“Naciones Unidas no se creó para llevarnos al cielo, sino para salvarnos del infierno”. Pocos han descrito la misión de la ONU de forma tan precisa como su segundo secretario general, el sueco Dag Hammarskjöld. Sin embargo, la guerra de Ucrania pone en cuestión sus palabras. La eficacia de la organización se ha debatido desde que se fundó, pero este nuevo conflicto ha devuelto la guerra entre Estados al sistema internacional. Y Rusia, el agresor, encima es uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.
Aunque la ONU está en la guerra de Ucrania, por ejemplo, a través de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, su rol como mediador ha sido muy limitado. Tampoco pudo frenar otras guerras, como las de Siria o Yemen, o hacer frente a crisis como la de Afganistán con el regreso del régimen talibán o las violaciones de derechos humanos en la provincia china de Xinjiang. La ONU corre el riesgo de volverse irrelevante, y eso nos dejará más desprotegidos frente al infierno del que hablaba Hammarskjöld.
El eterno problema del veto
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