El 8 de diciembre de 2024, mientras los rebeldes del norte y sur del Siria estaban en Damasco, Bashar al Asad tomó un avión rumbo a Moscú, poniendo fin a medio siglo de dictadura familiar. La guerra civil siria había durado catorce años en los que provocó el éxodo de millones de personas y la muerte de medio millón. Pese al nulo respaldo social del dictador, la estabilidad de las líneas en el frente nos había llevado a asumir que el conflicto estaba acabado. Todos los países de la zona y las grandes potencias habían aceptado a Asad como un hecho consolidado y trabajaban entre bambalinas para su normalización diplomática. Pero la repentina ofensiva y victoria de Abu Mohamed al Yolani y su Organización para la Liberación del Levante (HTS, por sus siglas en árabe) señala que nunca debimos olvidarnos de Siria.
Todavía queda mucho por estudiar de un conflicto que ha marcado la política internacional de nuestra época. Siria es imprescindible para entender el nacimiento de algunos de los actores más importantes del siglo XXI, como Dáesh o el Grupo Wagner. Siria permite entender procesos políticos y sociales dentro y fuera de Oriente Próximo, como la crisis de refugiados y el auge de la ultraderecha en Europa, la epidemia de anfetaminas en el Golfo o el auge de Irán y su Eje de la Resistencia como actor hegemónico en la región. Siria ha cambiado las prioridades de todos los actores internacionales que participaron en la guerra: volvió a Barack Obama escéptico respecto al papel de Estados Unidos en el mundo árabe, consolidó el enfoque securitario europeo, convenció a Vladímir Putin de recorrer la senda del aventurismo militar, agrió la relación entre Turquía y Occidente y convenció a las monarquías del Golfo de poner fin a las consecuencias de las revueltas árabes.
Pero Siria no es una mera lección de historia. La posición que tomen las nuevas autoridades seguirá marcando nuestra actualidad, ya sean las relaciones de Israel con los países árabes, el equilibrio de fuerzas entre Arabia Saudí, Catar, Turquía o Irán, la proyección de Rusia en África y el Mediterráneo, la amenaza del islamismo yihadista o el precio de la electricidad. Desde las primeras revueltas juveniles organizadas a través de las redes sociales ante la primera reunión de Yolani con mandatarios europeos, cada acontecimiento arroja luz para entender el rol de lo internacional en nuestras vidas.
Las revueltas árabes llegan a Siria
Siria se sumó a las revueltas árabes relativamente tarde. Fue en marzo de 2011, cuando Ben Alí y Hosni Mubarak ya habían sido derrocados en Túnez y Egipto, respectivamente, y cuando la guerra civil en Libia ya empezaba a tomar forma. Como la inmolación del tunecino Mohamed Bouazizi, las primeras manifestaciones en Siria estaban unidas a varios “mártires”: se trataba de un grupo de adolescentes detenidos el 6 de marzo marzo en la localidad de Dará tras grafitear el primer eslogan de la revolución: “Es tu turno, doctor”. Era una referencia a Bashar al Asad, oftalmólogo de profesión pero que llevaba gobernando el país desde el año 2000 y a su vez sucediendo a su padre, Hafez, quien había accedido al poder tras el golpe de Estado en 1971. El arresto provocó numerosas protestas, y en abril un niño llamado Hamza Jatib fue mutilado y asesinado por las autoridades como forma de castigo. Esta fue la chispa de una revolución que se expandió por todo un país que tenía veintidós millones de habitantes.
Al margen de incidentes concretos, pronto quedó claro que el descontento popular se dirigía hacia una dictadura unifamiliar y unipartidista. Detrás de una pretendida laicidad, el poder se concentraba en una pequeña élite sectaria. Aupados por los franceses en el siglo XX, los alauíes de las regiones costeras de Latakia y Tartús (cerca del 6% de la población) copaban las más altas esferas del Ejército y la vida política y económica siria. En respuesta, los primeros en tomar las armas contra el régimen provenían de familias pobres y de entornos rurales donde predominaba el islam suní. Pero las protestas de 2011 incidían siempre en su naturaleza no sectaria: “Uno, uno, uno, el pueblo sirio es uno” se convirtió en uno de los principales lemas del alzamiento.
Como Muamar el Gadafi en Libia, Asad optó por usar una fuerza desproporcionada para reprimir unas protestas mayoritariamente pacíficas. A los disparos contra manifestantes se unió la detención de miles de personas sospechosas de ser afines a la oposición. Fundada en los años setenta, desde 2011 ya estaban a pleno rendimiento la prisión de Sednaya y otras tantas del país, donde se torturaron y ejecutaron a miles de personas. Al menos 136.000 personas fueron arrestadas o “desaparecidas” por el régimen durante la guerra civil, de las cuales todavía falta por encontrar a más de 100.000. A la represión del ejército y de las temidas fuerzas especiales (la mujabarat) pronto se unió la de los partidarios paramilitares de Asad, los shabiha o ‘fantasmas’. Estos protagonizaron muchas de las primeras masacres del conflicto, como en la zona de Hula, donde cien civiles fueron acuchillados y ejecutados en sus casas.
