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Polonia mandaría sus tanques Leopard 2 a Ucrania aun sin permiso de Alemania. Fue la advertencia del primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, el pasado 19 de enero. Con sus palabras, Polonia dejaba claro que el consentimiento era “secundario” y que estaba dispuesta a saltarse la legalidad, ya que el traslado de los blindados alemanes requería la autorización de Berlín. Su amenaza surtió efecto. Cinco días más tarde, el Gobierno germano cedió a las presiones y autorizó el envío de los Leopard 2 a Ucrania.
El éxito del órdago polaco demostró que algo está cambiando en Europa. Con el eje franco-alemán dividido y debilitado, Polonia ha irrumpido como alternativa a su liderazgo. Su respaldo a Ucrania en la guerra le ha permitido limar asperezas con Bruselas y reforzar su alianza con Estados Unidos, para quien Varsovia ahora es un socio prioritario en la OTAN. Pero los polacos quieren ir más allá: su objetivo es convertirse en la potencia militar europea de la próxima década y consolidarse como el nuevo poder del continente.
El nuevo contrapeso del eje franco-alemán
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