Terrorismo. En 2022, un año después de tomar el poder, los talibanes expresaron su voluntad de acabar con el tráfico y cultivo de esta lucrativa planta, aunque los datos de la ONU confirman que desde entonces la superficie cultivada no ha hecho más que aumentar. En mayo de 2022 se prohibió plantar amapola y se puso en marcha un duro dispositivo para retirar a los adictos de las calles.

Más de 6.350 personas fueron internadas forzosamente en centros de desintoxicación, más parecidos a una prisión que a un hospital por las condiciones infrahumanas que han reportado los internos. Sin embargo, el aislamiento internacional, la falta de medios económicos y de alternativas reales dificulta acabar con la epidemia del consumo en un país que se estima cuenta con más de tres millones de adictos.

El opio, la otra guerra que Estados Unidos ha perdido en Afganistán

Los talibanes no son los únicos que han aprovechado el tráfico de drogas para obtener financiación. En África, Boko Haram o el Dáesh controlan parte de la red de tráfico del tramadol, un analgésico opioide que se fabrica en la India y que está asolando África Occidental. De función similar a la morfina, el tramadol es sin embargo mucho menos potente que el fentanilo. Su bajo precio —apenas 20 céntimos por pastilla—  lo ha convertido además en muy popular entre los jóvenes africanos. 

La geopolítica de Nigeria

Las altas tasas de consumo de opiáceos y opioides en Nigeria, reportadas en el informe de la ONU, se deben en parte a esta epidemia que ya tiene enganchados a uno de cada tres jóvenes en el país. Al tratarse de un medicamento de venta legal en farmacias, el tramadol no está tan estigmatizado como otras drogas. A pesar de esto, en la mayoría de países de África Occidental la población no recurre a las farmacias para obtener los medicamentos, sino al mercado irregular, dónde los precios son más variables y no precisan receta, por lo que el control sobre su venta y consumo resulta complicado.

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