La Grecia de la Edad Antigua es considerada a menudo la cuna de Europa. Sin embargo, hoy en día está lejos del centro político, económico y cultural del continente. Con el tiempo se ha convertido en un Estado fronterizo entre Europa y lo que geográfica y políticamente concebimos como Asia; en un país de paso entre Oriente Próximo y Europa. En ese sentido, el mapa de la geopolítica de Grecia está marcada por esta posición de paso y las presiones provenientes de la vecina Turquía, su rival histórico.
Grecia está conformada por la parte meridional de la península de los Balcanes, que incluye la península del Peloponeso y unas 1.400 islas, de las que solamente 227 se encuentran habitadas. Entre ellas destaca Creta, origen de la civilización minoica, una de las primeras civilizaciones europeas. Esta estrecha relación con el mar ha provocado que Grecia se haya constituido como una nación marítima, con una de las líneas de costa más largas del mundo y en una posición geopolítica complicada debido a numerosas disputas sobre el mapa con Turquía.
Su gran número de islas, su clima mediterráneo y su rico patrimonio cultural han hecho del país heleno una potencia turística mundial, siendo uno de los países más visitados del mundo, lo que también ha provocado una considerable dependencia económica el sector, con un alto porcentaje del empleo y del PIB proporcionados por el turismo. Sin embargo, y aunque Grecia ha logrado un equilibrio entre el turismo cultural y el de sol y playa, la región más visitada del país es la península Calcídica —al norte, en la región de Salónica—, estrechamente vinculada con el sol y playa y con varios millones de turistas por encima de Atenas, el destino más eminentemente cultural. De cualquier modo, el turismo es un recurso de gran valor para estructurar Grecia, ya que da oportunidades a los territorios lejos de Atenas, y sobre todo a las numerosas islas que de otro modo estarían aisladas y sin oportunidades.
Con todo, el peso económico, político y demográfico del país recae en Atenas y su región (Ática), donde se concentra casi la mitad del PIB de todo el país y algo más de un tercio de la población. Esto provoca una macrocefalia ateniense que afecta a la práctica totalidad del país.
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Si hay un evento geopolítico que haya marcado la historia reciente de Grecia, este es su enfrentamiento con Turquía —o su antecesor otomano—, del que se independizó en 1821 y con el que siguió luchando hasta configurar sus fronteras actuales tras la Primera Guerra Mundial, aunque la anexión del Dodecaneso tuvo que esperar al final de la Segunda Guerra Mundial. En el periodo de entreguerras se acordó un intercambio de población entre Grecia y Turquía, basado fundamentalmente en cuestiones religiosas, lo que supuso la expulsión forzosa de muchas comunidades griegas musulmanas (incluyendo a griegos étnicos como los vallahades) y la recepción de otras turcas cristianas. De este intercambio quedaron excluidas la Tracia turca, donde se encuentran Estambul y el patriarcado ortodoxo, y la Tracia griega, que había sido recientemente anexionada.
De esta anomalía ha quedado una importante minoría religiosa en el norte de Grecia, que representa alrededor del 50% de la población en las prefecturas de Xanthi y Komotini. Esta minoría está compuesta por turcos, pomacos y gitanos musulmanes, principalmente —aunque existen otras minorías todavía más reducidas—, y es politizada por el Gobierno turco para influir en Grecia y para criticar a su adversario. Esto también supone una base para el irredentismo turco, algo que Ankara pretende nutrir con el poderoso músculo cultural que posee. De hecho, el miedo a que esta minoría pudiese ser politizada aún más por parte de Turquía llevó a que la ley islámica siguiese siendo la fuente de derecho para las comunidades musulmanas de Grecia hasta 2019, cuando un caso llegó al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. No obstante, sigue siendo válida si las dos partes están de acuerdo con regirse por la ley islámica.
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Los acuerdos entre Grecia y Turquía fueron anteriores al Derecho del mar, cuando todas las aguas eras internacionales. No obstante, desde entonces, las aguas territoriales y las zonas económicas exclusivas se han ido incrementando progresivamente, lo que ha dado a Grecia la potestad de hacerse con el control del Egeo al poseer la inmensa mayoría de las islas, muchas de ellas a escasa distancia de la costa continental turca. Ambos países extendieron sus aguas territoriales 6 millas náuticas, pero Turquía no ha ratificado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, por lo que no reconoce la legislación internacional al respecto, y Grecia ha evitado extender sus aguas territoriales y su zona económica exclusiva para evitar conflictos. Sin embargo, Turquía sí que ha aplicado el Derecho del mar en aquellos casos que le ha sido favorable.
En el Egeo Turquía se ha aferrado a una interpretación interesada del Derecho del mar para revindicar la mitad de las aguas, aduciendo que al ser plataforma continental, las aguas deben de dividirse desde la línea de costa de los continentes, aunque sí que acepta seis millas náuticas de aguas territoriales para cada isla. El problema de esta interpretación es que mezcla el concepto cultural de continente con el concepto geológico, que es el que se aplica para hablar de plataformas continentales. Así, el mapa de la geopolítica del Egeo ha quedado dividido entre las reclamaciones de Turquía y las posesiones de Grecia.
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Estas disputas con Turquía han llevado a que Grecia tenga una de las mayores flotas de Europa y el Mediterráneo, comparable a las de España o Italia, haciendo del país un elemento fundamental de la geopolítica de dicho mar. Es, además, sede secundaria de la Sexta Flota de Estados Unidos, situada en Creta. También influye que Grecia ha bloqueado cualquier intento de Turquía de acceder a la Unión Europea, causa última del reciente giro autoritario e islamista de Erdogan.
La posición de Grecia les ha llevado a ser también un lugar clave de paso para los migrantes que se dirigen a Europa central. De igual manera, y como parte del espacio Schengen, Grecia actúa como frontera exterior de Europa, y es también el país que debe lidiar con el reto de la migración masiva, especialmente desde el derrumbe de Siria. Esto ha provocado que el país tenga que lidiar con un inmenso problema de asilo desde hace más de un lustro. Debido a esto, en Grecia existen decenas de campos de refugiados, aunque los más grandes son los llamados centros de recepción de inmigrantes, situados en las islas frente a las costas turcas. Estos lugares son el punto de llegada para los inmigrantes irregulares a Europa a través del Egeo, desde donde —en teoría— son trasladados a Atenas y el resto de la Grecia continental antes de continuar su camino.
Pese a la importancia política de las minorías musulmanas, Grecia ha construido la idea de su nación en base al cristianismo ortodoxo, y que de hecho fue clave para asimilar a las inmensas comunidades arbanitas (albaneses ortodoxos) que habitaban Grecia en el momento de su independencia. De aquella importancia de la ortodoxia queda un punto clave en el mapa de la geopolítica de Grecia: el Monte Athos, un Estado dentro del Estado griego; una teocracia que está fuera de la Unión Europea pese a estar dentro de Grecia. Una anomalía con gran poder sobre el cristianismo ortodoxo, y que Rusia, como gran potencia ortodoxa, ha intentado poner en su órbita.
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