La República Islámica de Irán se encuentra en un momento delicado. A las amenazas de Donald Trump se les suma el descontento interno, tanto en las regiones periféricas como en las principales ciudades, que han dejado numerosas protestas desde el pasado invierno. Uno de los motivos principales del malestar es la economía. La retirada de EE. UU. del acuerdo nuclear ha ralentizado la inversión exterior y la recuperación económica del país persa, que se enfrenta a un creciente desempleo y el empeoramiento de las condiciones de vida, incluida una devaluación de su divisa, que ha alcanzado mínimos históricos en las últimas semanas. Ya en 2012 tuvo lugar una crisis similar, precedida por la oleada de manifestaciones de 2009 —el Movimiento Verde—. El acercamiento a Occidente que culminó en el acuerdo nuclear debe verse como una estrategia premeditada del líder supremo Jameneí para mejorar la situación política y económica del país, muy deteriorada tras los mandatos de Ahmadineyad.
Si bien la situación del presidente Rohaní ha llegado a ser crítica en los últimos meses, con una oleada de manifestaciones en diciembre de 2017 y una huelga en el bazar en junio de 2018, parece que Jameneí y la Guardia Revolucionaria han cerrado filas en torno al presidente. Al fin y al cabo, se trata del último mandato posible de Rohaní ―la presidencia está limitada a ocho años, hasta 2021 en su caso― y la mayoría de los actores coinciden en que la supervivencia del régimen es más importante que las disputas políticas. Forzar la dimisión de Rohaní no mejoraría la economía iraní, y el presidente ya ha alcanzado compromisos con los teócratas de derechas y dejado de lado sus reformas sociales más ambiciosas. Más allá de una hipotética intervención militar estadounidense, los líderes de la república islámica deben enfrentarse a una serie de desafíos internos, la mayoría de carácter económico.
La situación económica del país persa ha causado una crisis parlamentaria y está dividiendo al equipo de Rohaní. El Parlamento iraní ha exigido al presidente que comparezca y que destituya a su gabinete económico; de momento, el presidente ha relevado de su cargo al gobernador del Banco Central. Si bien la devaluación afecta negativamente a las finanzas del país ―el rial ha perdido dos tercios de su valor desde principios de año―, la situación se ve agravada por la existencia de varias tasas de cambio: una tasa oficial y una mucho más baja en el mercado negro. A la devaluación y la inflación se suman problemas estructurales más difíciles de atajar, como una tasa de desempleo juvenil superior al 28%.
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