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Trump contra la OTAN

Trump contra la OTAN
Fuente: OTAN

Trump se reúne esta semana en Bruselas con sus socios de la OTAN en una cumbre a la que los europeos llegan con gran preocupación por las constantes críticas del presidente a la alianza. Poco después, Trump se reunirá con Putin, con quien, paradójicamente, sí parece llevarse bien.

De todas las cumbres de la OTAN que se han celebrado hasta la fecha —suman cerca de 30, la primera hace más de 60 años—, probablemente esta sea la que más expectación ha generado por el malogrado estado de las relaciones entre Estados Unidos, alma máter de la alianza, y el resto de socios. No hay frase que resuma mejor la situación que la que pronunció su gran protagonista, Donald Trump, en una conversación con la prensa en la Casa Blanca antes de partir hacia Europa, adonde se dirigía a la reunión de la OTAN en Bruselas, de visita al Reino Unido inmediatamente después y finalmente a una cumbre con Putin en Helsinki el próximo lunes. De las tres paradas de su minigira, Trump aseguró que su encuentro con Putin “probablemente sea la más fácil”.

Con Trump conviene hacer de vez en cuando un ejercicio de abstracción y recordar que es el presidente de los Estados Unidos. Que el inquilino de la Casa Blanca se sienta más cómodo con el presidente de Rusia que reunido con la OTAN —la alianza militar que los estadounidenses impulsaron para contrarrestar a los rusos en Europa— o de visita en el Reino Unido —el más fiel aliado de EE. UU. en el último siglo— no solo habla de Trump como personaje, sino sobre todo de la decadencia del vínculo transatlántico y de la crisis general que vive Occidente.

Sin duda, quienes más preocupados estaban de cara a la cumbre de la OTAN eran el resto de los socios, que no sabían qué esperar de Trump, conocido por su impetuosa impredecibilidad. El estadounidense no ha dejado de insistir en la necesidad de que todos los socios aumenten su presupuesto de defensa al 2% del PIB —un compromiso que adquirieron en 2014 a diez años vista—; sus constantes críticas a la organización, de la que llegó a decir que estaba “obsoleta”, han hecho preguntarse incluso si Trump pretende abandonar la organización, como ha hecho con otros acuerdos y organizaciones internacionales a los que EE. UU. estaba adherido.

Para ampliar: “El aislamiento de Estados Unidos”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018

Según el último informe de la OTAN, de hace un año, solo seis de los 29 socios de la alianza, incluido EE. UU., llegan a ese 2%, aunque se espera que este año lleguen a ocho. Cabe decir también que esta demanda estadounidense no empieza con Trump: prácticamente desde su fundación, la Administración estadounidense —independientemente de qué partido gobernara e incluyendo a presidentes como Eisenhower, Kennedy o, más recientemente, Obama— ha pedido a los europeos una mayor contribución a una defensa que, al fin y al cabo, es la de su territorio. Es muy significativo que el ciudadano europeo todavía espere mayoritariamente que sea EE. UU., y no las Fuerzas Armadas de su propio país, el que defienda las fronteras europeas ante el hipotético ataque exterior.

Es cierto, pues, que Europa tiene un problema: no está preparada militarmente para defenderse por sí misma. En ese aspecto, la crítica de los estadounidenses no va desencaminada y está calando al otro lado del Atlántico: tras el enésimo comentario desafecto de Trump, Merkel reconoció que Europa ya no puede contar con el paraguas protector de EE. UU. y “debe tomar el destino en sus propias manos”. Los líderes de la UE se han puesto manos a la obra para reforzar la cooperación militar entre sus países.

Pero el elemento disruptivo que explica por qué ahora los europeos sí tienen prisa en desarrollar sus capacidades militares —y hace, por ejemplo, dos años no— es, naturalmente, Trump, un presidente que entiende la diplomacia como una negociación empresarial y que trata mucho mejor a sus enemigos —de quienes necesita conseguir algo— que a sus aliados —que, considera, se han aprovechado de la generosidad de EE. UU.—. Bajo esa lógica transaccional, Trump entiende la presencia estadounidense en la OTAN como una carta que puede jugar en su pulso con la UE y, consciente de que Europa depende militarmente de Washington, pretende chantajear a los europeos para que no respondan a los aranceles que ha impuesto a sus productos. Y ya no se conforma con ese aumento del 2%, sino que exige el 4%, un porcentaje al que ni siquiera EE. UU. llega y que es absolutamente inasumible para el resto de socios.

En este contexto, la visita de Trump a Putin no hace más que añadir temor en las capitales europeas. Las relaciones entre Bruselas y Moscú están en un momento muy bajo desde el estallido del conflicto en Ucrania y la anexión rusa de Crimea en 2014, razón que motivó también la expulsión de Rusia del G8, desde entonces renombrado G7. Reconocido admirador del líder ruso, Trump abogó hace un mes por volver a invitar a Rusia a la mesa en la última reunión de este foro, en Canadá; en aquella desastrosa ocasión, se escenificó nuevamente el ensanchamiento de la grieta entre EE. UU. y el resto de Occidente.

Para ampliar: “Un nuevo brindis entre líderes históricos”, Meng Jin Chen en El Orden Mundial, 2018

Al igual que en su histórica reunión con Kim Jong-un, para Trump lo más importante de su encuentro con Putin es la foto. Por el contrario, Putin sabe que tiene mucho que ganar: cualquier gesto de cercanía a Rusia por parte de Trump o de desafección con los aliados con los que viene de reunirse sería una victoria para Putin. Trump podría querer invitarlo personalmente a reingresar en el G8, abrir la puerta al reconocimiento estadounidense de Crimea como territorio ruso —algo que Trump ya ha dejado entrever— o, presa de su lógica transaccional, acordar con Putin un compromiso no vinculante de que los rusos colaborarán en la presión a Corea del Norte o a limitar la presencia de Irán en Siria a cambio de que EE. UU. se olvide de la cuestión ucraniana. En otras palabras, dar mucho a cambio de nada.

Putin también juega a las apariencias y, reunido con Trump, sabe que la imagen inexperimentada y torpe del mandatario estadounidense reforzaría el aura de gran estadista de Putin solo por comparación. Por su parte, los líderes europeos ya deben de estar calculando cómo encajar las exigencias de Trump y avanzar en la cooperación militar europea —inmersos, además, como están en una profunda crisis política a cuenta de la inmigración— mientras esperan nerviosos las noticias que lleguen el lunes desde Helsinki. Trump ha venido de visita a Europa; ¿qué podría salir mal?