Suscríbete

¿Estamos ante el declive de Occidente?

Estados Unidos y Europa temen perder su dominio internacional en favor de China y otras potencias, pero la causa será su colapso interno

Esta funcionalidad está reservada a suscriptores. Suscríbete por solo 5€ al mes.Guardar artículo

“El colapso de la hegemonía occidental es irreversible”. No sorprende oír una frase así de la boca de Vladímir Putin. El presidente ruso lleva años criticando el poder occidental y concibe la guerra de Ucrania como un conflicto contra Europa y Estados Unidos, aliados en la OTAN. Sin embargo, puede que no haya otro lugar donde se hable más de la decadencia de Occidente que en el propio Occidente. Cuando la historia se narra como una sucesión de órdenes e imperios que nacen y mueren, es inevitable imaginar el fin del actual. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la crisis económica de 2008 o el auge de China se observan como pistas que nos anuncian lo inevitable.

Pero, ¿qué significa exactamente el declive de Occidente? ¿Está ocurriendo realmente? Puede ser la pérdida de poder militar y económico en favor de potencias emergentes como China o India. También el deterioro de su sistema de valores, con el liberalismo y la democracia como máximos exponentes. Pero en los dos ámbitos el bloque occidental sigue manteniendo la influencia suficiente como para poner en duda su final. La guerra tecnológica y comercial con China es el mejor ejemplo de las medidas que ha tomado Estados Unidos para asegurar su primacía global. Sin embargo, como con otros imperios en la historia, es más probable que la causa del colapso no sea una amenaza externa, sino la suma de problemas internos.

Estados Unidos: el líder de un mundo multipolar

Hablar del declive de Occidente es, en realidad, hablar del declive de Estados Unidos. Aunque el bloque representa a un grupo de países repartidos por Europa, Norteamérica y Oceanía, todas las miradas están sobre su país más poderoso. Estados Unidos es la primera economía del mundo, acapara más del 25% del PIB global, y la primera potencia militar, con un gasto en defensa que representa casi el 39% del total y un armamento y fuerzas armadas de gran variedad y alcance global. Aunque la economía europea tiene un peso nada desdeñable y países como Francia o el Reino Unido también cuentan con ejércitos poderosos y capacidades nucleares, la superioridad estadounidense les ha relegado a una influencia desigual y limitada.

Estados Unidos se consolidó como gran potencia tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991. El famoso “fin de la historia” anunciado por el politólogo Francis Fukuyama llegaba en forma de un sistema global unipolar, capitalista y aparentemente multilateral. Mientras los países dialogaban en Naciones Unidas, Washington ejercía de policía internacional: los que incumplieran las normas o contravinieran sus intereses se enfrentaban, en el mejor caso, a sanciones económicas o bloqueos, y en el peor, a una invasión.

Fue el caso de Cuba o Venezuela, cuyas diferencias ideológicas con Washington han motivado bloqueos comerciales, o de Irak, que Estados Unidos invadió de forma ilegal en 2003 bajo la falsa excusa de que el régimen de Sadam Huseín poseía armas de destrucción masiva. Ya entonces se empezó a teorizar cuál sería el próximo desafío a la hegemonía occidental: ¿otras potencias?, ¿el terrorismo?, ¿el ciberespacio? Todos ellos podían debilitar el dominio estadounidense, pero no necesariamente hundirlo.

Por el camino, países como India, Brasil, Turquía, Irán o Arabia Saudí han ganado el suficiente peso geopolítico como para convertirse en potencias medias. Si bien no igualan a Estados Unidos a nivel global, sí concentran el suficiente poder regional como para que sus intereses sean tenidos en cuenta. En cambio, China sí plantea un reto mayor. Su espectacular desarrollo económico de las últimas décadas la ha catapultado a la primera línea de la competición geopolítica. 

China, la segunda economía del mundo, es un gigante comercial y productivo. Alberga materias primas esenciales para el futuro de la humanidad y planea dominar tecnologías estratégicas como los chips, las energías renovables o la inteligencia artificial. También tiene sus propios planes de expansión geopolítica: la Nueva Ruta de la Seda, los planes para recuperar Taiwán o los conflictos con sus vecinos en el mar del sur de China. Las dos potencias ahora compiten en guerras comerciales y tecnológicas, tanto por aumentar su poder como por evitar que el otro les coma terreno.