La violencia del régimen provocó deserciones masivas dentro del Ejército. En julio se anunció la creación de un Ejército Libre Sirio compuesto por soldados desertores y voluntarios, para contrarrestar la violencia del régimen. Una deserción relevante fue la del general Manaf Tlass y su padre Mustafá, ministro de Defensa entre 1972 y 2004, que pertenecían al círculo cercano de Asad y eran de los pocos suníes en la cúpula del Ejército. También dimitió el primer ministro, Mohamed Naji al OtariOtari, y todo su gabinete. Pero buena parte de los oficiales permaneció leal a Asad, como el alauí Suheil Hasán o el druso Isam Zahredine, además de su propio hermano, Maher.
Tras un duro asedio en Dará en abril, los primeros choques entre ambas facciones se produjeron en las gobernaciones de Idlib y Homs. Pronto ambas se consagraron como feudos de la revolución. En concreto, la primera gran escaramuza de la guerra civil tuvo lugar en junio en Yisr al Shugur, donde el ejército eliminó a una centena de insurrectos después de que estos se hicieran brevemente con el control de la localidad. Con todo, 2011 fue un año marcado por la represión unilateral: la guerra como tal no empezaría hasta 2012.
Mientras que la resistencia armada iba tomando forma, en agosto se creó el primer órgano político opositor, el Consejo Nacional Sirio. Estaba inspirado en el Consejo Nacional de Transición de Libia e inicialmente lo dirigía un profesor de La Sorbona. La brecha en el país se agrandaba, y tanto la Liga Árabe como el entonces secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, propusieron planes de paz que fracasaron ante la férrea voluntad de Asad de permanecer en el poder. A finales de año, la Liga Árabe expulsó a Siria después de que el régimen se negara a dar su brazo a torcer. La represión mató a al menos 4.000 civiles sólo en el primer año del conflicto.
Con la vía política bloqueada y el régimen que parecía condenado a colapsar, varios países empezaron a explorar la aceleración de la caída de Asad. Arabia Saudí y Catar vieron en las revueltas árabes una posibilidad de expandir su influencia hacia el norte de África y el Levante mediterráneo. Se invertía así el tradicional equilibrio de fuerzas en el mundo árabe, consiguiendo poner al Golfo en el centro político de la región gracias a su imparable crecimiento económico vinculado al gas y al petróleo. Los primeros envíos de armas y dinero hacia los rebeldes empezaron a tomar forma a principios de 2012. Turquía, por su parte, fue en un primer momento más reacia a dar apoyo a la insurrección, pero sí permitió que sus fronteras se usaran para armar a los insurrectos. Ankara no tenía simpatía por Asad, aunque al mismo tiempo temía que desestabilizar al país vecino acabara impactando dentro de sus fronteras.
Todavía más recelosos con las revueltas árabes fueron Estados Unidos y la Unión Europea. Desde los años noventa habían apuntalado a varias dictaduras árabes, y sólo se sumaron a las demandas de cambio cuando el clamor popular se cristalizaba como imparable. Obama al principio parecía especialmente indeciso: oscilaba entre un no intervencionismo marcado por los desastres en Afganistán (2001) e Irak (2003) y la influencia de figuras del entorno del expresidente Bill Clinton, que seguían creyendo en la tesis de Estados Unidos como un “policía” en un mundo unipolar. Como Gadafi, Asad había mantenido una política exterior activa y a menudo contraria a los intereses de Washington, apoyando la insurgencia yihadista contra las tropas estadounidenses en Irak y dando cobijo en suelo sirio a Hamás, la organización palestina.
Asad se impone gracias a Hezbolá y las armas químicas
2012 fue el año del recrudecimiento de los combates. Los rebeldes, que se habían hecho fuertes en la frontera con Turquía, lanzaron en junio su primera gran ofensiva sobre Alepo, la capital económica de Siria. Un mes más tarde, las facciones del sur trataron de hacerse con Damasco, consolidándose en zonas periféricas como Daraya o Duma. Los combatientes de la oposición todavía estaban vagamente organizados bajo el paraguas del Ejército Libre Sirio. En 2014, Obama los describiría como una coalición de “granjeros, profesores y farmacéuticos”, si bien la CIA también estaba dando los primeros pasos para intentar armar y coordinar la insurrección. En cuanto al liderazgo político, Catar impulsó en 2012 la creación de una Coalición de Fuerzas Nacionales de la Oposición y la Revolución Siria, absorbiendo al Consejo Nacional Sirio y encabezado por el antiguo imán de la Gran Mezquita de Damasco.
