Oppenheimer, la película de Christopher Nolan, es fiel a la realidad en un detalle: la ausencia de sonido de una explosión nuclear. Los testimonios de muchos supervivientes de Hiroshima insistían en ese silencio, como recogió John Hersey en su famoso reportaje para la revista The New Yorker en 1946. Las víctimas describen un tremendo fogonazo y, segundos después, una ola caliente que arrasa con todo.
Aquel destello silencioso se llevó, según las estimaciones más modernas, 140.000 vidas en Hiroshima y 70.000 más en Nagasaki, un acto que encaja con la definición de un crimen de lesa humanidad. Estados Unidos ha defendido su decisión como un mal necesario que salvó muchas más vidas de las que quitó y les ahorró una dura campaña para invadir Japón.
Pero lo cierto es que los ataques de Hiroshima y Nagasaki salvaron, además de muchas vidas estadounidenses, todavía más vidas japonesas, soviéticas y chinas. Aunque la decisión no fuera defendible moralmente, desde el punto de vista de Estados Unidos sí parecía la forma más efectiva de acabar con la guerra y de asegurarse la hegemonía geopolítica en la posguerra.
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