Muchos hemos visto la foto de Vladímir Putin con bigote de Hitler desde la invasión rusa de Ucrania. Sin embargo, la naturaleza fascista de la Federación Rusa se debate desde hace años. Para el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, Rusia es una “reconstrucción del nazismo”, y para el polaco, Andrzej Duda, se comporta como el führer y las SS. Investigadores de renombre como el historiador estadounidense Timothy Snyder tampoco dan lugar a equívocos: “Deberíamos decirlo, Rusia es fascista”, tituló en el New York Times.
Sobre la Rusia de Putin, Snyder afirma que “se nos ha pasado por alto el regreso del fascismo”. Putin ha radicalizado su discurso y su política expansionista desde la primera agresión rusa de Ucrania en 2014. El Kremlin presenta la invasión de 2022 como una guerra santa contra un Occidente satánico. Estas declaraciones hacen eco en el pasado más oscuro de Europa, pero tratar a Rusia de régimen fascista no solo es desacertado, sino también peligroso.
Expansionismo y discursos de odio: lo que tiene Rusia de fascista
Rusia ha sido definida como un Estado de oligarcas y cleptócratas, pero esta etiqueta se le ha quedado pequeña. Desde que llegó al poder en el 2000, Putin ha recrudecido su discurso sobre Ucrania y Occidente hasta culminar en la invasión actual. La élite rusa, incluido Putin, ha pasado de tachar de nazi al Gobierno y a parte de la sociedad ucraniana a reducir al país a un mero títere en manos de un Occidente con tintes satánicos. En actos oficiales y en declaraciones de altos miembros del Gobierno ruso se ha llegado a definir la agresión a Ucrania en términos de “guerra santa”.
Estas muestras de odio, sumadas a la agresión militar, han puesto encima de la mesa un debate sobre el carácter fascista de Rusia. Este ha dado pie a que se difunda el concepto “ruscismo” para hablar de este supuesto fascismo con características rusas. Si bien ha evolucionado con el tiempo, el término ya fue utilizado durante la primera guerra de Chechenia en 1995 y la intervención de Georgia en 2008. En principio, el “ruscismo” es utilizado hoy sobre todo por los ucranianos para evocar la tendencia imperialista de Putin a controlar su vecindario, degradando e incluso invadiendo a sus países vecinos.
Rusia se caracteriza hoy por el expansionismo, la supresión de opositores y de la libertad de prensa, la manipulación del pasado histórico o la propaganda belicista, como el lema ‘por un mundo sin nazismo’, origen del símbolo Z. También por un discurso de carácter genocida contra los ucranianos. La agencia estatal RIA Novosti, por ejemplo, publicó en abril de 2022 un artículo que proponía reeducar y mandar a trabajos forzados a los ucranianos o incluso sentenciarlos a penas de cárcel o muerte. Por estas razones, Rusia es vista y combatida por Ucrania, junto con aliados como Polonia, como un Estado fascista.
Por qué Rusia no es un Estado fascista
Sin embargo, que Rusia tenga ciertas similitudes con un Estado fascista no significa que lo sea. El régimen de Putin no es fascista ni en la teoría ni en la práctica. En el plano teórico, uno de los elementos clave de la ideología fascista es su carácter revolucionario. El fascismo italiano o el nazismo tenían como objetivos subvertir el sistema establecido e instaurar uno nuevo. Los fascistas quieren el poder porque creen que su nación está en decadencia y tiene que arder para después ser refundada. Esta ideología no está en el Gobierno ruso, más cercano a un autoritarismo ultraconservador. Putin tampoco llegó al poder con un discurso revolucionario, sino para apuntalar el orden establecido. Y Rusia se presenta a sí misma como el baluarte de la tradición y de la moral judeocristiana, ambas denostadas por el fascismo.
A un nivel más terrenal también hay argumentos que refutan la idea del fascismo ruso. El fascismo es un movimiento social que busca llegar al poder, ya sea a través de la violencia o por la vía democrática. Por el contrario, Putin llegó desde las entrañas del aparato político ruso, sin un movimiento social que lo alzara. Una vez en el poder, el régimen fascista persigue el renacer nacional y la expansión territorial, y depura los elementos que identifica perjudiciales para ese fin. Pero no toda la élite política rusa secundó la invasión de Ucrania, por ejemplo, y todo apunta a que muchos de los que sí la apoyaron solo buscan sobrevivir política y económicamente.
El argumento de mayor peso para no calificar a Rusia como régimen fascista es la relación entre el Gobierno y la sociedad. El Estado fascista, personificado en un líder carismático, busca fundirse con la sociedad a través de ceremonias civiles, mítines y baños de masas. El régimen fascista fomenta la integración de sus ciudadanos en organizaciones deportivas o culturales, sindicatos, asociaciones juveniles y femeninas… Es un Estado corporativo que se involucra en todas las manifestaciones sociales de los ciudadanos. Sus miembros jóvenes, ideologizados, matarán y morirán por su país cuando llegue el momento.
Casi nada de esto ocurre en Rusia. Putin no es un líder demasiado carismático ni que busque el cariño del pueblo. Su Gobierno ha fomentado la apatía de los ciudadanos, que asocian la política a un mundo burocrático y de difícil acceso. Putin solo se interesa por ellos cuando ha necesitado justificar la invasión. Además, los que más apoyan la guerra en Ucrania son los mayores de 45 años, mientras que muchos jóvenes han huido del país. En los mítines tampoco faltan los empleados públicos que afirman ir obligados o los montajes que falsean vítores.
Llamar fascista a Rusia blanquea a la extrema derecha
Tratar a Rusia de fascista es legítimo hasta cierto punto. Al fin y al cabo, esta palabra ha sido en gran parte vaciada de contenido y se utiliza con frecuencia como arma arrojadiza para designar a la extrema derecha e incluso a la derecha conservadora. De igual manera, Ucrania reafirma su superioridad moral en la guerra y su unidad frente al enemigo al identificar a su agresor con el fascismo. No obstante, el Gobierno ruso no es de ideología fascista ni el Estado opera como tal.
El argumento puede ser incluso un arma de doble filo: asociar cualquier cosa al fascismo tiende a blanquear a todo lo que se oponga a este. Hoy Gobiernos y partidos de extrema derecha nacionalconservadores como Ley y Justicia en Polonia o Vox en España intentan erigirse como garantes de naciones amenazadas por el supuesto fascismo ruso. Pero en el fondo comparten el autoritarismo político y los valores ultraconservadores con el Kremlin. Esto crea paradojas como altos cargos de Vox compartiendo las afirmaciones de Timothy Snyder, o al Gobierno polaco acusando a Rusia de prácticas nazis. Así, el ultraconservadurismo europeo se escuda tras un falso antifascismo gracias a la falta de rigor con las palabras.