El régimen, por su parte, consiguió reprimir a principios de año la insurrección en Homs, la primera de las más sangrientas batallas de la guerra civil. Sin embargo, no pudo expulsar a los rebeldes del norte ni del sur de la gobernación, donde se consolidaron importantes focos de resistencia. La importancia estratégica de esta región en el centro del país hubiera permitido a los alzados de ambas mitades de Siria coordinar sus esfuerzos, además de aislar Damasco de la región costera de mayoría chií y de buena parte de la frontera con Líbano. Ello fue lo que motivó a Hezbolá, la milicia chií libanesa aliada de Asad y de Irán, a intervenir a principios de 2013, cerrando la bolsa de resistencia en torno a la localidad de Qusair.
La entrada de la organización libanesa truncó los planes rebeldes hacia la victoria y marcó el inicio de una relación de dependencia entre Asad y el Eje de la Resistencia que se iría profundizando con los años. Además de incentivar la naturaleza sectaria del conflicto, la decisión de Hezbolá tuvo ramificaciones en Palestina, donde Hamás se había posicionado en favor de los rebeldes; desde entonces, la organización palestina se distanció de Irán y se acercó a terceros países, como Catar. Como se ha evidenciado este 2023, desde entonces la coordinación entre Hamás y los proxies iraníes dejó de ser especialmente fuerte, y de hecho varios de sus integrantes fueron ejecutados por el régimen sirio.


La otra prioridad para Asad era acabar con la resistencia alrededor de Damasco. De nuevo, el equilibrio de fuerzas no parecía favorecer al régimen, que en esta ocasión recurrió a las armas químicas para imponerse. El 21 de agosto de 2013, alrededor de 1.500 civiles murieron como resultado del uso de gas sarín en el suburbio de Ghuta, bastión de la oposición. Con el apoyo de Rusia, el régimen trató de presentar la masacre como un ataque de falsa bandera, una tesis que fue rechazada por organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch. De acuerdo con el informe de Naciones Unidas, las pruebas señalaban que los responsables “tenían acceso al arsenal del Ejército sirio, así como experiencia y el equipamiento necesario para manipular grandes cantidades de agentes químicos”.
El ataque de Ghuta reavivó el debate sobre una posible intervención internacional bajo el pretexto de la responsabilidad de proteger, el mismo principio que había amparado la misión de la OTAN contra Gadafi en 2011. Sin embargo, aquella acción fue muy controvertida y no trajo estabilidad a Libia. En 2012, Obama había advertido de que el uso de armas químicas en Siria representaba una línea roja para su Administración, una amenaza que finalmente no se materializó. La falta de apoyo legislativo y popular y el miedo a una guerra como la de Irak o un fiasco como Libia motivaron el cambio de parecer del presidente. Sin embargo, esto supuso un descrédito para Estados Unidos, envalentonando a Irán y a Rusia unos meses antes de la anexión rusa de Crimea y el inicio de la guerra en el Donbás. En lo que fue descrito como uno de sus mayores errores, Obama optó por no castigar a Asad y en su lugar aceptar una destrucción parcial del arsenal químico tutelada por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas.
El auge de Dáesh
Cuando la guerra en Siria parecía no poder complicarse más, en junio de 2014 el veterano yihadista iraquí Abu Bakr al Bagdadi declaró un “Estado Islámico” en la frontera entre Siria e Irak y con voluntad de expandirse por todo el mundo musulmán. En su apogeo controló más de 100.000 kilómetros cuadrados: llegó a tener presencia desde el Sáhara hasta Filipinas a través de sus filiales, era capaz de acuñar moneda y recaudar impuestos y fue clasificado como “proto-Estado” por diferentes analistas internacionales.
El Estado Islámico en Irak, precursor del Estado Islámico o Dáesh, tenía sus raíces inmediatas en la invasión estadounidense de 2003 y en el sectarismo que caracterizó la década siguiente. Originalmente filial de Al Qaeda en Irak, pronto quedó claro que aspiraba a tener un mayor protagonismo. Cuando en 2011 comenzó el conflicto en Siria, la organización aspiraba a expandirse al país vecino, y en 2012 Al Bagdadi favoreció la creación de un satélite. Se trataba del Frente al Nusra, comandado por Al Yolani. Pero la relación entre ambos líderes se agrió en seguida, en la medida en la que Al Bagdadi esperaba subordinar a Al Nusra a sus órdenes y no en calidad de filiales iguales bajo la cúpula de Al Qaeda.
En abril de 2013, Al Bagdadi rebautizó su organización como “Estado Islámico de Irak y el Levante”, sentando las bases para la declaración del califato el año siguiente. Pero Al Yolani respondió reafirmando su lealtad a Al Qaeda y al sucesor de Osama bin Laden, lo que acabaría desembocando en choques armados a principios de 2014. Dáesh estaba por tanto fuera de la órbita de Al Qaeda y también chocó con el resto de facciones rebeldes, arrebatándoles Raqa en enero, la única capital regional que tenían bajo control.

