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Los logros de Trump

Los logros de Trump
Fuente: Casa Blanca

Dos años después de la victoria electoral de Donald Trump, el vaticinado colapso no ha llegado. La economía del país crece a buen ritmo mientras el desempleo está en mínimos históricos. De cara al mundo, la peculiar lógica del mandatario ha cosechado también algunos éxitos para la geopolítica estadounidense. Todo ello le ha permitido mantener unas cuotas de apoyo sustanciales, a costa de polarizar políticamente el país.

La llegada de Trump a la Casa Blanca fue concebida por políticos, analistas y ciudadanos como un apocalipsis sin precedentes en la primera potencia mundial. El giro de timón que se preveía iba a ser tal que trastocaría de forma irreversible multitud de aspectos dentro y fuera del país. Dos años después, es evidente que se han producido cambios importantes en la política de Washington —algunos contraproducentes para los intereses de Estados Unidos—, entre los cuales Trump atesora éxitos en materia interior y exterior.

El mandato del neoyorquino es atípico. Más allá de ser un presidente odiado y con baja popularidad, el actual inquilino de la Casa Blanca es polarizador: una buena parte del electorado lo rechaza mientras otro importante sector lo respalda incondicionalmente. En el medio quedan cada vez menos en un fuego cruzado que ha obligado a prácticamente toda la sociedad a posicionarse. El gran enigma, al menos en apariencia, no es conocer por qué se lo rechaza, sino los porqués de los apoyos. Además de su estilo irreverente y anti-establishment, la economía y las cuestiones internacionales han alimentado su contador de éxitos. A esto se añade un detalle a menudo obviado: Trump ha cumplido algunas de las promesas claves que desarrolló durante la campaña, lo cual ha reforzado su imagen como gestor.

Hombre de negocios al timón

En el aspecto económico, los indicadores principales han llevado una buena tendencia. El país ya crece a más del 4% —cuando llegó a la presidencia era el 1,8%—, el desempleo ha continuado a la baja y el índice bursátil del Dow Jones Industrial ha llegado a crecer un 24% en lo que va de mandato, hasta alcanzar máximos históricos. Aunque esto puede achacarse en parte a la tendencia que dejó Obama a su salida de la Casa Blanca, durante la presidencia de Trump no ha habido disrupciones importantes y ha sabido aprovechar la ola. En esta línea, la guerra comercial que ha empezado con China, en una maniobra proteccionista de la economía estadounidense —y con una balanza comercial tan deficitaria estructuralmente como preocupante—, también le ha servido para mantener el apoyo de aquellos sectores descontentos y perjudicados con los procesos de deslocalización de la industria estadounidense, que durante las décadas pasadas marcharon al sudeste asiático o incluso a México.

La cuestión de la guerra comercial ha sido ampliamente analizada por las posibles repercusiones que podría tener en la economía estadounidense, especialmente en el abastecimiento de materias primas, bienes intermedios y bienes de consumo de tipo tecnológico. Para incentivar la competitividad de las grandes empresas estadounidenses y a su vez la contratación, la reforma fiscal de Trump reducía el tipo del impuesto a las ganancias empresariales del 35% al 21% —aunque el presidente pretendía rebajarlo al 15%—. También se ha reformado el porcentaje que pagar por la repatriación de capitales en un intento por atraer inversión a Estados Unidos de sus multinacionales. Aunque las grandes empresas del país hayan sido las grandes beneficiadas de esta reforma, todos los implicados en su aprobación obtienen rédito de cara a sus respectivos públicos: los republicanos, en su planteamiento del libre mercado y de facilitar la labor y competitividad de las empresas, y el presidente, como una reforma integral de la economía estadounidense que le devuelva el potencial económico perdido frente a países como China.

Promesas cumplidas, ego satisfecho

De cara al exterior, la lista de éxitos es considerable, aunque habrá que hacer un matiz sobre la forma de conseguirlos. Quizá el más conocido o de mayor impacto mediático haya sido el acuerdo con Corea del Norte. Aunque de este encuentro quien más rédito obtuvo fue Kim Jong Un, Trump ha quedado como un presidente capaz de deshacer un entuerto que por momentos estaba más cerca de la guerra nuclear que de la distensión. Pionyang se comprometió a paralizar su programa nuclear a cambio de ciertas garantías estadounidenses, a pesar de que posteriormente se haya evidenciado que Corea del Norte ha seguido con su programa como si nada hubiese pasado.

Para ampliar: “Un acuerdo nuclear que depende de la voluntad de Kim Jong-un”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

En la región asiática, concretamente China, Trump también parece haber conseguido avances sustanciales —aunque asumiendo riesgos importantes—. Dado que Pekín es actualmente un rival comercial y geopolítico de primer nivel —gracias, en gran medida, a una competencia desleal y a no permitir inversiones extranjeras con la reciprocidad con la que invierte fuera—, Estados Unidos pretende doblegar al Imperio del Medio y hacer que juegue con las mismas reglas. No cabe duda de que los aranceles a los productos chinos exportados hacia Estados Unidos están suponiendo un serio contratiempo para los productores asiáticos. Aunque todavía no está claro el balance final con el que se va a saldar este pulso comercial —puede salir escaldada China, Estados Unidos o los dos—, resulta evidente que la potencia asiática no se encuentra cómoda en esta situación y puede llegar a plantearse ceder a ciertos aspectos que reclama Estados Unidos para aligerar la confrontación comercial.

