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20 mapas y gráficos para entender el coronavirus

Descripción del mapa

El coronavirus, o Covid-19, se ha convertido en la gran pandemia del siglo XXI y uno de los grandes eventos de nuestro tiempo. Porque un suceso así a escala global y de forma simultánea no se había producido en muchas décadas. Ni siquiera la crisis financiera del año 2008 tuvo un efecto contagio —valga la redundancia— tan rápido como lo ha tenido la expansión de este coronavirus, que entre los meses de enero y febrero de 2020 se extendió a buena parte del mundo. En ese día a día de confinamiento y alud de datos constantes, un buen ejercicio es contextualizar y entender el antes, el durante y el después de esta pandemia. Por eso nos hemos propuesto utilizar mapas, gráficos e infografías para tratar de entender mejor toda esta situación.

 

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Que el Covid-19 sea la gran epidemia de nuestro tiempo no significa que sea una epidemia de grandes proporciones. No, al menos, en los términos a los que el mundo estaba acostumbrado hasta hace bien poco. Y es que hasta décadas recientes, los brotes epidémicos acababan con cientos de miles o millones de personas —pensemos, también, en que vivía mucha menos gente en el planeta—. Y si nos remontamos siglos atrás, las grandes pandemias hacían auténticos estragos en la población de la época, como pudieron ser la peste negra medieval o la plaga de Justiniano en el Imperio bizantino.

 

Hasta donde sabemos, el brote epidémico de Covid-19 se originó en la ciudad de Wuhan, en el centro de China, y desde ahí se extendió tanto al resto del país como a medio mundo. Dentro de que esta urbe tiene más de 11 millones de habitantes, no está en una de las regiones con mayor densidad de población de China. La parte mala de la situación geográfica de Wuhan es que se trata de un nudo de comunicaciones entre los cuatro puntos cardinales del país, algo que influyó poderosamente en la expansión del virus a otras zonas del país asiático.

 

De China al resto del mundo y con unos patrones bastante sencillos: aquellos lugares más conectados con el resto del planeta fueron los primeros en importar casos. Y es que la distancia ya no se mide en kilómetros, sino en el tiempo que se tarda en llegar de un sitio a otro. Así, vecinos asiáticos como Corea del Sur o Japón, pero también países muy conectados con China, como Estados Unidos o distintas naciones europeas, fueron de los primeros en registrar casos. En estos destinos, la densidad de población en grandes ciudades ha jugado un papel crucial en la expansión del virus: a mayor urbanización, mayor propagación. Tiene sentido si consideramos que se trata de lugares con gente más concentrada y un mayor número de desplazamientos en transporte público de forma diaria, entre otros factores.

 

Por lo general, los grandes focos de contagio han sido los núcleos urbanos de cierto tamaño, pero los grandes castigados han sido las personas más mayores. Italia, por ejemplo, donde ya se suman más de 15.000 personas fallecidas, es el país más envejecido de Europa y el segundo del mundo. Así, y al igual que ocurre en otros países seriamente afectados, como España, la estructura demográfica se ha vuelto un factor fundamental en la mortalidad de la epidemia.

 

Pero el punto central de la lucha contra el coronavirus se encuentra en los sistemas sanitarios. Y dentro de estos, en dos variables clave: el personal y las camas. Aunque en muchos lugares se hayan tomado estrictas medidas de confinamiento para reducir el número de contagios, la facilidad con la que el Covid-19 pasa de una persona a otra lleva irremediablemente a que muchas de ellas acaben en los hospitales, por lo que la saturación de los sistemas de salud es una posibilidad real. Pero dentro de los países de la OCDE, mientras que los del norte de Europa tienen una proporción sustancial de trabajadores sanitarios, en el sur del continente andan peor dotados, y fuera del mismo, en América, la situación es todavía más precaria.

 

Desglosando la cuestión del personal sanitario, nos encontramos con el de enfermería, donde la situación, una vez más, es bastante desigual. Y es que en la gestión de una epidemia como la de Covid-19 es fundamental tener personal de enfermería suficiente para atender de forma eficiente a todos los pacientes. Si no, el personal puede acabar totalmente desbordado y los enfermos, desatendidos. Así, mientras países como Suiza, Noruega o Dinamarca poseen un ratio alto de enfermeros y enfermeras en relación a su población, en países como Italia o España esta proporción es tres veces inferior.