El resto de fuerzas contrarias a Asad tampoco escaparon de esta radicalización. Desde noviembre de 2013 gran parte de los combatientes operaban bajo el paraguas del nuevo “Frente Islámico”, en detrimento del Ejército Libre Sirio. La islamización de la oposición se debió a varios factores, incluida la llegada de cientos de combatientes extranjeros, el apoyo económico de Catar y Arabia Saudí, y los propios intentos de Asad de aupar a sus adversarios más radicales para debilitar a la oposición, incluyendo la liberación de líderes yihadistas. En general, los grupos islamistas, con décadas de experiencia política, se estaban consolidando como ganadores de las revueltas árabes, siendo la victoria electoral de los Hermanos Musulmanes en 2013 un momento clave. En Siria, sólo los combatientes del Frente Sur evitaron esta transformación en clave religiosa, y batallaron con éxito en Dará hasta mediados de 2015.
Asad entendió que la deriva de la oposición consolidaba sus planes para permanecer en el poder. Las elecciones de junio de 2014 le revalidaron como presidente con un inverosímil respaldo del 90%, mientras que Hezbolá logró cerrar otro importante núcleo de resistencia en Qalamun, en el noroeste de Damasco. En efecto, a medida que se evidenciaba que Dáesh representaba una amenaza para la seguridad global, la mayoría de los países que habían expresado su rechazo al régimen sirio perdieron interés en hacerlo caer.
En octubre de 2014, Estados Unidos anunció la operación Resolución Inherente junto con otros países occidentales y árabes para combatir a Dáesh. En seguida, Washington se dio cuenta del potencial de las fuerzas kurdas, que a principios de ese año habían proclamado una administración autónoma basada en un modelo político de cantones y con una constitución que hacía hincapié en los derechos de las minorías y la igualdad de género. Una de las primeras misiones de la operación fue romper el cerco de Dáesh contra los kurdos en el cantón de Kobane, fronterizo con Turquía y donde se agolpaban miles de refugiados que temían una masacre como la que habían sufrido los yazidíes en Irak meses atrás. La victoria definitiva en este territorio en marzo de 2015 marcaría el inicio de la ofensiva internacional contra Dáesh.
La derrota de Dáesh y la vuelta de la “estabilidad autoritaria”
Dáesh se había consolidado en pocos meses como uno de los principales actores en la región. A la captura y destrucción en mayo de 2015 de las históricas ruinas de Palmira ―una localidad que también tenía un valor estratégico al Damasco con Irak― se unieron numerosos atentados terroristas en Europa, como los de París (2015) y Niza (2016), inspirados por la propaganda de la organización. Por su parte, Raqa emergió como la capital de facto de Dáesh, donde el grupo llevó a cabo algunas de sus brutales ejecuciones.
En octubre de 2015, meses después de la victoria en Kobane, los combatientes kurdos y algunas brigadas del Ejército Libre Sirio constituyeron las autodenominadas Fuerzas Democráticas Sirias. El objetivo era crear una alianza militar que cubriera el espacio entre el río Éufrates y la frontera, para lo cual también se integraron combatientes asirios y las facciones tribales árabes del desierto. Estados Unidos siempre estuvo detrás de la organización, entregando miles de armas y participando con fuerzas especiales y apoyo aéreo. Gracias a esta ayuda, el grupo logró expulsar a Dáesh de Raqa en 2017. Washington también apoyó la creación de una fuerza en el sur del país que asegurara la frontera de Jordania, el Nuevo Ejército Sirio, que tomó la estratégica localidad de Tanf en 2016. Al menos doscientos soldados estadounidenses han estado presentes en la zona desde entonces.
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La irrupción de Dáesh benefició a Asad, que consiguió consolidar una narrativa de “estabilidad autoritaria” en la que el presidente era visto como la única alternativa al caos y el terrorismo. Los países árabes que habían apoyado la oposición protagonizaron un giro de 180 grados al entender que la Primavera Árabe amenazaba también su propia supervivencia. Para Emiratos y Arabia Saudí, el objetivo era ahora el fin del islamismo político en todas sus formas, incluidos partidos como los Hermanos Musulmanes, lo que acabó desembocando en el bloqueo de Catar de 2017 por su apoyo a la organización.
Los países de la Unión Europea, con Francia a la cabeza, también avalaron esta tesis y bendijeron la vuelta de dictaduras militares en el Mediterráneo mediante los golpes de Estado de Egipto (2013) y Libia (2014). La otra prioridad europea era congelar los enfrentamientos armados para frenar el éxodo de seis millones de refugiados sirios, de los cuales en realidad la mayoría acabaron en Turquía, Líbano y Jordania. En Europa, sólo Angela Merkel en Alemania se mostró claramente favorable a la llegada de los sirios, dando cobijo a un millón de personas, seguida de lejos por Suecia, que dio asilo a más de 100.000. Aunque la mayoría de los refugiados permanecieron fuera de Europa, la ultraderecha continental aprovechó la coyuntura para hacerse fuerte atizando el racismo y la islamofobia.
