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De Lincoln a Trump: el deslustre del Partido Republicano

De Lincoln a Trump: el deslustre del Partido Republicano
Trump firma su compromiso de lealtad con el Partido Republicano. Fuente: Wikimedia

La Historia del Partido Republicano es de gran trascendencia para saber cómo ha evolucionado la siempre peculiar política estadounidense en los últimos 150 años. De ser el partido que abanderó la unidad nacional y la abolición de la esclavitud a mediados del siglo XIX a la revolución populista encarnada en Donald Trump y sostenida por facciones como el Tea Party hay mucho recorrido político, que incluye, entre otras cosas, una contribución fundamental al mundo conservador estadounidense o a las tesis y postulados del neoliberalismo en los años ochenta. Cómo ha llegado hasta aquí el Partido Republicano y qué papel juega en la sociedad estadounidense son fundamentales para entender el futuro de EEUU.

El partido antiesclavista

Cuando se asocian movimientos radicales como la alt right o el Ku Klux Klan a las facciones más extremas del Partido Republicano, se hace muy poca justicia a la Historia; el movimiento que hoy conocemos como Black lives matter tiene su origen más remoto precisamente en este partido político. Fundado a mediados del siglo XIX en una diminuta cabaña de madera en Wisconsin, el conocido como Grand Old Party —‘gran partido antiguo’— estaba compuesto por activistas en contra de la esclavitud que se habían escindido del Whig Party. En un editorial de 1854 del New York Tribune escrito por Horace Greeley, uno de los fundadores del Partido Republicano, se definía el nuevo partido como formado por aquellos “unidos para restaurar a la Unión a su verdadera misión de promulgadora de la libertad en vez de propagandista de la esclavitud”.

Pocos años después, el partido encontraría a quien no solo se convertiría en su figura más venerada hoy en día, sino a uno de los presidentes más trascendentales y cuyo rostro está tallado en el monte Rushmore: Abraham Lincoln. El kentuckiano no solo tuvo por máxima la preservación de la Unión en su período más sangriento y complicado, la guerra civil estadounidense, sino que impulsó y abanderó el movimiento antiesclavista hasta finalmente conseguir promulgar la decimotercera enmienda a la Constitución estadounidense, que aboliría definitivamente la esclavitud en el país. Su asesinato solamente unos días después de la rendición de las últimas tropas confederadas lo elevó a la categoría de mártir y una de las figuras más admiradas y respetadas de la política estadounidense.

Pero las cosechas y los logros del Partido Republicano no terminarían con la muerte de Lincoln. La decimocuarta enmienda, que introdujo la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos, fue aprobada unánimemente por los republicanos con una ferviente oposición del Partido Demócrata. Otros logros, como el primer gobernador afroestadounidense en 1972, la primera mujer congresista en 1917 o la extensión de la ciudadanía a los pueblos nativos en 1924, también son achacables al partido, que, erigido como dominante en el norte industrial de Estados Unidos y casi inexistente en el sur agrícola, mantuvo un control prácticamente continuado de la presidencia hasta bien entrado el siglo XX, cuando comenzaría a abanderar una de las facetas que más lo han identificado en la Historia reciente: la del partido a favor del libre cambio y los intereses de los empresarios.

Regiones físicas, sociales y productivas de EE.UU.

Presidentes con un legado reconocido como Theodore Roosevelt o William McKinley provenían de este partido, que no encontró una oposición con alternativas destacadas salvo quizás el mandato de Woodrow Wilson. Sin embargo, el crack de 1929 y la muy alargada presidencia de Franklin D. Roosevelt —que no solo tuvo que lidiar con la crisis económica instaurando el New Deal, sino también con la Segunda Guerra Mundial— pondrían fin al mayor período de hegemonía republicana hasta la fecha y arrastrarían al partido a varias décadas de irrelevancia y de transformación interna.

