Tambores de guerra comercial

Desde hace varios años se viene hablando de la posibilidad inminente de una guerra comercial entre China y Estados Unidos. Este proceso parece haberse disparado con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, que ha provocado un giro proteccionista en la política comercial de EE. UU. Sin embargo, no todo son aranceles y no todo va dirigido contra el gigante asiático.
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Tambores de guerra comercial
Fuente: Ingrid Taylar

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En los últimos meses, es habitual toparnos con noticias que anuncian la inminencia de nuevos aranceles, tarifas e incluso sanciones a empresas e individuos. Sus destinatarios habituales componen un grupo de lo más heterogéneo: desde Irán, China y Rusia, por un lado, hasta la Unión Europea, Corea del Sur o Japón, por el otro. Quien firma estos anuncios, sin embargo, es uno solo: Estados Unidos, en algunas ocasiones a golpe de tweet. Aunque estas medidas tengan efectos parecidos y acumulables sobre la economía mundial, difieren en sus causas y naturaleza y se justifican por motivos muy distintos.

El aumento de las sanciones

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos, a través del Departamento del Tesoro, ha impuesto o actualizado sanciones a doce países, entre los que se incluyen Venezuela, Siria, Rusia o Corea del Norte. También se han implementado programas de sanciones para contrarrestar actividades terroristas, ataques cibernéticos o redes criminales transnacionales. En cualquier caso, se trata de una actividad que se puede calificar como excesiva teniendo en cuenta los efectos que puede acarrear.

Las sanciones financieras, como son la mayoría de las impuestas por parte de la Administración Trump contra Rusia, por ejemplo, se traducen en el congelamiento de cuentas bancarias de la élite gobernante, la prohibición de comercio con determinadas empresas o individuos o la negativa al acceso a créditos y otras herramientas financieras. En el caso de Rusia, uno de los últimos afectados es Oleg Deripaska, uno de los magnates rusos con más poder, ya que controla la segunda empresa de aluminio más grande del mundo, Rusal. Su empresa se encuentra al borde de la quiebra tras el anuncio de las sanciones estadounidenses, que le impedían acceder al sistema financiero de Estados Unidos. La quiebra de esta empresa supondría el despido de miles de empleados y la desaparición de la industria del aluminio en Rusia, un durísimo golpe contra el Gobierno de Putin.

La fórmula de las sanciones se puso de moda al finalizar la Guerra Fría; alrededor de la mitad de las sanciones interpuestas por Washington desde el final de la I Guerra Mundial hasta hoy fueron aprobadas entre 1993 y 1998. Esta práctica ha sido en parte criticada porque normalmente resultan en el aumento de la represión interna en el Estado al que se dirigen y también pueden servir para justificar las acciones del Gobierno en cuestión. El presidente Nicolás Maduro afirmó que se sentía orgulloso de las sanciones dirigidas contra Venezuela, que se habían interpuesto por “haber convocado al pueblo a votar libremente”.

Para ampliar: “Do Sanctions Really Work?”, The Wall Street Journal, 2017

Aranceles y tarifas

También con Trump llegarían las advertencias de aranceles y tarifas comerciales. Durante su campaña electoral, Trump prometió mejorar la industria metalúrgica relacionándolo con el declive de otros sectores claves, como el automovilístico. Al anunciar a principios de marzo que impondría aranceles sobre la importación de aluminio y acero —en un 10% y 25% respectivamente—, el presidente afirmó que “cuando tienes un país que no puede producir aluminio y acero, no tienes un país”. Originalmente, su propuesta solo contemplaba dos exenciones, Canadá y México, con los que Trump sigue renegociando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Ello implicaba que los aranceles también se aplicarían a sus aliados tradicionales, incluyendo la Unión Europea, Japón o Corea del Sur. Esto desató el pánico a ambos lados del Atlántico y el Pacífico y se cobró la dimisión de su asesor económico, que hizo temblar las bolsas ante un aparente giro proteccionista de la Casa Blanca.