Mientras tanto, la llegada de Donald Trump en 2017 intensificó el giro estratégico de Estados Unidos hacia China. Una vez derrotado Dáesh, el magnate republicano se desentendió del conflicto, delegando la seguridad de Oriente Próximo a los países del Golfo e Israel. Trump incluso quiso retirar el apoyo a las Fuerzas Democráticas Sirias, pero su gabinete logró convencerle in extremis de lo contrario ante el temor de que Dáesh resurgiera y recordándole la presencia de petróleo en la mitad noreste de Siria. En efecto, la explotación de estos campos fue concedida por las Fuerzas Democráticas Sirias a una compañía estadounidense, Delta Crescent Energy. En 2018, el Grupo Wagner ruso intentó arrebatar a los kurdos el control de los pozos, provocando una respuesta estadounidense que mató a un centenar de los atacantes.
Putin le concede la victoria a Asad
Si en Irak la coalición internacional apoyó al ejército a recuperar las ciudades de Faluya (2016) y Mosul (2017) del control de Dáesh, en Siria no quiso apoyar directamente a Asad. Por el contrario, el dictador sirio recurrió a Rusia y a Irán para recuperar Palmira (2016) y Deir Ezzor (2017), siendo la liberación del recinto arqueológico una importante victoria propagandística. Para el régimen, el objetivo era mantener el control parcial de la frontera, garantizando el flujo de suministros desde Irán, del que también dependía Hezbolá en Líbano. Para Moscú la prioridad era que Asad recuperara las principales ciudades del país, las cuales seguían parcialmente en manos de la oposición. Con la supervivencia del régimen, el Kremlin garantizaba su permanencia en las bases de Latakia y Tartús, que datan de la época soviética. Son esenciales para Rusia, ya son su única presencia en el Mediterráneo y le permiten proyectar sus intereses en África, más aún cuando el Grupo Wagner se empezaba a consolidar como actor esencial dentro y fuera de Rusia.
Así, sin apoyo internacional, los rebeldes fueron perdiendo territorio ante la alianza compuesta por Rusia, Irán y el régimen de Asad. El principal apoyo de Moscú fueron los bombardeos aéreos, doblegando a una población que todavía se mantenía en contra del régimen. Para ello, fue necesaria una destrucción masiva del territorio, incluido el sistema hospitalario y otras muchas instalaciones civiles, como mercados. Era el mismo modelo de hacer la guerra que Putin había ensayado en Grozni en 1995 y que posteriormente pondría en práctica en Ucrania. En Siria dejó miles de víctimas civiles: sólo el 10% de los ataques aéreos rusos tuvieron Dáesh como objetivo. Las tropas rusas, en cambio, no fueron protagonistas, y delegaron los combates a alrededor de 10.000 hombres de Hezbolá y al Grupo Wagner, mientras que la policía militar chechena se encargaba de patrullar las ciudades una vez doblegadas.


Con todo, Asad tardó años en recuperar el país, consiguiendo el control paulatino de Alepo en 2016, la gobernación de Homs en 2017 y Dará en 2018. La estrategia osciló entre la “pacificación” de algunas de las facciones rebeldes, especialmente en el sur, y la despoblación del territorio. Miles de civiles fueron desplazados hacia la frontera de Turquía tras varios asedios, unos crímenes de guerra que fueron condenados por Naciones Unidas. Los suburbios de Damasco ofrecieron especial resistencia. Guta, donde había tenido lugar el ataque químico de 2013, fue sometida a años de un asedio que la ONU describió como “bárbaro y medieval”, hasta que los 130.000 residentes accedieron a abandonar la ciudad. Asad incluso volvió a usar armas químicas en el suburbio Duma en 2018 para acelerar su evacuación. En respuesta, Trump ordenó un bombardeo simbólico con apoyo británico y francés contra objetivos del Ejército sirio, pero, como Obama, no mostró mayor interés en la situación humanitaria.
El resultado fue que hacia el final de la década Asad gobernaba la mayor parte del territorio sirio, pero no sobre toda la población, que se había refugiado en las pocas zonas bajo el control de la oposición. Los autobuses verdes utilizados para el traslado forzoso de los civiles se convirtieron en un símbolo macabro de la guerra civil. En total, la población se redujo de veintidós millones de personas antes de la guerra hasta menos de diecisiete millones. Por su parte, el régimen priorizó la reconstrucción de zonas de mayoría no suní y repobló el territorio con miles de migrantes iraníes. Paradójicamente, este proyecto de ingeniería social también ayuda a entender por qué el régimen se desintegró tan rápido a finales de 2024: tras la victoria inicial en Alepo, la insurrección avanzó sobre ciudades destruidas y vaciadas donde nadie opuso resistencia en favor de Asad.
