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“Naciones Unidas no se creó para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”. Pocos han descrito la misión de la ONU de forma tan precisa como su segundo secretario general, el sueco Dag Hammarskjöld. Sin embargo, la guerra de Ucrania pone en cuestión sus palabras. La eficacia de la organización se ha debatido desde que se fundó, pero este nuevo conflicto ha devuelto la guerra entre Estados al sistema internacional. Y Rusia, el agresor, encima es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.
Aunque la ONU está en la guerra de Ucrania, por ejemplo, a través de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, su rol como mediador ha sido muy limitado. Tampoco pudo frenar otras guerras, como las de Siria o Yemen, o hacer frente a crisis como la de Afganistán con el regreso del régimen talibán o las violaciones de derechos humanos en la provincia china de Xinjiang. La ONU corre el riesgo de volverse irrelevante, y eso nos dejará más desprotegidos frente al infierno del que hablaba Hammarskjöld.
El eterno problema del veto
Las críticas a la ONU no son nuevas. Desde su fundación en 1945, el Consejo de Seguridad tiene cinco miembros permanentes con derecho de veto: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y el Reino Unido. De este modo, el órgano encargado de la seguridad mundial está supeditado a sus intereses. Esto siempre ha chocado con el principio de igualdad soberana que la organización promueve, pero se hace más evidente cuando uno de ellos viola el derecho internacional. Además, la estructura de la ONU tampoco refleja el ascenso de países como India, con una economía mayor a la británica, y mina el peso de África, Oriente Próximo o Latinoamérica.
La guerra de Ucrania confirma los obstáculos desde el Consejo de Seguridad: cualquier operación coordinada desde Naciones Unidas tendría el veto de Rusia. De hecho, Moscú asumió la presidencia rotatoria del Consejo en abril a pesar del conflicto. Dentro de la ONU solo queda espacio para las resoluci...
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