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La crisis política y económica de Rohaní

La crisis política y económica de Rohaní
Fuente: Huseín Mir Kamali

El presidente de Irán se enfrenta a una difícil situación. La devaluación del rial, el desempleo y los problemas económicos han producido un profundo descontento. La apertura de Irán a la inversión exterior como resultado del acuerdo nuclear no ha dado los frutos deseados y las sanciones estadounidenses amenazan con retrasar aún más la recuperación. Aunque tiene el apoyo del líder supremo Jameneí, Rohaní tiene que lidiar con un Parlamento que ha retirado la confianza a su equipo económico y con las críticas de la Guardia Revolucionaria.

La República Islámica de Irán se encuentra en un momento delicado. A las amenazas de Donald Trump se les suma el descontento interno, tanto en las regiones periféricas como en las principales ciudades, que han dejado numerosas protestas desde el pasado invierno. Uno de los motivos principales del malestar es la economía. La retirada de EE. UU. del acuerdo nuclear ha ralentizado la inversión exterior y la recuperación económica del país persa, que se enfrenta a un creciente desempleo y el empeoramiento de las condiciones de vida, incluida una devaluación de su divisa, que ha alcanzado mínimos históricos en las últimas semanas. Ya en 2012 tuvo lugar una crisis similar, precedida por la oleada de manifestaciones de 2009 —el Movimiento Verde—. El acercamiento a Occidente que culminó en el acuerdo nuclear debe verse como una estrategia premeditada del líder supremo Jameneí para mejorar la situación política y económica del país, muy deteriorada tras los mandatos de Ahmadineyad.

Si bien la situación del presidente Rohaní ha llegado a ser crítica en los últimos meses, con una oleada de manifestaciones en diciembre de 2017 y una huelga en el bazar en junio de 2018, parece que Jameneí y la Guardia Revolucionaria han cerrado filas en torno al presidente. Al fin y al cabo, se trata del último mandato posible de Rohaní ―la presidencia está limitada a ocho años, hasta 2021 en su caso― y la mayoría de los actores coinciden en que la supervivencia del régimen es más importante que las disputas políticas. Forzar la dimisión de Rohaní no mejoraría la economía iraní, y el presidente ya ha alcanzado compromisos con los teócratas de derechas y dejado de lado sus reformas sociales más ambiciosas. Más allá de una hipotética intervención militar estadounidense, los líderes de la república islámica deben enfrentarse a una serie de desafíos internos, la mayoría de carácter económico.

La situación económica del país persa ha causado una crisis parlamentaria y está dividiendo al equipo de Rohaní. El Parlamento iraní ha exigido al presidente que comparezca y que destituya a su gabinete económico; de momento, el presidente ha relevado de su cargo al gobernador del Banco Central. Si bien la devaluación afecta negativamente a las finanzas del país ―el rial ha perdido dos tercios de su valor desde principios de año―, la situación se ve agravada por la existencia de varias tasas de cambio: una tasa oficial y una mucho más baja en el mercado negro. A la devaluación y la inflación se suman problemas estructurales más difíciles de atajar, como una tasa de desempleo juvenil superior al 28%.

La economía iraní depende enormemente de los ingresos derivados de la exportación de gas y petróleo, que representan unos tres cuartos de los ingresos totales del Estado. Los bajos precios del crudo y las sanciones estadounidenses, que en los últimos meses han disuadido a países como India o Corea del Sur de adquirir petróleo iraní, limitan la capacidad de maniobra del Gobierno de Rohaní, con muchos gastos sociales. Además de la sanidad, la educación y la seguridad social, el Gobierno fija precios y otorga subsidios a numerosas familias ―en la época de Ahmadineyad un 95% de los iraníes llegó a estar registrado en el programa y recibir unos modestos ingresos adicionales―. Los iraníes pagan por la gasolina y electricidad un precio más bajo que el del mercado y la diferencia está subvencionada por el Estado. Los intentos de Rohaní de reformar el sistema de subsidios y sus aumentos del precio de la energía han sido recibidos negativamente por un sector importante de la población, que ha visto su poder adquisitivo mermado.