HTS, el Ejército Nacional Sirio y la mutación de la rebelión
El año 2015 marcó el punto álgido para Dáesh en Siria, pero el resto de facciones islamistas también lograron triunfos importantes. A los avances en Alepo se unió en marzo la conquista de Idlib, la principal ciudad del país en manos de los insurgentes tras la pérdida de Raqa. Por primera vez, los rebeldes islamistas y Al Qaeda, a través de su filial Al Nusra, colaboraron bajo un nuevo paraguas militar, el Ejército de la Conquista. Pero la pérdida de apoyo occidental y de las potencias árabes y la intervención de Rusia e Irán en favor del régimen hicieron que estos logros fueron efímeros.
Lejos de cerrar filas, los insurgentes empezaron a guerrear entre ellos. Desde el primer momento, era evidente que el Frente al Nusra de Al Yolani aspiraba a tener un rol protagonista. En 2016 le arrebató al Ejército Libre Sirio la estratégica ciudad de Maarat an-Numan, un punto de inflexión que evidenció que la oposición no religiosa estaba acabada. El Ejército Libre Sirio, que hasta entonces había sido el gran actor de la insurrección, desapareció de forma efectiva. Al mismo tiempo, Al Yolani sabía que la unión con Al Qaeda en un contexto de combate internacional contra el yihadismo podía pasarle factura, por lo que cortó los lazos en 2016. Con ello renombró su organización como el Frente para la Conquista del Levante, que, tras combatir y absorber a otras facciones islamistas, se reconvirtió en 2017 en la actual Organización para la Liberación del Levante (HTS). En 2018, los islamistas derrotados intentaron agruparse en otra coalición militar, el Frente de Liberación de Siria, pero no tuvieron éxito.
El resto de combatientes rebeldes que escaparon de estas dinámicas acabaron siendo atrapados por Turquía. Ankara instrumentalizó la insurrección contra Asad para acabar convirtiéndola en un peón contra las aspiraciones kurdas representadas por las Fuerzas Democráticas Sirias. La prioridad turca ya no era el cambio de régimen, sino derrotar a los kurdos y de paso controlar el flujo de refugiados hacia sus fronteras. Así, después de estar en segundo plano durante años, el presidente Recep Tayyip Erdoğan finalmente se convirtió en un actor clave del conflicto.
El Ejército turco lanzó las ofensivas Escudo del Éufrates (2017), Rama de Olivo (2018) y Primavera de Paz (2019), que arrebataron a las Fuerzas Democráticas Sirias buena parte del territorio que estas a su vez habían capturado de Dáesh. Para gestionar estas zonas, Ankara favoreció en 2017 la creación de un nuevo Ejército Nacional Sirio, entrenado y armado por los turcos y nominalmente fiel a un ejecutivo en el exilio. El Ejército Nacional Sirio ha actuado siempre como un proxy de Turquía, hasta el punto de luchar en Libia o Azerbaiyán en defensa de sus intereses. En este periodo, Ankara también se distanció de Estados Unidos por su apoyo a los kurdos: llegó a comprar tecnología militar a Rusia y Washington la sancionó en respuesta.
En 2019, las facciones islamistas del Frente de Liberación aceptaron integrarse parcialmente en el Ejército Nacional Sirio, de forma que el mapa rebelde quedaba consolidado en torno a esta coalición y HTS. Con relaciones tensas, la esperanza de Turquía era agocitar también al grupo de Al Yolani, pero el líder rebelde maniobró para crear una organización con adiestramiento bélico profesional y un órgano encargado para gestionar la vida civil, el Gobierno de Salvación Nacional. La administración político-militar de HTS supo responder a crisis humanitarias como la pandemia de coronavirus o el terremoto de 2023, y convirtió la región de Idlib en el hogar de tres millones de sirios que huían del régimen. Al Yolani también moderó su discurso hacia las minorías religiosas, entablando relaciones con los drusos y los cristianos de Idlib. Fruto de estos cambios, la policía de la moral fue disuelta a principios de 2024. En cualquier caso, el grupo también ha estado vinculado con el asesinato de activistas y la supresión violenta de manifestaciones.
El Ejército sirio nunca logró penetrar en Idlib, pese a que en 2017 atacó con armas químicas la ciudad de Jan Sheijun, provocando un bombardeo aéreo limitado de Estados Unidos. Turquía y Rusia establecieron patrullas y checkpoints a lo largo de la línea de frente para estabilizar la situación, mientras que la comunidad internacional aceptó la supervivencia de HTS como otro mal menor. Al final, la victoria del régimen en Idlib hubiera supuesto una nueva salida de millones de sirios hacia Turquía y el Mediterráneo.
