Lo que nos enseñó la Segunda Guerra Mundial

La Segunda Guerra Mundial dejó más de cincuenta millones de muertos y cambió el mundo para siempre. Pese al paso de las décadas, sus lecciones resuenan hoy en día. La más clara de todas: nadie escapa a lo internacional.
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Lo que nos enseñó la Segunda Guerra Mundial
Soldados estadounidenses de cara al desembarco de Normandía. Fuente: Comando de Historia y Patrimonio Naval (Wikimedia Commons)

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Tal día como hoy en 1939, la Alemania nazi de Adolf Hitler invadió Polonia: comenzaba la Segunda Guerra Mundial. El conflicto más mortífero de la historia redefinió el mundo para siempre, desde lo que entendemos por seguridad hasta las instituciones y potencias que rigen el planeta. La narrativa épica de los países vencedores —Estados Unidos, Rusia, Reino Unido y Francia— se ha encargado de presentar este conflicto como una lucha del bien contra el mal, del triunfo de la libertad frente al autoritarismo fascista. La Segunda Guerra Mundial es una lección, dicen: hay que mirar a la historia para no repetirla. 

Si bien puede ser cierta, la Segunda Guerra Mundial esconde muchas otras lecciones que la humanidad no termina de aprender. El auge de la ultraderecha, la indiferencia ante masacres como la de Gaza, la violación sistemática del derecho internacional o el impacto de lo global en lo cotidiano se explican, en buena medida, mirando a este conflicto. Un enfrentamiento que habla más de la naturaleza humana y de la complejidad de las relaciones internacionales, que de hasta dónde puede llegar la crueldad de un pintor frustrado. En un mundo cada vez más incierto y conflictivo, hemos estado repitiendo algunos errores. 

Que el fascismo tiene una fórmula de éxito para triunfar

La palabra “nazi” ha quedado en nuestro imaginario colectivo como la máxima expresión de la maldad. No es para menos: su autoritarismo, racismo fanático y, por supuesto, el exterminio de millones de personas suponen un legado de horror difícil de igualar. Sin embargo, también causan una gran fascinación: ¿cómo consiguieron los nazis convencer a miles de europeos de seguirlos fielmente? La respuesta es una fórmula que siguen replicando movimientos herederos de los fascismos de los años treinta por todo el planeta, aplicados a sus respectivos contextos: la suma de descontento, un otro al que culpar y la desinformación. 

Los fascismos surgen en sociedades descontentas. Las dificultades económicas, el desencanto con los sistemas políticos tradicionales, los cambios sociales y culturales o una suma de todo ello provocan un hastío en el que los fascismos se presentan como una alternativa atractiva. En primer lugar, porque tienen una narrativa aglutinadora en torno a una identidad común. Sus expresiones más claras son el nacionalismo y la superioridad racial o religiosa. Para ello se construye un relato mítico sobre los orígenes de ese pueblo, argumentos que justificarían esa superioridad. En un país como Alemania, que venía de décadas de cargar con la humillación de la derrota en la Primera Guerra Mundial, la culpa del Tratado de Versalles y la crisis económica, el relato de la superioridad aria y germana supuso reencontrar el orgullo.

Esa supuesta superioridad necesita un otro al que contraponerse. En el caso de los nazis, los judíos fueron señalados como causantes de todos los males de los alemanes. No sólo eso: se los deshumanizó hasta el punto de tratarlos como alimañas. Esos dos relatos, un pueblo virtuoso y superior frente a un malvado inferior, se propagan mediante la desinformación y la propaganda. Los nazis fueron precursores de estos métodos de convicción de masas. Sin ir más lejos, su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, enunció sus intenciones de forma clara: “Una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad”. Si a ello se suma la censura y la persecución a la intelectualidad y al pensamiento crítico, esas ideas se propagan y asientan con gran rapidez. 

El fascismo está viviendo una segunda vida en el siglo XXI. Expresado de múltiples formas, desde partidos y candidatos de ultraderecha como Donald Trump, la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, Alternativa para Alemania, el Gobierno de Benjamín Netanyahu en Israel o el BJP de Narendra Modi en India, hasta grupos más radicales como la alt-right estadounidense. Todos se alimentan de las dificultades económicas, del descontento con las élites tradicionales y de la incertidumbre que genera un mundo más complejo y conflictivo. También coinciden en ensalzar sus identidades, ya sea el nacionalismo, la raza blanca o religiones como el cristianismo o el hinduismo. También señalan a un otro culpable, principalmente la inmigración y la población musulmana. Pero también señalan a una élite política, ahora global, y a movimientos como el feminismo o el de los derechos LGTB. La fórmula es la misma y sigue funcionando.

