En el año 750, un viajero podía cruzar del sur de la península ibérica hasta el valle del Indo sin salir del califato omeya. Eran once millones de kilómetros cuadrados bajo un único gobierno, más del doble de lo que llegó a controlar el Imperio romano en su máxima extensión. El califa era un gobernante musulmán considerado sucesor de Mahoma que tenía autoridad política y religiosa, y los omeyas fueron la primera gran dinastía del islam. En apenas 120 años, un movimiento religioso nacido en Arabia se convirtió en uno de los imperios más grandes de la historia: llegó a tener frontera con el Imperio bizantino, que aunque debilitado seguía controlando Anatolia y parte de los Balcanes, y con el de la dinastía Tang en China.

De Mahoma a la primera fractura del islam
La historia de los omeyas empezó con la sucesión de Mahoma, el fundador del islam. Hacia el año 610, Mahoma comenzó a predicar en La Meca un mensaje que, recogido después en el Corán, dio origen a esta religión. Mahoma murió en el 632 sin haber dejado un sucesor, y esa pregunta sería la raíz de la primera gran división del islam. Una parte de la comunidad defendía que el liderazgo debía quedarse en la familia de Mahoma, empezando por su primo y yerno, Alí. Sin embargo, por su liderazgo y cercanía con el profeta resultó elegido Abu Bakr, su suegro y compañero, considerado el primer califa del islam.
Bajo Abu Bakr y su sucesor, Umar, el islam siguió expandiéndose. Los ejércitos árabes conquistaron en pocos años Irak, Siria, Palestina y Egipto, territorios de los dos grandes imperios de la región: el persa y el bizantino. Ambos imperios estaban agotados por décadas de guerras entre sí, a las que se sumaban rivalidades internas, problemas fiscales y territorios fronterizos con defensas debilitadas.
La tensión escaló con el asesinato del tercer califa, Uthmán, acusado de favorecer a su clan, los omeyas. Entonces se produjo la primera guerra civil del islam (656-661) por la disputa por su sucesión, entre Alí, primo y yerno de Mahoma, y Muawiya, gobernador de Siria y pariente de Uthman. Alí fue asesinado y el poder pasó a Muawiya, fundador de la dinastía omeya. De este conflicto surgió el proceso que, durante las décadas siguientes, acabaría cristalizando en la división entre las tradiciones suní y chií.
El califato omeya de Damasco
En 661 Muawiya se convirtió en califa y estableció en Damasco el centro del poder del califato omeya. Esta decisión conllevaría pasar de una comunidad tribal a un imperio con capital urbana, ejército y una administración heredada en buena parte de los territorios bizantinos y persas que habían conquistado.
El califato se organizaba en grandes provincias o wilayas —como Egipto, Al Ándalus, Jorasán o Iraq—, gobernadas por un valí nombrado desde Damasco, del que dependían la recaudación de impuestos y el mando militar de la región. Muawiya, además, dejó de presentarse solo como sucesor del profeta y empezó a llamarse khalifat Allah (‘lugarteniente de Dios’), reforzando su autoridad con un lenguaje más imperial.
En materia religiosa, el califato omeya practicó una tolerancia condicionada. Los cristianos, judíos y otras comunidades podían conservar su fe, pero pagaban el impuesto especial de la yizia. Allí llega la primera moneda islámica de la historia. Después de usar e ir adaptando las monedas bizantinas y sasánidas, el califato omeya pasó a promover el dinar de oro y el dirham de plata desde finales del siglo VII. En lugar de retratos de emperadores, la cruz bizantina o el altar de fuego persa, estas llevaban versículos del corán.
El califato omeya se fortaleció a nivel económico controlando tramos enteros de la Ruta de la Seda, que dinamizó el comercio de todo el imperio y conectó a Damasco con las caravanas que llegaban desde Asia Central. La expansión facilitó la conexión de redes comerciales que comunicaban el Mediterráneo, Oriente Próximo, Asia Central y el océano Índico. Algunos historiadores han usado el concepto de pax islamica para describir las condiciones de seguridad y circulación que favorecieron parte de este intercambio.
