Donald Trump ha dado el pistoletazo de salida a una nueva guerra contra las drogas. El presidente de Estados Unidos ha movilizado el aparato militar norteamericano en el mar Caribe en el marco de una gran operación contra el narcotráfico: una iniciativa que ya se ha saldado con dos ataques a supuestas narcolanchas frente a las costas de Venezuela. Lejos de ser una acción concreta, se trata del mayor despliegue naval estadounidense en el hemisferio occidental desde 1989. Y responde a un objetivo concreto: poner fin al flujo de drogas hacia Estados Unidos, principal mercado de cocaína del mundo.
Norteamérica es, junto con Europa, el principal destino del tráfico de cocaína global, así como la región que registra las mayores cifras de consumo de otras drogas como el cannabis, las anfetaminas y los opioides. Mientras que drogas como el fentanilo tienen origen en China y llegan a las ciudades estadounidenses desde México —y en menor medida Canadá—, en el caso de la cocaína las rutas parten de sus vecinos del sur continente.
Los mayor parte de la producción de cocaína a nivel mundial se concentra en Colombia, Perú y Bolivia, desde donde se exporta tanto a Norteamérica como a los mercados europeos. De acuerdo con el informe de 2024 de la Administración de Control de Drogas (DEA), Colombia es el principal punto de partida de la cocaína que llega a Estados Unidos, representando aproximadamente el 84% de toda la droga incautada. De estos tres países salen rutas marítimas, terrestres y aéreas hacia Estados Unidos y Canadá.
Manteniendo a Colombia y México como el corazón del narcotráfico en la región, el recorrido más frecuentado es el que cruza a través del océano Pacífico. Estas rutas a mar abierto cuentan con menos medidas de seguridad y menos patrullas que las aguas del Caribe, lo que provoca que ya en 2019 el 74% de la droga se moviese a través de este corredor. Las sustancias ilícitas parten de los puertos peruanos, ecuatorianos y colombianos y atraviesan países que durante décadas habían permanecido al margen del tráfico de drogas, como Costa Rica o Ecuador, que en los últimos años han adquirido un papel clave.
Esta ruta ofrece dos posibilidades. Por un lado, trasladar la droga a través del mar o, en menor medida, por rutas aéreas hasta México, donde los movimientos pasan a hacerse sobre todo de manera terrestre por la frontera con Estados Unidos. Y por otro lado, moverla por mar directamente hasta los puertos estadounidenses. En ambos casos los puntos de entrada de la cocaína al país son principalmente California y Texas, estados fronterizos con México.
En paralelo a la del Pacífico, la cocaína también llega a Norteamérica a través de dos rutas que atraviesan el Caribe. De estas, la más frecuentada es la del Caribe occidental, que sale desde Colombia, Ecuador y Perú para cruzar por países como Panamá y Jamaica.
La importancia de esta ruta, no solo hacia Norteamérica sino sobre todo hacia Europa, ha provocado un aumento exponencial en las actividades ilícitas en estos países intermediarios, como Panamá. En la década de los noventa, los casos de tráfico de drogas en puertos panameños eran minoritarios, mientras que en la actualidad se han identificado cincuenta organizaciones criminales en seis puertos de Panamá, en ambas costas del país. Así, los cárteles están presentes en toda la infraestructura panameña, desde los puertos marítimos y el ferrocarril hasta el propio canal de Panamá.
La tercera opción es el corredor del Caribe, que parte desde Colombia hacia República Dominicana y Haití y desde allí llegar o bien a Florida o bien a Canadá.
¿Qué papel tiene Venezuela en el narcotráfico hacia EE.UU.?
Venezuela no concentra en su territorio un gran volumen de producción de cocaína, pero sí es uno de los puntos de partida de las rutas de tráfico. Su larga y porosa frontera con Colombia permite que la droga entre en el país y se extienda a los mercados mundiales. El propio Departamento de Estado estadounidense define a Venezuela como un importante país de tránsito de drogas y una ruta clave en el tráfico de cocaína. Para ello se basa en datos de 2020, según los cuales se estima que entre 200 y 250 toneladas métricas de cocaína se traficaban anualmente a través de Venezuela. Esto supone entre un 10% y un 13% de la producción mundial. Pero lo cierto es que ya en ese momento el tránsito a través de países centroamericanos lo superaba con creces —con un movimiento estimado de 400 toneladas métricas a través de Guatemala—.
Actualmente, el tráfico a través de Venezuela sigue siendo mucho menor en cuanto a volumen que el que cruza a través de Centroamérica, y sobre todo respecto al que sigue la ruta del Pacífico. Así, tanto la designación como grupo terrorista de cárteles y organizaciones venezolanas como el propio despliegue militar en torno a la costa de Venezuela apuntan a motivos que van más allá de la lucha contra el narcotráfico.
Las autoridades estadounidenses han acusado al líder venezolano, Nicolás Maduro, de dirigir el Cartel de los Soles: una organización que, a pesar de su nombre, no se trata de un cartel sino de una red de corrupción en las fuerzas armadas venezolanas que facilitaría el narcotráfico. Tanto Maduro como otros presidentes de la región, como el colombiano Gustavo Petro, han negado la existencia de dichos vínculos y han subrayado que el verdadero objetivo de Washington es derribar al gobierno de Venezuela.
La guerra contra las drogas —y su relación con las políticas intervencionistas— no es un invento de Trump. Al contrario, han sido una constante en la historia del país: en el primer tercio del siglo XX, las autoridades publicas ya pusieron en marcha una fuerte campaña que derivó en leyes de impuestos sobre el opio o el cannabis, aunque esta política tal y como la conocemos hoy empieza a afianzarse con la administración de Richard Nixon en los años setenta. La actual estrategia de Trump bebe tanto de esas raíces como de la internacionalización de la lucha contra el narcotráfico promovida por Ronald Reagan y George H. W. Bush, quienes impulsaron la intervención de la CIA y el ejército en la lucha contra una droga que ya entonces se veía como un enemigo procedente de América Latina.