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Que el mal es banal

Es imposible hablar de la Segunda Guerra Mundial sin pensar en el Holocausto. La muerte de cerca de siete millones de judíos, gitanos, homosexuales, personas con discapacidad y otros civiles es un gran trauma de la historia global. Los campos de concentración representan hasta qué punto el asesinato sistemático de personas puede institucionalizarse; un sistema que requiere planificación y la participación de toda una sociedad. ¿Cómo pudo pasar algo así? La respuesta, y otra gran lección de la Segunda Guerra Mundial, es que la indiferencia al horror es una característica que podemos compartir todos los seres humanos.

“El problema con Eichmann era precisamente que muchos eran como él: ni pervertidos ni sádicos, que eran, y siguen siendo, terrible y aterradoramente normales”. La filósofa judía Hannah Arendt, víctima del nazismo, acuñó la idea de la “banalidad del mal” presenciando el juicio a Adolf Eichmann, uno de los arquitectos de la “solución final”. Como observó Arendt, Eichmann no era un monstruo o un perturbado, sino un hombre que cumplía órdenes, que cometió crímenes de lesa humanidad porque pensaba que ese era su trabajo. Según su tesis, el mal puede convertirse en algo cotidiano, en una tarea más ante la que sentir indiferencia. Esto hace que horrores como el del Holocausto se puedan replicar con una rapidez pasmosa. 

No es una tesis alocada, porque los genocidios han seguido marcando la historia global. Están los casos de los años noventa: el genocidio de Ruanda de 1994, en el que 800.000 personas fueron asesinadas en apenas cien días, o la matanza de Srebrenica de 1995, en la que el general serbio Ratko Mladic ordenó la muerte de más de 8.000 bosnios musulmanes. También lo vemos en la actualidad, con el bloqueo y los ataques de Israel contra la Franja de Gaza. Desde el estallido del conflicto con Hamás en octubre de 2023, Israel ha asesinado a más de 40.000 palestinos. La devastación que sufre Gaza abre, además, una nueva tesis: haber sido víctima de un genocidio no te exime de cometer otro. Muchos israelíes descienden de víctimas del Holocausto, pero eso no les impide mirar a los palestinos como un otro al que colonizar, perseguir y matar.

Tanto el Holocausto como estos genocidios también prueban que no es una cuestión de información. Los Gobiernos británico y francés conocían la represión que sufría la población judía a manos de los nazis. Aunque fuera difícil creer que aquello derivaría en la solución final durante la guerra, eran conscientes de las ideas que defendía Hitler. Sin embargo, el motivo para declararle la guerra a Alemania no fue ese, sino la invasión de Polonia. Es decir, pesó más el riesgo de que la blitzkrieg nazi llegara a sus fronteras que la violencia que sufrían millones de judíos de otros países. Lo mismo ocurre con Estados Unidos. Hasta 1941, cuando los japoneses atacaron la base estadounidense de Pearl Harbor, Washington apostó por una postura aislacionista ante los horrores tanto de la Alemania nazi como del imperialismo japonés en Corea y China.

Hoy, la información sobre los crímenes que comete Israel en Gaza es diaria y constante. Vivimos rodeados de imágenes de esa violencia. Sin embargo, esto no ha forzado a las potencias a actuar de forma contundente. Más allá de la mediación por la que Estados Unidos trata de lograr un alto al fuego, su alianza con Israel sigue intacta. Washington sigue suministrando armas a su socio histórico y optando por una diplomacia suave, sin amenazar con medidas más rotundas como las sanciones o bloqueos. Por desgracia, igual que en 1939, en 2024 hacen falta más motivos que la crueldad para que las potencias se movilicen.

