Corren tiempos convulsos en Europa. Aunque ya se viene advirtiendo desde hace tiempo de que la Unión padece una crisis existencial, la fractura en el continente rara vez había sido tan visible como en las últimas semanas. La deriva del buque Aquarius en aguas del Mediterráneo ante el rechazo del nuevo Gobierno italiano a abrir sus puertos ha sido la gota que ha colmado el vaso. Pese a la inmediata reacción de solidaridad del nuevo Gobierno español para evitar un desastre humanitario, a nadie se le escapa que el modelo migratorio europeo está contra las cuerdas. Tanto es así que el clima político que hoy se respira en Europa es casi peor que en los momentos más difíciles de la crisis de refugiados de 2015. Alemania no ha sido una excepción a esta dinámica. Y ello pese a que la cifra total de llegadas de inmigrantes y refugiados no ha dejado de bajar a lo largo del último año y los índices de criminalidad del país —aunque Trump tuitease lo contrario— han alcanzado su mínimo histórico de los últimos 25 años.
Para ampliar: “El mito del efecto llamada”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2018
En este contexto, los próximos días 28 y 29 de junio tendrá lugar una cumbre del Consejo Europeo en la que la política migratoria promete ser el tema central. El objetivo será tratar de limar asperezas entre los Estados miembros más afectados por la crisis migratoria y buscar soluciones comunes a los desafíos de la Unión que ni la Agenda Europea de Migración ni el sistema de cuotas de Dublín han logrado resolver. Sin embargo, aunque la cumbre se celebrará en Bruselas, muchos de sus participantes jugarán el partido en casa. El Gobierno alemán será uno de ellos. Tres años después de la puesta en marcha de la “cultura de la bienvenida” de Angela Merkel, la cuarta legislatura de la canciller alemana ha arrancado con una inusitada fragilidad interna pese al acuerdo alcanzado in extremis para repetir el Gobierno de coalición con los socialdemócratas. Con una Alternativa para Alemania al alza en los sondeos, los socios de Merkel en la Unión Social Cristiana (CSU por sus siglas en alemán) comienzan a temer por la hegemonía en su bastión bávaro, región de voto cristiano y conservador situada en primera línea de fuego con la frontera austriaca.
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