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Parece que esté ya muy lejos, pero no han pasado tantos meses desde aquella tensión verbal entre Donald Trump y Kim Jong-un que hacía al mundo temer una guerra nuclear. A principios de año, los dos dirigentes ya se habían insultado públicamente y amenazaban con accionar sus botones nucleares.
Sin embargo, si todo marcha según lo previsto, en menos de una semana “el viejo chocho” y “el hombre misil” —usando apelativos que se dedicaron uno a otro— se sentarán a negociar en un hotel de Singapur. Y conviene insistir en que será si todo marcha según lo previsto, porque en el momento de escribir este artículo todavía no me atrevo a asegurar con certeza que la tan anunciada cumbre se vaya a celebrar.
La rocambolesca sucesión de acontecimientos que a lo largo de las pasadas semanas ha precipitado el encuentro aconseja prudencia: el reacercamiento de las dos Coreas, escenificado en los Juegos Olímpicos y en la cumbre bilateral del 27 de abril; el anuncio norcoreano de su intención de sentarse a negociar con EE. UU. a principios de marzo, respondido favorablemente por Trump; la repentina decisión de Trump de cancelar la cumbre dos meses después, y la todavía más repentina reanudación de los planes para celebrarla.
Para ampliar: “Convergencia intercoreana en el paralelo 38”, Andrea G. Rodríguez en El Orden Mundial, 2018
Por si fuera poco, se trata de dos personalidades impulsivas, ególatras y conscientes de la atención que van a atraer con su encuentro. No en vano, esta es ya —incluso antes de celebrarse— una reunión histórica: se trata de la primera ocasión en que un dirigente norcoreano y un presidente estadounidense van a encontrarse cara a cara. Lo cierto es que solo con dos liderazgos semejantes podría haberse orquestado una cita así, de tan alto nivel, tan crucial, tan poco meditada, y generar tantas expectativas y tanta incertidumbre sobre el posible resultado.
Lo que cabe preguntarse, a la vista del poco tiempo en que se ha pasado de la amenaza de guerra a la histórica...
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