La guerra iniciada por Israel y Estados Unidos ha dejado una lección clara para el ala dura del régimen iraní: las armas de destrucción masiva son su única garantía de supervivencia. Esa convicción se está extendiendo a Polonia, Corea del Sur o Arabia Saudí, que también conviven con vecinos nucleares o que pretenden serlo. Sin embargo, los costes de desarrollar la bomba atómica —desde sanciones económicas hasta ataques preventivos— aún son demasiado altos, por lo que no darán el paso definitivo a corto plazo.
En su lugar, estos Estados están poniendo en marcha dos estrategias paralelas para disuadir una posible agresión: programas de enriquecimiento de uranio y el despliegue de armamento estratégico convencional. A largo plazo, implementar ambas podría acercar a Seúl o Riad al umbral nuclear sin desatar represalias internacionales inmediatas, pero también aumentar la inestabilidad regional y dar pie a nuevos conflictos.
Hacia una escalada nuclear atípica
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