Además de las empresas estatales, principalmente dedicadas al petróleo, el armamento o la aviación, existe un amplio sector de la economía dominado por los bonyades, fundaciones que representan hasta un quinto del PIB y controlan sectores como las telecomunicaciones o los refrescos. Estas organizaciones, teóricamente caritativas y exentas de impuestos, están controladas por instituciones ligadas al Estado, como la Guardia Revolucionaria, pero operan de forma independiente y sin supervisión gubernamental. Gracias a las privatizaciones del expresidente Ahmadineyad (2005-2013), las fundaciones paraestatales adquirieron numerosas propiedades y activos que quedaron libres de impuestos, lo que mermó aún más la capacidad de recaudación del Estado. Curiosamente, las sanciones de EE. UU. han beneficiado históricamente a los bonyades, que han visto desaparecer a muchos competidores dependientes del capital extranjero.

Algunas de las medidas que podrían mejorar la situación económica iraní, como la racionalización de los subsidios y un aumento de control sobre los bonyades, así como la adopción del Convenio de las Naciones Unidas contra el Crimen Organizado ―que facilitaría las transacciones financieras con el exterior―, cuentan con numerosos opositores tanto en las calles como en el Parlamento, especialmente por parte de la Guardia Revolucionaria, que controla sectores económicos importantes y no ve con buenos ojos una liberalización económica. Mohammad Alí Yafarí, comandante de la guardia, ha exigido al presidente Rohaní medidas “revolucionarias” y urgentes para mejorar la economía persa, aunque no ha detallado cuáles. Por si fuera poco, las sanciones de EE. UU. vuelven a entrar en vigor la próxima semana. Numerosas empresas extranjeras han decidido abandonar Irán y los esfuerzos de Rohaní para mantener la inversión exterior parecen frustrarse. De momento, su principal intervención ha sido arrestar a una treintena de personas bajo cargos de corrupción.

Las protestas se han sucedido en numerosas ciudades de Irán durante los meses de verano. A la huelga del bazar de finales de junio se le suma la de transportistas y granjeros. El descontento es palpable en las calles iraníes. Además de agravios económicos, algunos iraníes se quejan de la creciente falta de libertades en el país. La retransmisión por la televisión de la confesión filmada de Maedeh Hoyabri, una iraní de 18 años que subía fotos y vídeos a Instagram, ha enfurecido a un sector importante de la población juvenil. Por si fuera poco, este verano el país se enfrenta a una crisis energética sin precedentes causada por la sequía, que afecta a la producción hidroeléctrica.

Para mantener la paz interna, Rohaní debe reconducir la economía de su país. La gestión económica fue uno de los grandes temas de su campaña, tanto en 2012 como en 2017. Los resultados de los primeros años de su mandato fueron favorables; logró crecimiento económico y reducción de la inflación. El acuerdo nuclear generó numerosas expectativas: se esperaba que la inversión exterior crease empleos de calidad y mejorase las finanzas iraníes, en una situación precaria desde los mandatos de Ahmadineyad; sin embargo, las mejoras no terminan de llegar y a muchos iraníes se les acaba la paciencia.

Una alternativa para mantener la paz interna sería reducir la inversión en aventuras exteriores. Irán tiene una presencia muy activa tanto en Líbano y Siria, donde apoya a Hezbolá y al Gobierno de Bashar al Asad —respectivamente—, así como en Irak, donde presta apoyo logístico y adiestramiento a algunas milicias chiíes. Muchos de los manifestantes del pasado invierno criticaban que el régimen iraní gastase millones en Siria y Líbano mientras no solucionaba los problemas económicos internos. No obstante, los altos cargos iraníes mantienen su intención de permanecer en Siria, ya que una retirada sería percibida como una derrota ante Israel y Arabia Saudí. El tiempo dirá si las ambiciones exteriores de Irán son sostenibles en un ambiente de dificultades económicas, sanciones estadounidenses y descontento interno.

Para ampliar: “Siria, un campo de batalla entre Israel e Irán”, Álvaro Conde en El Orden Mundial, 2018