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Gobernado por la mano de hierro de Sadam Huseín, Irak fue durante décadas una potencia regional, una pieza clave en el equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo. Cuando Estados Unidos retiró esa pieza invadiendo el país en 2003, desencadenó un efecto dominó cuyos efectos desestabilizadores se sienten todavía hoy en el agravamiento de la crisis de Siria, la virulenta expansión de Dáesh en 2014 y condenando al mismo Irak a más de una década de luchas sectarias, inestabilidad política y debacle económica y social.
Irak es, así, un escenario ideal para una pugna entre potencias como las que se libran en Siria, Yemen, Libia o, en menor medida, Líbano. Por un lado, la notable influencia de Estados Unidos se debe a haber llevado a cabo el derrocamiento del régimen de Huseín y haber dirigido después los primeros años de la transición política. Por otro lado, Irán comparte con Irak una frontera de 1.400 kilómetros, lidera el mundo chií —confesión mayoritaria en Irak— y desde la caída de Huseín ha venido trabajándose una posición de prestigio basada en su histórica rivalidad con el depuesto dictador y su apoyo a las milicias chiíes iraquíes.
Conscientes ambos del poder del otro en el país, hasta ahora habían conseguido cohabitar y hasta encontrar Gobiernos tolerables para los dos. Sin embargo, las últimas elecciones celebradas en Irak, el pasado 12 de mayo, coincidieron con un momento de especial tensión entre Irán y EE. UU., generada por la salida de este último del acuerdo nuclear. Se han puesto las cartas sobre la mesa: ahora compiten sin ambages por imponerse en la formación del nuevo Gobierno iraquí.
El hecho de que las urnas no dieran una opción de gobierno clara alimentó las especulaciones y explica la tardanza en avanzar en la formación del Ejecutivo. El escenario político es complicado: se presentaron 143 partidos en 27 coaliciones, muchos de ellos brazos políticos de milicias armadas. Las elecciones las ganó Muqtada al Sadr, un clérigo popular entre las clases bajas...
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