 

Si nos vamos al personal médico, el panorama está algo más igualado, pero siguen existiendo notables diferencias, especialmente entre los Estados europeos y los latinoamericanos —con la salvedad de Cuba, Argentina y Uruguay—. Con todo, se evidencia que la verdadera brecha no se encuentra tanto en los médicos sino en el personal de enfermería, ya que algunos países como Portugal tienen casi un médico por cada enfermero, mientras que en otros países este ratio prácticamente asciende a un médico por cada cuatro enfermeros.

 

La segunda cuestión fundamental es que los pacientes, además de ser atendidos por personal cualificado, necesitan un lugar donde recuperarse. Y ahí entran en juego las camas de hospital. Porque a menor número de camas de hospital en relación a la población, menos margen tienen los países para atender enfermos y más necesidad del famoso aplanamiento de la curva existe. Y echando un vistazo general a nivel mundial, de nuevo nos encontramos fuertes disparidades: mientras que los países asiáticos tienen buenos ratios de camas —incluso China, considerando su menor músculo económico per cápita—, las economías occidentales se sitúan en la zona media y las latinoamericanas presentan cifras que pueden convertirse en un problema futuro.

 

Si la situación de las camas la trasladamos a Europa, así es como queda región por región. Los países del sur, por lo general, están en peor situación que los del centro y este, aunque esta carestía también se da en las islas británicas y los países nórdicos y escandinavos. El único patrón destacable es que las regiones en las que se sitúa la capital casi siempre tienen un nivel igual o superior al del resto del país. Esto pasa en Portugal, Grecia, Rumanía, Hungría, Polonia o Lituania, y puede deberse, entre otros factores, a las mejores dotaciones que tradicionalmente han tenido las grandes ciudades —y especialmente las capitales— en relación a otras zonas.

 

Pero donde realmente está una de las claves es en las unidades de cuidados intensivos —también conocidas como UCI—, camas con equipamientos de mayor nivel orientadas a personas en una situación crítica o que requieren un nivel superior de cuidados. En el caso del Covid-19, al ser una enfermedad respiratoria, no es infrecuente que se generen complicaciones en muchos pacientes —sobre todo en aquellos más mayores, inmunodeprimidos o con otras patologías—. Por tanto, la capacidad de atender a personas en estado crítico o que empeoran es fundamental, y nuevamente no todos los países están abordando esta crisis con los mismos recursos.

 

Con todo, la crisis del coronavirus no recae en todos los países sobre los mismos hombros. Al menos, no en cuanto a sistema sanitario se refiere. Porque si bien en Europa la mayoría de países tienen un amplio sistema público de salud y una parte mayoritaria de las camas están adscritas a ese sistema, en otros lugares el avance de las clínicas y hospitales privados ha relegado al Estado a un plano minoritario. Por ejemplo en Alemania, a pesar de ser un país con ratios elevados de personal sanitario y camas de hospital —incluyendo UCI—, apenas un 40% de las camas están en el sistema público. Estos sistemas mixtos o ampliamente privatizados trasladan la cuestión a su vez al sistema de seguros sanitarios y al bolsillo del potencial paciente.

 

La capacidad de los sistemas sanitarios también está relacionada con otra cuestión que a menudo pasa desapercibida como es cuántos días está un paciente ingresado. Si llegan enfermos con mayor rapidez que salen aquellos que se recuperan, antes o después el sistema se saturará. Esta es la razón por la que en España se han levantado instalaciones sanitarias en grandes espacios o medicalizado hoteles, con la idea de que aquellos más leves puedan terminar de recuperarse en estos lugares y los hospitales queden para atender los casos más críticos. Así, dentro de la Unión Europea esa estancia media oscila entre 5 y 10 días en el caso de enfermedades respiratorias.