Nuevo partido, nuevo conservadurismo

El enfoque liberal de la economía que proponían los republicanos de los años veinte enlazaba bien con su oposición al excesivo poder del Gobierno federal que, en su opinión, proponían demócratas como Wilson. Esto se agravaría durante los años del New Deal. El Partido Republicano, carente de propuestas —ya que sus fórmulas, en opinión de la mayoría de los estadounidenses, habían conducido a la Gran Depresión—, se dedicó a oponerse fervientemente a las medidas que otorgaban más poder al Gobierno federal. Esto sería el inicio de uno de los rasgos más definidos y presentes hasta hoy dentro del partido, la reducción del Gobierno, lo que los llevaría a alcanzar nuevas alianzas que cambiarían por completo la línea lógica de los principios que llevaban promoviendo desde su fundación.

Hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, el sur agrícola de Estados Unidos — Alabama, Tennessee, Carolina del Sur, etc.— había estado dominado por el Partido Demócrata, un partido que representaba los intereses de los grandes terratenientes de la zona y que se opuso fervientemente a la abolición de la esclavitud. Incluso cuando el partido comenzó a virar hacia los valores progresistas y moralistas a principios del siglo XX, los demócratas del sur mantuvieron una línea propia clara. El New Deal, que avanzaría el movimiento de los derechos civiles y concedía más poder a los sindicatos, terminó por cimentar la llamada “coalición conservadora”, una serie de pactos de naturaleza electoral y política favorables a las políticas del New Deal entre los demócratas del sur y el Partido Republicano contra el resto del Partido Demócrata.

El desarrollo de esta coalición tuvo varios efectos. Por un lado, el Partido Republicano se asentaría definitivamente en el eje conservador de la política estadounidense; culminaba así una auténtica transformación respecto a la posición ideológica en la que originalmente se encontraba. Por otro lado, arrebataría al Partido Demócrata el control de la mayor parte de los estados sureños a la par que abandonaba a sus votantes afroestadounidenses, que por primera vez dejarían de identificarse con los republicanos para hacerlo con los demócratas.

En menos de 50 años, el Partido Republicano había llevado a cabo un proceso de transformación inaudito, pero seguía impasible frente a la hegemonía del Partido Demócrata. Aunque el mandato presidencial de ocho años del presidente Eisenhower tuvo en general una buena valoración, no fue capaz de hacer sombra al de Franklin D. Roosevelt o al muy breve de su sucesor, John F. Kennedy. La guerra de Vietnam y el escándalo de Watergate también dificultarían un tan ansiado legado republicano duradero y efectivo. Pero en 1981, tras la crisis de los rehenes en Irán, la llegada a la presidencia de Ronald Reagan vendría acompañada de lo que se ha llegado a definir como un “nuevo conservadurismo”.

Mapa electoral de la victoria de Reagan en las elecciones presidenciales de 1984. Fuente: Wikimedia

Los elementos de este movimiento neoconservador incluían una ferviente oposición al comunismo y a la URSS en general en política exterior, un renovado liberalismo económico que abogaba por privatizaciones, recortes y menor poder sindical en economía y, en política nacional, una guerra contra el crimen y las drogas unida a una alineación a favor de los valores morales tradicionales y religiosos, con posturas abiertamente en contra respecto al aborto o divorcio. Reagan consiguió agrupar y consolidar a una base republicana tradicionalmente fragmentada y pasiva que le llevó a cosechar los mejores resultados electorales de la Historia del partido.

Para ampliar: “GOP platform through years shows party´s shift from moderate to conservative”, Marc Fisher en The Washington Post, 2012

El mundo conservador estadounidense

Si algo caracteriza a la política y al sistema de partidos estadounidense es, precisamente, la amplitud y variedad de sus espectros ideológicos. Existe todo un engranaje cultural, económico y político compuesto por instituciones, empresas, medios de comunicación, académicos, jueces e incluso personalidades famosas que contribuyen a formar configuraciones ideológicas que convergen en los partidos Republicano y Demócrata. Es algo que resulta mucho más simple de lo que parece: nadie pondría en duda que movimientos como Black lives matter, medios de comunicación como The New York Times o empresas como Facebook son más proclives al Partido Demócrata y que las reivindicaciones que sostienen, las opiniones que emiten o el dinero que donan contribuye a articular las políticas que este partido realiza.