Que las armas definitivas crean mundos más inseguros

La Segunda Guerra Mundial tiene dos finales: la capitulación de Alemania y la rendición de Japón. El primero acabó con la amenaza del nazismo, pero el segundo inauguró un nuevo paradigma de seguridad global: la era nuclear. Los días 6 y 9 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó dos bombas nucleares sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, dejando más de 105.000 muertos y 94.000 heridos. La narrativa de los vencedores se encargaría de presentar ese crimen como un “mal necesario”. Los esfuerzos del Proyecto Manhattan habían dado fruto: Estados Unidos tenía el arma definitiva, la que podría terminar con todas las guerras. A cambio, sin embargo, heredamos un mundo terroríficamente inseguro. 

La paz nuclear es una paz tramposa. Hasta entonces, las guerras habían ido de la mano del desarrollo tecnológico. Del sable a la bayoneta, de los caballos a los aviones o de la dinamita al gas mostaza, el bando con más y mejores capacidades tendría más posibilidades de vencer. Pero Estados Unidos estableció el tope a ese desarrollo armamentístico creando la bomba nuclear. Pocos se atreven a confrontar a un país con un arma capaz de destruirlo todo. En los años siguientes de la Guerra Fría el objetivo sería perfeccionarlas y desarrollar otra más potente: la bomba de hidrógeno. También multiplicar el arsenal de cabezas nucleares. Esto llevó a que una guerra entre dos potencias nucleares implique la destrucción mutua asegurada y el fin de buena parte de la vida en el planeta. Ante un escenario así, la no agresión es la única opción.

Paradójicamente, la tensión nuclear asegura la paz entre potencias, pero no la paz global. Por un lado, multiplica los conflictos subsidiarios, es decir, aquellos en los que las potencias se enfrentan de forma indirecta contra o a través de otros actores. Las guerras de Vietnam, Corea o Afganistán son buenos ejemplos de ello. Por otro lado, la tensión nuclear dispara la peligrosidad de la guerra. Es el caso de India y Pakistán, dos potencias nucleares enemistadas con un conflicto abierto en la región de Cachemira. Una guerra entre ambas podría escalar a una catástrofe regional. Algo similar ocurre con Corea del Norte, cuya amenaza nuclear consolida un régimen hermético y dispara la tensión bélica en Asia oriental. También afecta a conflictos como el de Ucrania: la OTAN sólo puede ayudar a Ucrania con apoyo armamentístico y financiero, pues enfrentarse directamente con Rusia implicaría una escalada nuclear

El efecto disuasorio de las armas nucleares las hace atractivas. No obstante, el mundo pronto se dio cuenta de la peligrosidad de que todo el planeta tuviera al alcance un arma nuclear. Tras la crisis de los misiles de 1962, en la que Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron cerca de causar el holocausto nuclear, se redoblaron los esfuerzos para regular este nuevo armamento. De ahí nació el Tratado de No Proliferación Nuclear, por el que los países firmantes que no los poseían se comprometían a no desarrollarlos o comprarlos. Con todo, el arma nuclear sigue siendo atractiva. Israel la posee de forma no oficial, e Irán ha tratado de desarrollarla, incumpliendo el tratado. En un mundo cada vez más conflictivo y donde los países toman decisiones más egoístas, la no proliferación pende de un hilo. Por muy lejos que queden la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, la cuestión nuclear sigue determinando la seguridad global. 

Que la paz necesita instituciones fuertes, voluntad e incentivos

El gran legado de la Segunda Guerra Mundial es el orden internacional de Naciones Unidas. En 1945, previendo el final de la guerra, los líderes de Estados Unidos, el Reino Unido y la URSS se reunieron en Yalta y Potsdam para organizar el mundo de posguerra. Además del control de Alemania, una cosa quedó clara: hacía falta una nueva Sociedad de Naciones, pero esta vez más fuerte. La Conferencia de San Francisco de ese mismo año inauguró Naciones Unidas, cuyo objetivo principal sería el mismo de su predecesora: asegurar la paz global. Sin embargo, la ONU nació con un defecto de fábrica: la arquitectura de su organismo más importante, el Consejo de Seguridad, encargado de hacer cumplir ese mandato.

Las potencias ganadoras del conflicto —Estados Unidos, la URSS, el Reino Unido, Francia y en menor medida China— se convirtieron en sus miembros permanentes con poder de veto. Establecían así un sistema desigual, que salvaguardaba sus intereses estratégicos y dificultaba el mantenimiento de la paz si atentaba contra estos. Con todo, Naciones Unidas funcionó relativamente bien en sus primeros años. Especialmente en la descolonización: reguló el proceso y permitió a las naciones recién independizadas tener voz y voto en la Asamblea General. Sin embargo, casi ochenta años después de su creación, esa participación se les queda corta a muchos países. Brasil o India han solicitado ser miembros permanentes del Consejo. Sin embargo, el debate sobre su reforma lleva décadas atascado y sin vistas a cambiar.