 

Hay que tener en cuenta que la cantidad de recursos en el sistema sanitario suele venir dada por la inversión que se hace en el mismo. Así, aquellos países con más camas y personal médico suelen haber destinado más gasto a la sanidad que aquellos peor dotados, y a su vez su población goza de mayor esperanza de vida o menos incidencia de enfermedades crónicas. Sin embargo hay una excepción llamativa: Estados Unidos. El país norteamericano es, con diferencia, el Estado de la OCDE que más recursos destina a sanidad, pero los resultados en este ámbito son muy pobres. Y es aquí donde el coronavirus ha encontrado una profunda grieta por la que hacer estragos.

 

Una de la grandes ventajas de los sistemas de bienestar europeos es que su sanidad cubre de forma gratuita a prácticamente toda la población. Esto permite que cualquier persona sea atendida si cae enferma. En Estados Unidos no ocurre lo mismo, ya que el sistema público es muy limitado, solo para aquellas personas con menos recursos; el resto debe contratar un seguro médico —o tener un empleo en el que este venga incluido— para tener una atención sanitaria aceptable. De lo contrario, puede verse ante la situación de tener que acudir a un hospital y a su salida encontrarse con una cuantiosa factura a deber.

 

No tener seguro médico no es tan extraño en el país. De hecho, en muchos estados entre un 10% y un 15% de la población carece del mismo, y en lugares como Texas más de un 15% de los habitantes no tiene ningún tipo de cobertura médica. Si esto ya es estructuralmente una situación preocupante, los millones de estadounidenses que han quedado desempleados en las últimas semanas también se exponen a quedarse sin la cobertura médica que les daba su trabajo.

 

Cómo ha enfrentado Estados Unidos esta pandemia ha sido llamativo: aunque los casos comenzaron a detectarse al mismo tiempo que en Corea del Sur, en el país asiático la curva está controlada y remitiendo, mientras que en el norteamericano parece crecer sin ningún tipo de control, especialmente en las áreas urbanas del este del país. La tardanza en tomar medidas por parte de las autoridades ha abocado al país a una situación complicada, ya que el riesgo de saturación de los hospitales es una posibilidad real si la curva no comienza a aplanarse.

 

Otro de los grandes problemas de esta crisis del Covid-19 es que se junta con los coletazos de la crisis surgida en el año 2008. Aunque se consideraba que muchos países europeos ya habían vuelto a un camino de estabilidad y crecimiento, la pandemia ha vuelto para golpear de lleno los frágiles cimientos. Así, amplias zonas del continente europeo perdieron riqueza durante la década entre 2007 y 2017, mientras que solamente Alemania, Austria y los países del este salieron como ganadores. Pero ahora nadie sabe a ciencia cierta cómo de profundo y duradero será el golpe.

 

Porque en una pandemia a escala mundial, uno de los sectores más perjudicados es el turismo. Y amplias zonas de la Unión Europea, como buena parte de España, el sur de Francia, Croacia o la mitad superior de Italia recibían decenas de millones de turistas al año, lo que motivaba que buena parte de su economía estuviese orientada a esas actividades. Por las restricciones a los viajes y el riesgo de contagio esas cifras se van a desplomar a casi cero, con todo el impacto que va a tener sobre esos territorios que vivían de recibir turistas.

 

Si a la caída en el PIB le sumamos el colapso de sectores como el turismo, el resultado es un aumento considerable del desempleo. Y aquí en la Unión Europea, una vez más no se llega en las mismas condiciones. Precisamente Italia y España, dos de los países más golpeados y que medidas más estrictas de confinamiento han impuesto —lo que repercute en una menor actividad económica—, son los que presentaban unas mayores tasas de desempleo, especialmente en su mitad sur. La crisis del Covid-19, al menos en el corto plazo, empeorará estas cifras.

 

Pero todo tiene solución en esta vida, también el coronavirus. Y una de ellas reside en la vacunación. Aunque todavía no se ha encontrado un remedio preventivo y numerosos laboratorios están trabajando en ello, en muchos países de Europa están habituados, tanto el sistema como la población, a que se desarrollen campañas de vacunación contra la gripe, sobre todo en aquellos sectores más expuestos. Así, cuando se encuentre la vacuna, tocará trasladarla a buena parte de la población para así evitar futuros brotes.

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