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Estados Unidos en Vietnam, Francia en Argelia o la Unión Soviética en Afganistán: varias potencias nucleares han perdido guerras, pero no por ello han usado la bomba. Cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, comentó en febrero un hipotético despliegue de tropas de la OTAN en Ucrania, Vladímir Putin dejó ver que Rusia respondería con armas nucleares. La semana pasada repitió la amenaza de cara a su reelección presidencial. Unos documentos filtrados en el Financial Times también revelan que Moscú lleva una década contemplando escenarios para usar armas nucleares tácticas, y hay indicios de que podría lanzar un arma nuclear al espacio.
Pese a todo, Rusia no usará armas nucleares. Putin tendría que ir más allá de un ataque simbólico, pero no hasta otro tan intenso que provocara una respuesta de la OTAN. El secretario general de la Alianza ya ha advertido que esta sería “severa”. Como mínimo se reavivaría la entrega de material a Ucrania. Por ejemplo, más munición de largo alcance o los esperados aviones de combate F-16. De hecho, la Unión Europea ya ha acordado inyectar otros 5.000 millones de euros a la asistencia militar. Así, cualquier respuesta acabaría perjudicando a las fuerzas rusas.
Más costes que beneficios
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