Ahora Naciones Unidas se está volviendo irrelevante. No ha evitado los conflictos de Siria, Yemen, Ucrania o Gaza, lo que cuestiona su capacidad para asegurar la paz, y pese a tener misiones por todo el mundo ha perdido peso como mediador en guerras. Los casos más claros son Ucrania y Gaza, donde la ONU tiene una presencia secundaria. Esto también afecta a sus agencias. Varios países suspendieron este año la financiación de la UNRWA, la agencia para los refugiados palestinos, porque Israel denunció que algunos trabajadores supuestamente habían participado en los ataques de Hamás. Todo esto evidencia que el derecho internacional se ha debilitado. Los países se sienten más impunes, más capaces de hacer valer sus intereses sin consecuencias. Irremediablemente, eso lleva a un mundo más competitivo y peligroso. 

No obstante, el modelo de Naciones Unidas no es el único modelo de paz que heredamos de la Segunda Guerra Mundial. La Unión Europea, que nació del acuerdo de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero en 1951, es un ejemplo mucho más exitoso. Impulsado por el ministro de Exteriores francés, Robert Schumann, el proyecto de un mercado común europeo surgió de la necesidad de cooperación entre países devastados por la guerra. Décadas después, la Unión Europea es un proyecto económico y político que ha conseguido asegurar setenta años de paz en una región antes acostumbrada al conflicto.

Como en la ONU, en la Unión Europea hay países más poderosos que otros. El eje francoalemán es central para el proyecto europeo. Sin embargo, no se asienta sobre un modelo tan rígido y desigual. Los Veintisiete tienen la misma capacidad de decisión sobre los asuntos de la Unión, sus partidos cooperan y existe la capacidad de influir y transformarla. Esa perspectiva, junto a las ventajas del mercado común, es un incentivo atractivo para los países comunitarios, en especial después de que las opciones euroescépticas como el brexit del Reino Unido hayan probado ser un fracaso. Así, la paz ha probado ser más estable cuando aúna espacios para la cooperación y espacios para el poder geopolítico y los intereses estatales.  

Que nadie escapa a lo internacional

Resulta obvio, pero la principal característica de la Segunda Guerra Mundial es que fue, efectivamente, global. Esto no sólo implica que los frentes de combate estuvieran repartidos por los cinco continentes, sino que nadie escapó a sus efectos. Ya sea porque fueran países combatientes, porque apoyaran a un bando con armas y diplomacia, porque los combates llegaran a sus fronteras o porque el conflicto catapultara sus disputas internas o independencias, la Segunda Guerra Mundial afectó a todos. Incluso a aquellos que se resistieron a participar. El caso de Estados Unidos es paradigmático. Hasta 1941 se resistió a involucrarse, encerrado en un aislacionismo demandado por la población. En cuanto entró por el ataque japonés a Pearl Harbor, su participación resultó tan determinante que la aupó como principal potencia global. 

Si bien los conflictos actuales son mucho más limitados, sus efectos se han globalizado. La guerra de Ucrania ha redefinido la política exterior de los países de OTAN, China o India. También ha causado una crisis energética y otra alimentaria, ante los bloqueos al gas ruso y las exportaciones de grano ucraniano. La guerra en Gaza ha provocado sabotajes de los hutíes a barcos en el mar Rojo, que bloquearon parte del comercio global y dispararon los precios. Así, lo que ocurre en una parte del planeta termina afectando de una forma u otra al resto. Esto fuerza a los países a tomar partido, a posicionarse: ya sea apoyando a un bando o apostando por equilibrios imposibles que aseguren una equidistancia. Lo deseen o no, el aislacionismo y la neutralidad en un mundo globalizado han dejado de ser una opción.

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III. Me interesa la política internacional, la geopolítica de los recursos, las nuevas tecnologías y la cultura.

1 comentario

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    Christian Cardenal Budde

    ¡Bravo! Me ha encantado. Muchas gracias.

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