Durante décadas, el cine de ciencia ficción nos enseñó a reconocer el futuro por sus máquinas. Ciudades automatizadas, robots haciendo el trabajo humano, coches autónomos u ordenadores capaces de pensar. Cambiaban los decorados y también el grado de optimismo —a veces aquello era una utopía y otras una pesadilla—, pero casi siempre había algo en común: el futuro era un lugar plagado de tecnología.
Detrás de esa imagen hay una idea bastante arraigada en nuestro imaginario colectivo: que avanzar tecnológicamente es también avanzar como sociedad. El tecnoptimismo lleva esa premisa un paso más allá. La innovación deja de ser una herramienta para alcanzar determinados objetivos y empieza a convertirse en un objetivo en sí mismo: innovar más, hacerlo más rápido y no quedarse atrás.
Marc Andreessen es uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley. Su relación con la tecnología viene de lejos: con apenas veintidós años fue uno de los creadores de Mosaic, el navegador que ayudó a llevar internet al gran público, y poco después cofundó Netscape, una de las compañías emblemáticas de la primera revolución de la web. En 2023 dejó de ser un simple inversor para convertirse en un predicador: publicó su Techno-Optimist Manifesto. No era precisamente un texto tímido. “Nuestra civilización se construyó sobre la tecnología”, proclamaba. La tecnología es “la punta de lanza del progreso” y los mercados y la innovación forman un círculo virtuoso capaz de conducirnos hacia una sociedad de abundancia.
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