En 2017 también se iniciaron las negociaciones en Astaná, un foro tripartito entre Rusia, Irán y Turquía que evidenciaba que Occidente había quedado al margen del conflicto. El foro, con presencia del Gobierno y algunas facciones rebeldes, pronto se desveló como una herramienta para “desmilitarizar” las zonas de la oposición no sometida a Ankara. La delegación opositora suspendió el foro, que pretendía encumbrar a una desconocida activista francosiria y prorrusa como portavoz de la insurrección. Sólo el HTS de Al Yolani, que no fue invitado a las negociaciones, logró llegar al final de la década con independencia del exterior.
Respecto a las Fuerzas Democráticas Sirias, siempre se temió que Trump dejara de financiarlas una vez derrotado Dáesh. Eso les llevó a tender lazos con el régimen y con Rusia, permitiendo la entrada rusa en su territorio y consolidando una suerte de autonomía parcial. De ese modo, el espíritu democrático del grupo que había atraído a cientos de brigadistas internacionales fue puesto en entredicho por sus negociaciones con Asad, y la alianza fue acusada de crímenes de guerra y episodios de violencia sectaria. La promesa inicial de coexistencia parecía en ocasiones derivar hacia un excluyente nativismo kurdo, mientras que se seguía posponiendo la celebración de elecciones locales. En 2025 continúan los combates entre las Fuerzas Democráticas Sirias y el Ejército Nacional Sirio, de nuevo con indicios de abusos por parte de ambos.
La lenta rehabilitación internacional de Asad
Con el cambio de década, todo apuntaba a que Asad seguiría en el poder muchos años más. Al apoyo de Irán y Rusia se sumaba el de las potencias árabes del Golfo. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos querían acabar de una vez por todas con la amenaza de las revueltas árabes, que en 2019 había dado coletazos en Líbano, Argelia y Sudán, y de paso convertir el régimen en aliado en detrimento de Teherán. Un momento clave fue la vuelta del país a la Liga Árabe en 2023 después de más de una década y con el pretexto de aliviar las consecuencias humanitarias del terremoto de ese año. Sólo Catar se opuso a retomar las relaciones con Asad, algo que deja a Doha en muy buenos términos con las nuevas autoridades sirias.
Erdoğan también intentó normalizar su relación con el régimen como paso previo para deportar a cientos de miles de refugiados en suelo turco. Sin embargo, las negociaciones fueron lentas y Asad siempre puso como prerrequisitos que Ankara dejara de apoyar al Ejército Nacional Sirio y se retirara a la frontera. En todo caso, Turquía consideraba que una ofensiva rebelde no triunfaría y traería más desestabilización, e inicialmente se opuso a los planes de HTS en Alepo. La vuelta de los refugiados también motivó a varios países europeos a acercarse al régimen, una corriente que desde mediados de 2024 lideraba la Italia de Giorgia Meloni. Incluso en Estados Unidos se empezaba a romper el consenso bipartidista en contra de retomar los lazos con Asad, y Joe Biden parecía favorecer el restablecimiento de contactos.
Con todo ese trasfondo, el 7 de octubre de 2023 estalló una crisis regional: Hamás llevó a cabo una serie de ataques terroristas contra Israel y el Estado hebreo respondió con una ofensiva sobre la Franja de Gaza y después contra Hezbolá en Líbano. La crisis parecía estar precipitando la ruptura de Asad con Irán y, en sentido contrario, su consolidación dentro de la alianza entre Emiratos, Arabia Saudí e Israel y con apoyo occidental. Frente al apoyo parcial que Irán, Hezbolá y los hutíes estaban dando a Hamás en Palestina, Siria se puso de perfil. En parte por debilidad, y en parte por cálculo político, Asad permitió que Israel atacara las principales bases del Eje de la Resistencia, incluidos bombardeos aéreos e incluso una incursión de fuerzas especiales. Sin saberlo, Asad estaba sentenciando su destino, permitiendo la erradicación de su principal aliado mientras HTS ya ultimaba los detalles para su ofensiva.
A nivel interno, el miope cortejo internacional volvió a Asad complaciente, sin ninguna intención de reforma ni de ceder parte del poder, aunque fuera a una oposición cooptada. La población sufría por una economía hundida por las sanciones y la corrupción del régimen. La familia Asad se consagró a la producción y exportación de captagón, una droga estimulante que ha asolado Oriente Próximo, dejando miles de adictos. El negocio familiar llegó a mover más dinero que los presupuestos del Gobierno, mientras el 90% de la población vivía bajo el umbral de la pobreza. Los servicios básicos que Asad proveía en las zonas donde antes tenía apoyo social estaban bajo mínimos, e incluso en las regiones alauíes había cada vez más descontento. Un ejemplo fue la caída en desgracia del primo de Asad, que durante años había sido el hombre más rico del país, tras denunciar la mala situación económica. Antes de la ofensiva de HTS, los drusos también llevaban un año protestando en el sur del país contra el malestar político y social.
