Marine Le Pen ha sido una de las grandes ganadoras de las elecciones europeas: su partido, la Agrupación Nacional, ha arrasado en Francia. La líder ultraderechista ha sabido reunir el descontento contra el Gobierno de Emmanuel Macron, que ha adelantado las elecciones legislativas, y el nacionalismo francés contra las decisiones que se toman en Bruselas. Pero su éxito, que la encamina hacia la presidencia en 2027, no es sólo el de su formación, sino al que la “Nueva Derecha” lleva aspirando durante décadas.
La Nueva Derecha ya no es nueva, pero en los últimos años ha sido la corriente de pensamiento más innovadora de la ultraderecha. Nacida en la Francia de finales de los años sesenta, su objetivo era revivir esta esfera política, en descomposición tras la Segunda Guerra Mundial. Como ya hicieran otras fuerzas radicales, la Nueva Derecha se apropió del lenguaje y las luchas de la izquierda para crear un nuevo híbrido rompedor. Conservador y antiliberal, hábilmente camuflado, su líder Alain de Benoist puso en jaque los principios básicos de nuestra sociedad: el igualitarismo e incluso los derechos humanos.
Si hoy la ultraderecha global promueve la rebeldía frente a la “dictadura del pensamiento único”, esta idea ya brotaba de la pluma del líder de la Nueva Derecha allá por 1970. De Benoist también apostó por el activismo cultural frente a la militancia. Hoy en día la ultraderecha tiene distintas ramas, como muestra su división en el Parlamento Europeo, pero ninguno de sus partidos descuida el frente de la “batalla cultural”. Desde Madrid hasta Budapest, pasando por Le Pen, forman parte de una tendencia internacional.
Del estigma a apropiarse del pensamiento de izquierda
La Nueva Derecha nació en torno a 1968 con un propósito freudiano: matar al padre. El Mayo francés, movimiento social y estudiantil de carácter marxista y libertario, acorralaba al conservadurismo. La derecha se sentía estigmatizada, y para el joven filósofo Alain de Benoist la extrema derecha estaba a...