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Irak, la pugna que Irán está ganando a EE. UU.

Irak, la pugna que Irán está ganando a EE. UU.
Al Abadi, primer ministro iraquí, estrecha la mano al actual presidente estadounidense, Donald Trump. Fuente: Casa Blanca

Igual que otros países de Oriente Próximo debilitados por el sectarismo y la guerra, Irak es escenario de una pugna entre potencias. Irán y EE. UU., los actores más influyentes en la escena iraquí desde 2003, compiten ahora para conseguir un Gobierno afín a sus intereses, y Teherán parece estar ganándole la partida a Washington.

Gobernado por la mano de hierro de Sadam Huseín, Irak fue durante décadas una potencia regional, una pieza clave en el equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo. Cuando Estados Unidos retiró esa pieza invadiendo el país en 2003, desencadenó un efecto dominó cuyos efectos desestabilizadores se sienten todavía hoy en el agravamiento de la crisis de Siria, la virulenta expansión de Dáesh en 2014 y condenando al mismo Irak a más de una década de luchas sectarias, inestabilidad política y debacle económica y social.

Irak es, así, un escenario ideal para una pugna entre potencias como las que se libran en Siria, Yemen, Libia o, en menor medida, Líbano. Por un lado, la notable influencia de Estados Unidos se debe a haber llevado a cabo el derrocamiento del régimen de Huseín y haber dirigido después los primeros años de la transición política. Por otro lado, Irán comparte con Irak una frontera de 1.400 kilómetros, lidera el mundo chií —confesión mayoritaria en Irak— y desde la caída de Huseín ha venido trabajándose una posición de prestigio basada en su histórica rivalidad con el depuesto dictador y su apoyo a las milicias chiíes iraquíes.

Conscientes ambos del poder del otro en el país, hasta ahora habían conseguido cohabitar y hasta encontrar Gobiernos tolerables para los dos. Sin embargo, las últimas elecciones celebradas en Irak, el pasado 12 de mayo, coincidieron con un momento de especial tensión entre Irán y EE. UU., generada por la salida de este último del acuerdo nuclear. Se han puesto las cartas sobre la mesa: ahora compiten sin ambages por imponerse en la formación del nuevo Gobierno iraquí.

El hecho de que las urnas no dieran una opción de gobierno clara alimentó las especulaciones y explica la tardanza en avanzar en la formación del Ejecutivo. El escenario político es complicado: se presentaron 143 partidos en 27 coaliciones, muchos de ellos brazos políticos de milicias armadas. Las elecciones las ganó Muqtada al Sadr, un clérigo popular entre las clases bajas urbanas que basó su campaña en rechazar injerencias extranjeras —tanto iraníes como estadounidenses—, seguido por la Alianza Fatá de Hadi al Amiri —alineado con Irán y líder de la milicia iraquí más antigua y poderosa, la Brigada Badr— y, en tercera posición, el hasta ahora primer ministro Haider al Abadi, el candidato preferido de Estados Unidos. Los tres son chiíes, pero no por ello debe entenderse que estén necesariamente del lado de Irán. Un ejemplo más de cómo la identidad religiosa por sí sola no sirve para explicar satisfactoriamente todas las dinámicas políticas en Oriente Próximo.

Para ampliar: “Suníes y chiíes: el mito de los odios remotos”, Martí Nadal en El Orden Mundial, 2016

Sobrevolando el tablero político iraquí están los hombres fuertes de las dos potencias. Uno es Brett McGurk, enviado especial de Estados Unidos para la coalición contra Dáesh y de facto procónsul estadounidense en el país. El otro es Qasem Soleimani, general que comanda las fuerzas especiales Quds de la Guardia Revolucionaria iraní, un personaje muy influyente en la política exterior de la república islámica. Ambos se encontraron ante ese panorama poselectoral tratando de construir una coalición de gobierno que no parecía sencilla dada la negativa del victorioso Al Sadr a verse influido por las maniobras de las dos potencias.

Sin embargo, en las últimas semanas las piezas se han movido y se han alineado favor de los intereses iraníes y en contra de los estadounidenses. Ayer mismo el recién elegido presidente encargó formar Gobierno a Adil Abdul Mahdi —candidato de Soleimani— y, salvo sorpresa, este conseguirá el apoyo del Parlamento unicameral iraquí.

A pesar de haber conseguido importantes logros en su mandato —reconquistar el territorio tomado por Dáesh, tratar de limar las asperezas interétnicas heredadas de años de lucha sectaria o abortar la independencia del Kurdistán iraquí en octubre de 2017—, el primer ministro Al Abadi llevaba meses perdiendo apoyos, y parte de la responsabilidad de su fracaso se puede achacar a las maniobras estadounidenses, que han desincentivado que sus aliados —en particular, kurdos y árabes suníes— lo apoyen.

