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Todas las miradas estaban puestas en Donald Trump, quien, de manera totalmente inesperada, había conseguido avanzar el proceso de paz en la península coreana. Algunos, incluso, como el caso del presidente surcoreano Moon Jae-in, pedían el Nobel de la Paz para el presidente norteamericano. No obstante, parece que el otoño va a llegar con una oleada de promesas rotas en vez de avances reales.
Lo cierto es que este desenlace no ha sido tan inesperado como muchos piensan. Es el reflejo de la complejidad del asunto y de cómo en la política internacional la realpolitik sigue teniendo un lugar privilegiado. Gracias a su programa nuclear, Corea del Norte ha logrado crear suficiente tensión como para sentarse cara a cara con el jefe de EE. UU. en condiciones de igualdad, no para pedir ayuda humanitaria, sino con algo que ofrecer y llegar a un punto que la comunidad internacional pide a gritos: parar la proliferación de armas de destrucción masiva.
Pionyang tiene un historial cargado de compromisos rotos. Comienza con la Declaración conjunta de 1992, en la que las dos Coreas accedían a no desarrollar tecnología nuclear para fines no pacíficos, pero en 2006 Pionyang revelaba estar en posesión de dichas armas. No hay que olvidar, además, que una declaración es una exposición de intenciones por escrito y que no es un documento legalmente vinculante. No es un tratado. No exige, acuerda de buena fe.
Los movimientos en la esfera diplomática de los últimos meses también daban por sentado la firma de un tratado de paz que terminara con el armisticio de 1953 entre las dos Coreas. Para que ello pudiese llevarse a cabo necesitaría la aprobación de dos tercios del Senado estadounidense, de mayoría republicana tradicionalmente escéptica de los acercamientos a Pionyang. Esto se debe a que el armisticio fue firmado por las NN.UU., abanderada por Estados Unidos, China y Corea del Norte pero no Corea del Sur. Técnicamente Estados Unidos sigue en guerra con Corea del Norte y para que hubiera ...
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