La dinastía omeya ganó presencia hacia el este, por Jorasán, Transoxiana, Sistán y Sind, territorios en los actuales Irán, Afganistán, Uzbekistán, Tayikistán y Pakistán. Hacia el oeste en África incorporaron el Magreb, una zona habitada en gran parte por pueblos amazig. Fue una conquista prolongada y con rebeliones; los amazig podían ser aliados, soldados, gobernantes y adversarios de los árabes.
Con todo, el gran rival del califato omeya seguía siendo el Imperio bizantino. Constantinopla, protegida por murallas, mar y una flota poderosa, resistió varios asedios omeyas, el más ambicioso en 717-718, pero las líneas de suministro, el invierno y el “fuego griego” acabaron con el intento. El fracaso del asedio de 717-718 golpeó las ambiciones omeyas en el Mediterráneo oriental y limitó su capacidad para amenazar a Constantinopla, aunque no encerró al califato, que siguió siendo una potencia mediterránea, africana y asiática. Pese a la rivalidad, en 688 omeyas y bizantinos llegaron a repartirse los tributos de Chipre.
En el otro extremo, un ejército de mayoría amazig cruzó el estrecho de Gibraltar en 711, derrotó al rey visigodo Rodrigo y en pocos años conquistó casi toda la península ibérica, llamada desde entonces Al Ándalus. Ya en 732, una fuerza musulmana que había penetrado en la Galia fue derrotada por las tropas francas de Carlos Martel en la batalla de Poitiers. El enfrentamiento se convertiría en el fin emblemático de la expansión islámica hacia Europa occidental, aunque las incursiones continuaron durante décadas.
El final de Damasco y el renacer en Córdoba
Entre el 744 y el 750, el califato omeya se hundió en una nueva guerra civil, agravada por revueltas en el norte de África y en Asia Central. De ese caos y de una creciente alianza política y militar surgió la revolución abasí, que derrotó al último califa omeya, Marwán II, y fundó una nueva dinastía, con capital en la recién fundada Bagdad. Pero la familia Omeya no desapareció del todo: uno de sus miembros, Abderramán, escapó, cruzó el norte de África y desembarcó en Al Ándalus. Allí, en el 756, fundó un emirato propio, independiente de Bagdad. La dinastía derrocada en Oriente revivía en Occidente.
Durante casi dos siglos, los emires de Córdoba ampliaron su poder, hasta que en el año 929 Abderramán III se proclamó califa, dando comienzo al califato de Córdoba, la etapa de mayor esplendor político y cultural de Al Ándalus. El califato cordobés mantuvo relaciones de guerra, alianza, comercio y diplomacia con los reinos cristianos del norte y con otros poderes del Mediterráneo. Sobrevivió hasta 1031, cuando la guerra civil lo desintegró en numerosos reinos de taifas.
Con todo, el califato omeya dejó su legado en el de Córdoba y en el mundo islámico medieval. Los omeyas consolidaron un modelo imperial centralizado, con Damasco como capital, una administración provincial, una fiscalidad organizada y una mayor arabización de la administración y de la moneda. Además, al conectar el Mediterráneo, el norte de África y Oriente, el mundo islámico medieval contribuyó a la circulación del conocimiento griego, que pasó al árabe y más tarde al latín a través de centros como Toledo.
España, además, tiene su yacimiento arqueológico más grande en Medina Azahara, y la mezquita de Córdoba, construida bajo el emirato independiente, como el monumento más importante del Occidente islámico. El castellano también tiene miles de arabismos incorporados, como “aceite”, “almohada”, “alcalde” u “ojalá”. De ese modo, el califato omeya no solo consolidó la primera gran expansión del islam, sino también el origen de una herencia decisiva en la lengua, la organización política, la arquitectura y la transmisión del saber hacia Europa.