¿Qué depara el futuro para Siria?
La rápida desintegración del régimen sirio se debió a tres factores. Primero, la preparación de HTS, que durante años había creado una fuerza armada de élite y tejió lazos con todas las comunidades étnico-religiosas del norte de Siria. En segundo lugar, la debilidad de Asad, que había descuidado económicamente a la coalición sectaria sobre la que descansaba y que expandió la represión incluso a los alauíes en la costa. Finalmente, la destrucción de Hezbolá a manos de Israel impidió que la organización pudiera salvar al dictador, como sí hizo en 2013: frente a los 10.000 combatientes que envió entonces, en esta ocasión apenas pudo movilizar a 2.000 para intentar frenar el imparable avance de Al Yolani. Como en el pasado, Rusia recurrió a los bombardeos aéreos contra los rebeldes, pero fueron insuficientes para salvar a Asad ya que la mayoría de las ciudades se rendían sin oponer resistencia. El Grupo Wagner había sido esencial para los intereses del Kremlin en Siria, pero la purga tras el intento de golpe de Estado en Rusia y la debilidad asociada a la invasión de Ucrania impidieron que Putin pudiera hacer nada más.
A diferencia de los casos de Libia, Sudán y Yemen, donde el poder se ha fragmentado entre varios grupos armados, en Siria lo ostenta claramente HTS. Al Yolani actúa como presidente interino y ha ensombrecido al primer ministro de la transición, Mohamed al Bashir. Su voluntad de ceder o no el poder debería preocupar más que cuestiones de ortodoxia religiosa o de supuesta incompatibilidad entre la democracia y el islam. Por lo pronto, el Gobierno de Salvación Nacional ya ha anunciado que las elecciones no tendrían lugar hasta 2029.
Respecto al plano militar, incluso antes de tomar Damasco, Al Yolani ya había anunciado su intención de “disolver” HTS, o más bien fusionarla con el ejército y el Ministerio de Defensa. El resto de facciones rebeldes han sido invitadas a este proceso, especialmente las del sur, lo que puede ayudar a estabilizar la transición. Hasta ahora no ha habido actos de pillaje ni de violencia generalizados, y el trato con las minorías ha sido relativamente bueno. Por ejemplo, las celebraciones de Navidad se desarrollaron con normalidad, e incluso llegó a decretarse un festivo nacional los días 25 y 26.
Quienes podrían truncar la transición son los actores internacionales, como ya ocurrió a principios de la década pasada. Turquía quiere usar al Ejército Nacional para destruir a las Fuerzas Democráticas Sirias, una empresa de la que por el momento HTS se ha mantenido deliberadamente al margen. La violencia étnica entre árabes y kurdos en las dos mitades del Éufrates sería un grave fracaso y podría ser aprovechada por más países, como Rusia, que ya ha cooperado con las Fuerzas Democráticas Sirias en el pasado. Por lo pronto, la vuelta de Trump a la Casa Blanca confirma que tarde o temprano los kurdos necesitarán buscar aliados más allá de Estados Unidos si no quieren verse forzados a convertirse en refugiados de nuevo.
Mientras Rusia negocia su presencia en la costa, la otra derrotada en la nueva Siria ha sido Irán. El régimen iraní es consciente y estaría instigando violencia sectaria entre suníes y alauíes: a finales de diciembre tuvieron lugar choques entre comunidades religiosas vinculados a campañas de desinformación. A su vez, la rápida salida de Asad del país dejó en el país a buena parte de la cúpula del régimen: no tienen posibilidades de retomar el país, pero con miles de armas aún disponibles y apoyo exterior podrían arrastrar al país a nuevos episodios de violencia entre grupos étnicos. También lo hará Israel, que ya ha aprovechado el vacío de poder para justificar la destrucción de la flota aérea siria y anexionarse los Altos del Golán, mientras inicia contactos con los kurdos e incentiva una revuelta de los drusos para conseguir todavía más territorio. Por lo pronto, el primer ministro Benjamín Netanyahu ya ha anunciado su voluntad de aumentar el número de colonos en el Golán.
Recelosos del rol de terceros países, miles de sirios han celebrado la caída del régimen en todas las zonas del país. También parece que la figura de Al Yolani es valorada como hombre pío y humilde, además de sorprender dentro y fuera de casa por su astucia política. Los próximos meses serán claves para determinar si Siria consigue transitar una senda hacia la apertura política que hasta ahora ningún país que experimentó las revueltas árabes ha logrado recorrer. Un nuevo grafiti ha aparecido en Dará, en los mismos muros donde en 2011 unos adolescentes sembraron la semilla de la insurrección: “La historia ha acabado, el dictador ha huido y la revolución ha triunfado”.