Para analizar en profundidad por qué el Partido Republicano ha cambiado tanto en los últimos años, es preciso descomponer ese engranaje y analizar de qué y por quién está compuesto el mundo conservador en Estados Unidos. La faceta más visible quizás sean los medios de comunicación y tertulianos cuya línea editorial es marcadamente conservadora. Medios como Breitbart o The Wall Street Journal, programas como InfoWars y, especialmente, la cadena Fox son los creadores de la información que consumen casi a diario los conservadores estadounidenses, más proclives a moverse en entornos de su misma orientación ideológica al desconfiar de la mayoría de los medios de comunicación —con la notable excepción de Fox News, la fuente diaria de información del 47% de los estadounidenses conservadores—. La cadena controlada por el magnate Rupert Murdoch también es una pieza central en la actual presidencia de Donald Trump y una fuente de información más que habitual del propio mandatario; de hecho, existe una conexión directa entre una gran cantidad de tweets del presidente y opiniones vertidas en el programa Fox and Friends: algunos de los tweets más polémicos se realizan precisamente durante el horario de emisión del programa y reproducen su contenido.

Distribución ideológica de medios de comunicación estadounidenses. Fuente: Pew Research Center

Pero no todo el universo conservador lo compone Fox News. Instituciones y think tanks conservadores, como The Heritage Foundation, Freedomworks o The Federalist, diseñan y fabrican el discurso y las políticas que luego aplican los republicanos en el Gobierno. Otros grupos de interés, como la Asociación Nacional del Rifle, donan enormes cantidades de dinero a las campañas políticas de republicanos que defienden el discurso proarmas de la segunda enmienda. En política exterior, voces como la de Henry Kissinger siguen siendo escuchadas y centros como el Comité Nacional Republicano promueven en los corrillos de Washington una aproximación al mundo eminentemente realista y con una marcada línea dura.

La afiliación religiosa también juega un papel importante en la política estadounidense, y no solo en el Partido Republicano. De hecho, son los demócratas quienes atraen una mayor preferencia política por grupos religiosos, especialmente los minoritarios, de una mayoría étnica concreta o los católicos, tradicionalmente identificados con este partido. Sin embargo, en las otras confesiones cristianas la cosa cambia: más del 50% de los creyentes anglicanos, metodistas o luteranos se identifican como republicanos, una cifra que llega al 70% en el caso de los mormones. El anterior candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney, provenía de esta rama cristiana, que constituía el mayor núcleo de apoyo por religión del presidente Trump en los sondeos de finales de 2017.

Distribución de la diversidad religiosa en EE. UU.

Finalmente, el poder judicial contribuye no solamente en la configuración ideológica del pensamiento conservador, sino en asentar de forma efectiva algunos de sus principios como ley. Los jueces federales de Estados Unidos no proceden de la carrera judicial, sino que son nombrados por el poder ejecutivo con el visto bueno del Senado. El Tribunal Supremo también es elegido por este sistema, lo que conlleva que los presidentes realizan sus nombramientos teniendo en cuenta la visión personal —y jurídica— del candidato en materias tan controvertidas como libertad religiosa o a portar armas, aborto o matrimonio entre personas de igual sexo con expectativas a que pueda hacerla valer por un largo período de tiempo, ya que estos magistrados ostentan su cargo de forma vitalicia.