Precisamente los acuerdos comerciales han sido uno de los caballos de batalla de Trump. Prometió en campaña que Estados Unidos saldría del Tratado Transpacífico (TPP en inglés) y cumplió —aunque la idoneidad de la medida sea cuestionable al ceder amplias cuotas de poder económico en la región a China—. Prometió también que el país se saldría del tratado norteamericano de libre comercio si no se renegociaba a su favor y eso ha conseguido —de hecho, ha quedado al frente de la nueva denominación (Acuerdo EE. UU.-México-Canadá o USMCA por sus siglas en inglés), al igual que México en su traducción al español, T-MEC (Tratado México-EE. UU.-Canadá)—.

El TLCAN —ahora T-MEC— es un acuerdo de enorme importancia para Estados Unidos. Canadá y México son, respectivamente, el primer y segundo destino de sus exportaciones y el segundo y tercer proveedores de sus importaciones.

Ha llegado el hombre fuerte

Si por algo se ha caracterizado la acción exterior de Trump es por utilizar de forma contundente y coercitiva su brazo económico. Con la excepción de Siria, Estados Unidos no se ha caracterizado por una mayor presión por la vía militar. Otro de los países que ha vivido este giro en el proceder estadounidense ha sido Turquía. La detención del pastor evangelista Andrew Brunson pudo verse como una previsible moneda de cambio por la del islamista Gülen, con residencia en Pensilvania, pero lo único que consiguió fue una batería de sanciones y aranceles estadounidenses que dañaron la economía turca de forma considerable. El resultado: el pastor acabó siendo liberado sin ninguna contrapartida estadounidense.

Para ampliar: “Nadie quiere una crisis en Turquía”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial, 2018

La paradoja con Turquía residía en que se supone que es un aliado estratégico de Estados Unidos y acciones tan hostiles, aunque fuesen en el plano económico, solo empeoraban esa relación. Sin embargo, acabó demostrándose que Trump no tenía demasiados reparos en apretar a sus aliados si con ello satisfacía sus propósitos personales o los intereses específicos de Estados Unidos. Sus socios de la OTAN lo comprobaron cuando el mandatario estadounidense expresó su malestar —y, con ello, la viabilidad de la organización— por la excesiva carga económica que soporta Washington frente a los miembros europeos. Muchos de ellos, como Alemania, España o Francia, se comprometieron rápidamente a elevar su gasto en defensa para alcanzar el compromiso del 2% del PIB.

Hasta en Oriente Próximo ha desplegado su estrategia. Su electorado simpatiza abiertamente con Israel, ya sea por afinidad religiosa, por ser la única democracia —imperfecta— de la región o por operar como freno al terrorismo islamista, y el mandatario no ha dudado en reforzar esos valores, aun a costa de desequilibrar la balanza de la región en favor de los israelíes. Así, la reanudación de las sanciones a Irán, el traslado de la embajada a Jerusalén o la retirada de fondos a la Agencia para los Refugiados de Palestina responden en parte a este renovado apoyo a Israel.

Para ampliar: “Estados Unidos en el corazón del golfo pérsico”, David Hernández en El Orden Mundial, 2018

Una estrategia arriesgada

Todas estas maniobras tienen un sentido peligroso en muchos aspectos. La lógica por la que funciona Trump en materia exterior es la realpolitik más clásica: lo que Estados Unidos gana es porque lo pierde la otra parte. No hay puntos intermedios. Para llegar a ese resultado, el proceso es una escalada constante de Estados Unidos para forzar al adversario a plegarse y aceptar sus condiciones; se ha visto con Corea del Norte, China y Turquía. El mayor problema de esta estrategia es que, si la otra parte no cede, Estados Unidos se vería obligado a llevar a cabo alguna acción de enorme agresividad o rebajar el tono. Si continúa la escalada, puede llegar a una situación totalmente indeseable —como un conflicto armado, como se encaminaba la cuestión de Corea del Norte—, y si desescala pierde credibilidad ante futuras maniobras similares al sentar un precedente de debilidad. En definitiva, son dos alternativas cuyos finales son indeseables de una forma u otra.

Esto no quiere decir que el balance general del mandato de Trump sea netamente positivo. En materia internacional puede considerarse por muchos motivos negativo para los intereses de Estados Unidos a largo plazo. Muchos países aliados o tradicionalmente afines desconfían ahora de la actitud y planteamientos de Washington. La salida del Acuerdo de París, la retirada del pacto nuclear con Irán o no continuar en el TPP, entre otras decisiones, han perjudicado la imagen de Estados Unidos como potencia mundial y, sobre todo, la valoración de que pueda seguir siéndolo si continúa actuando así. No todo sirve para “hacer Estados Unidos grande de nuevo”.