Los kurdos iraquíes, fieles aliados de los estadounidenses desde al menos la guerra de 2003, llevaban años reclamando la autodeterminación y, a principios del siglo, en los peores años de la descomposición del Estado iraquí, funcionaban de facto de forma casi independiente. El entonces secretario de Estado John Kerry tuvo que pedirles en 2014 —cuando los kurdos eran los únicos que habían podido repeler al Dáesh mientras los yihadistas se acercaban a menos de 100 km de Bagdad— que esperaran un poco más para plantear la independencia, a pesar de que el Gobierno central no estaba entonces en condiciones de impedir una secesión del Kurdistán. Por eso, en septiembre de 2017, con Dáesh derrotado, los kurdos creyeron que su oportunidad había llegado y convocaron un referéndum que se aprobó con un aplastante 93%. Ante su sorpresa, sus aliados estadounidenses los abandonaron.

Washington decidió dejar de lado a los kurdos a cambio de ofrecer al Gobierno de Al Abadi la oportunidad de apuntalar su popularidad de cara a las elecciones permitiéndole que impidiera la secesión por la fuerza. Así conseguía presentar a Al Abadi como un líder solvente y capaz, pero por el camino dejaba a los kurdos frustrados y desconcertados. Dado que el Ejército iraquí se había desinflado ante el avance del Dáesh, para parar la secesión Al Abadi tuvo que recurrir a las mucho más poderosas milicias chiíes —que se labraron un gran respaldo popular en la lucha contra el Dáesh, tienen una importante presencia en el Parlamento y dominan amplias zonas del país— y Estados Unidos llegó a permitir que estas milicias, apoyadas por Irán, utilizaran tanques de fabricación estadounidense del inoperativo Ejército iraquí.

Para ampliar: “La guerra en tierra de otros”, Trajan Shipley en El Orden Mundial, 2017

A ojos de los kurdos, Washington estaba permitiendo que las fuerzas proiraníes abortaran con armas estadounidenses la independencia que se habían ganado. Se entiende así la negativa de las fuerzas políticas kurdas —cuyo número de escaños en el Parlamento iraquí les ha permitido con frecuencia ser la llave para formar Gobierno— a apoyar a Al Abadi. Cualquier otro candidato se mostraría mucho más favorable a sus peticiones de mayor autonomía que alguien que ha basado su campaña en la represión del movimiento de independencia kurdo.

El ejercicio de pragmatismo es todavía más claro en el caso de los árabes suníes. ¿Por qué valorarían los suníes apoyar a un candidato del gusto de Irán? Porque, dadas las circunstancias, un candidato proiraní tiene más posibilidades de conseguir lo que los suníes quieren: inversión en Irak y la retirada de las milicias chiíes de las zonas suníes. Obviamente, un primer ministro del gusto de Irán tendría más sencillo conseguir lo último. En cuanto al aspecto económico, la política de Trump de retirar inversiones en Irak está dejando un gran vacío que otras potencias regionales con ansias de aumentar su influencia en Irak están aprovechando, entre ellas Turquía, pero también Irán, que sigue siendo un socio comercial muy importante para Irak a pesar del mal estado de su propia economía.

Las aspiraciones de Al Abadi terminaron de marchitarse con las últimas protestas en la ciudad de Basora, donde la hastiada población —que ha sufrido cortes de electricidad y agua a lo largo de todo el verano— empujó al gran ayatolá Sistani —figura de gran influencia política en Irak y que solo se manifiesta en casos de crisis grave— a pedir públicamente un Gobierno nuevo por considerar que el actual no está solucionando los problemas de los iraquíes. El todavía indeciso Al Sadr, ganador de las elecciones, reaccionó como un resorte ante la autoridad religiosa, descartó la opción de mantener en el cargo a Al Abadi y empezó a moverse para negociar con el bando proiraní. Intercambió pareceres con el segundo candidato, Al Amiri, y llegó a reunirse en Beirut con Soleimani y el líder de Hezbolá, donde se consensuó el nombre del nuevo primer ministro.

Falto de apoyos y minada su legitimidad, Al Abadi perderá el cargo de primer ministro en cuanto el Parlamento apruebe el Gobierno propuesto por el presidente Mahdi. Con el cambio de Gobierno se confirmará lo que ya se viene intuyendo desde hace meses: que en el escenario de Irak Irán está ganando la pugna a Estados Unidos.