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El 7 de abril de 2018 los medios de comunicación de este a oeste llenaban sus portadas con un supuesto ataque químico en Duma que había afectado a más de 500 personas. Tras recibir noticias de este supuesto ataque, Estados Unidos, Francia y Reino Unido no dudaron en mantenerse firmes ante su línea roja y decidían, sin la aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSONU), bombardear lugares estratégicos de almacenamiento y producción de armas químicas.
Hablo de supuestos porque Siria y Rusia, como era de esperar, han catalogado este ataque como una noticia falsa —fake news— inventada por los Cascos Blancos, organización siria que atiende y rescata a víctimas de bombardeos, para causar el pánico y llamar la atención de la comunidad internacional, en especial de EE. UU.
Esta declaración era respaldada por Hasán Diab, un niño sirio de once años, y Ahmad Saur, médico en un hospital de la ciudad, cuando fueron invitados para contar su versión de los hechos en una rueda de prensa organizada por la misión permanente rusa ante la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ). Ambos testimonios hicieron a los allí presentes dudar de la veracidad de los hechos tan condenados en Occidente, pues hacían creer que el ataque efectivamente no fue más que un engaño.
Para ampliar: “El supuesto ataque químico en Siria traslada la guerra al ámbito de la propaganda”, Javier Biosca en eldiario.es, 2018
Además, se ha asegurado que los problemas respiratorios con los que llegaron algunos pacientes al hospital, característicos de este tipo de ataque, eran debidos a la inhalación del polvo que los recientes ataques aéreos en la zona habían levantado. La apresurada respuesta de EE. UU., Francia y Reino Unido, horas antes de que una misión de investigación de la OPAQ llegase al lugar de los hechos para investigar lo ocurrido, solo refuerza el discurso ruso.
Sería ingenuo negar que la manera en la que Rusia ha presentado el caso y la forma en la que se han desarr...
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