La respuesta de algunos aliados indicaba el inevitable comienzo de una guerra comercial. La Unión Europea amenazó con contramedidas orientadas a productos icónicos estadounidenses, como las Harley-Davidson o el bourbon. En China se tachaba la medida de “extremadamente estúpida” mientras Trump twitteaba que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”, lo que aumentaba la tensión y la incertidumbre mundial.

Finalmente, Trump eximió a la mayoría de sus aliados afectados de pagar los aranceles. No fue así con China, que parece ser el verdadero objetivo de Trump. El gigante asiático ha sido calificado por el neoyorquino como “manipulador de divisas” y acusado de haber cometido “el mayor robo en la Historia mundial” por sus relaciones comerciales con EE. UU. China respondía a las acciones de Trump anunciando un arancel del 25% a las importaciones estadounidenses de soja, una medida con una clara intención política, ya que afectaría sobre todo a estados rurales que votaron por Trump en las últimas elecciones. La clase dirigente china no parece intimidada. El Global Times, diario cercano a las tesis del Partido Comunista, afirmaba en un editorial a finales de marzo que China estaba lista tanto para mantener conversaciones como para iniciar una guerra comercial y llegaba a decir que el gigante asiático estaba mejor preparado para afrontarla que Estados Unidos.

Para ampliar: “Is Trump in a Trade War with China? An Up-To-Date Guide”, Chad P. Bown y Melina Kolb, 2018

Balance de la situación

Las consecuencias de una guerra comercial entre China y Estados Unidos son incalculables. Ambos países guardan una compleja relación de interdependencia en ámbitos como el intercambio de productos, inversiones y deuda pública. Algunas de las industrias afectadas por los últimos acontecimientos, especialmente el aluminio, también se encuentran interconectadas con muchos otros sectores y actividades económicas, como la industria automovilística y aeronáutica, los envasados, etc. La imposición de estos aranceles implica, en última instancia, que el aumento del precio de los productos afectados es trasladado a los consumidores.

Si esta fuera la única consecuencia, no habría tanto riesgo. A la alarma por la posible guerra comercial entre China y EE. UU. se unen las sanciones a Rusia, que, si bien en términos económicos no posee tanta relevancia, sí lo hace en términos geopolíticos. Las sanciones se encuadran en un momento de deterioro absoluto en las relaciones diplomáticas entre ambos países tras la expulsión de diplomáticos y la “trama rusa” investigada por el fiscal especial Robert Mueller. Este deterioro, al que sin duda contribuyen las sanciones, puede traducirse en un aumento de la tensión militar en lugares geopolíticamente complicados, como Siria o Ucrania.

También puede contribuir al deterioro de otras relaciones tradicionalmente más cercanas, como es el caso de la Unión Europea y Japón. En el primer caso, pondría en peligro iniciativas como el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, un tratado de libre comercio que crearía la zona de librecambio más grande del mundo y cuyo objetivo es reforzar el eje transatlántico ante las nuevas economías emergentes. En el caso de Japón, podría resentirse la que es quizás la relación más importante entre EE. UU. y un país asiático, clave para hacer frente a China. En la última cumbre ministerial del G20, el Secretario del Tesoro estadounidense insistió en la posición de la Administración Trump y demandó una relación “justa y recíproca”.

Finalmente, las restricciones arancelarias y sancionadoras añaden volatilidad e incertidumbre a una economía mundial frágil que todavía no se ha recuperado por completo de la crisis de 2008. Aunque es pronto para calificar esta situación como guerra comercial, las implicaciones geopolíticas son suficientes para encender las alarmas y estar atentos al futuro.

Trajan Shipley

Madrid, 1997. Estudiante de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Soy español y estadounidense, y me interesan especialmente la economía y el comercio internacional, la integración europea y cuestiones jurídicas internacionales.