La revolución populista: el Tea Party y Trump

El 16 de diciembre de 1773 se producía en la bahía de Boston uno de los primeros incidentes que marcarían el comienzo de la lucha por la independencia de Estados Unidos, el Motín del té —conocido en inglés como Tea Party—. Enormes cantidades de este producto fueron arrojadas a la bahía por los bostonianos en protesta por el aumento de impuestos y el monopolio que ejercía la Compañía de las Indias Orientales. Más de 200 años después, un movimiento político con el mismo nombre saltaba de la estructura del Partido Republicano y se convertía en la primera oposición a la recién estrenada Administración de Barack Obama.

Manifestación del Tea Party en 2009. Fuente: Wikimedia

Intentando trazar un símil con el acontecimiento histórico al que se debía su nombre, este movimiento político —formado fundamentalmente por agrupaciones locales y ciudadanos unidos por su oposición a la agenda de Obama— veía en el Gobierno federal un entramado burocrático que, con la llegada de un nuevo presidente demócrata, incrementaría enormemente los impuestos y las cargas sobre los ciudadanos e impulsaría reformas que, según su visión, lesionarían su libertad individual y los valores tradicionales estadounidenses. Además, comparte algunos de los rasgos característicos del conservadurismo estadounidense: libertad individual y religiosa, tradición, seguridad e incluso anticomunismo —muchos identificaban a Obama como un socialista—. Pero lo interesante de este movimiento es que surgió de las bases conservadoras, al margen completamente del Partido Republicano. Es por ello que se define a sí mismo como un “movimiento de saltamontes” por su carácter disruptivo y su cercanía a las bases.

Para ampliar: “El movimiento Tea Party: todos contra el gobierno federal”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2016

A lo largo del mandato de Obama, curiosamente, este movimiento no llegó a institucionalizarse plenamente, pero sí a mezclarse y formar parte de la estructura del Partido Republicano. Congresistas y senadores noveles como Ted Cruz, Rand Paul o Marco Rubio nacerían al albor del Tea Party, con un discurso que en muchos casos convergía con el suyo, al tiempo que otros más veteranos y parte del establishment, como John McCain o Mitch McConnell, mostraban cierta cercanía respecto al movimiento, que hacía valer en Washington su agenda en el Tea Party Caucus y el influyente Freedom Caucus, agrupaciones informales de congresistas republicanos.

A la vez que lograba introducir su discurso entre miembros republicanos, el Tea Party contribuía a la polarización de la sociedad estadounidense, que llegaría a su culmen durante las elecciones presidenciales de 2016. Sorprendentemente, el Tea Party inicialmente no apoyaba a Trump, ya que no veía en él a un verdadero conservador. En uno de los debates de las primarias republicanas, Ted Cruz, el candidato más afín al movimiento, espetó al futuro presidente sus “valores neoyorquinos”, más liberales que conservadores.

Sin embargo, Trump lograría finalmente el apoyo del movimiento, y quizás sea únicamente la personalidad del presidente lo que haga pensar que el Partido Republicano ha sufrido una nueva transformación absoluta. Hasta la fecha, Trump ha seguido una agenda tradicionalmente republicana en economía —bajada de impuestos y desregulaciones—, a pesar de sus amenazas proteccionistas; una política exterior marcadamente realista y, en cierto modo, agresiva, y un alineamiento casi absoluto con los elementos tradicionales que conforman el mundo conservador estadounidense, algo que, de no ser por sus discursos incendiarios, el caos interno de su Administración y su personalidad en sí, no debería extrañar viniendo de una Administración republicana.

Trump es el último elemento de una larga serie de cambios que ha sufrido el Partido Republicano en las últimas décadas. Impulsado por el movimiento del Tea Party, ha logrado canalizar el apoyo de unas bases que han comprado la versión populista y algo radicalizada de un discurso perfectamente coherente con los principios que lleva esgrimiendo el Partido Republicano desde hace décadas. Que ha sufrido grandes transformaciones nadie lo pone en duda, pero solo atendiendo a tiempos más pretéritos es posible ver lo sustanciales que han sido los cambios vividos en el seno del Partido Republicano.

Para ampliar: “La crisis del Partido Demócrata: una historia de sindicalistas y emprendedores”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2017

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