En este escenario multipolar, Estados Unidos ha perdido poder, algo que podría encajar en la idea del declive de Occidente, pero no tanto como podría parecer. El resto de potencias también tienen retos por delante. Algunas como India arrastran problemas de pobreza y desigualdad estructurales que les impiden crecer todo lo que querrían. Por su parte, China ha visto cómo su crecimiento económico se ha ralentizado, amenazado por la crisis de su sector inmobiliario o por sus problemas de natalidad. Tampoco posee una fuerza militar tan desarrollada como la estadounidense o una moneda tan potente como el dólar. Por no hablar de que su estrategia de la Nueva Ruta de la Seda no le está reportando todos los beneficios que podría. Así, aunque el poder esté más repartido, Estados Unidos mantiene su supremacía global.

El declive de un mundo construido por Occidente

El poder geopolítico de un país también se mide por la fuerza de sus ideas. Las de Occidente son la defensa de la economía de mercado, la democracia o la libertad individual. Cuando terminó la Guerra Fría, el modelo que representaba Estados Unidos triunfó no sólo por la descomposición soviética, sino porque los antiguos miembros del Bloque del Este adoptaron el capitalismo e instauraron modelos democráticos. Las oleadas de democratización de la segunda mitad de siglo y la expansión del modelo capitalista no sólo fueron clave para esos países, sino que contribuyeron a consolidar la hegemonía estadounidense.

“Al adherirse a la Organización Mundial del Comercio, China no sólo acepta importar más productos nuestros. Está aceptando importar uno de los valores más preciados de la democracia: la libertad económica”. Estas palabras del entonces presidente estadounidense Bill Clinton en el 2000 son paradigmáticas de una creencia que se extendió como un dogma a principios de siglo: abrazar el capitalismo llevaría tarde o temprano a adoptar la democracia.

Sin embargo, casi medio siglo después de que el líder chino Deng Xiaoping promulgara la apertura a la economía de mercado, el gigante asiático sigue siendo un país autoritario. Incluso el Partido Comunista ha reforzado su control y censura sobre la vida pública. Ocurre lo mismo con otras autocracias donde hay un gran bienestar capitalista, como las monarquías del Golfo o países del sudeste asiático aliados de Estados Unidos. Aunque europeos y estadounidenses se dicen defensores de la democracia, comercian y colaboran con regímenes autoritarios.

Publicar artículos en profundidad es posible gracias a quienes apoyan la divulgación internacional.

Esa hipocresía de Occidente se extiende al respeto al derecho internacional y al multilateralismo. Las potencias occidentales no han predicado con el ejemplo en el respeto a las normas: la invasión de Irak o, más recientemente, la inacción ante la invasión de Azerbaiyán al Alto Karabaj y la tibieza ante la matanza de Israel contra palestinos en Gaza son prueba de ello. Esa hipocresía no sólo debilita el sistema internacional sustentado sobre esos valores occidentales, sino que debilita la propia credibilidad del bloque. Y sin esa credibilidad, su influencia entra en declive.

Durante la pandemia, se llegó a argumentar que las autocracias como China gestionan mejor las crisis que las democracias. Es una afirmación controvertida, en especial después de que el confinamiento chino durase mucho más que el del resto del mundo, pero plantea un dilema sobre el declive de los valores occidentales. Si bien China no busca activamente promover su modelo político, sí que predica con el ejemplo. Consigue lanzar el mensaje de que si hay bienestar material, seguridad y prosperidad, es factible que un régimen, sea cual sea, se perpetúe en el tiempo. Una prueba de ello es El Salvador gobernado por Nayib Bukele. Pese al retroceso democrático que ha supuesto su lucha contra las maras, la seguridad conseguida le ha aupado a las cimas de la popularidad entre los salvadoreños.

Con todo, los valores de democracia y libertad que Occidente representa no han dejado de ser atractivos. Prueba de ello es el miedo al deterioro democrático en distintos lugares. Los dos casos más evidentes también están relacionados con China. Tanto Hong Kong, cada vez más controlado por Pekín, como Taiwán, atrincherado en su escudo de semiconductores y el apoyo estadounidense, se resisten a perder sus libertades. Por otro lado, al presentarse como máximo defensor de la democracia, Estados Unidos se arriesga a que su pérdida de poder geopolítico se asocie con una crisis de la democracia global. Por eso mismo, es interesante que Japón, India o Corea sean reacios a verla como un valor exclusivamente occidental. Cada uno, con sus debilidades y fortalezas, pueden contribuir a preservar la democracia.

Pero el temor al fin de la democracia no basta para evitar su declive. Las recientes elecciones legislativas en Francia dan cuenta de ello. El cordón sanitario a la ultraderecha mediante la unión de la izquierda en el Frente Popular y el voto estratégico fue todo un éxito electoral. Sin embargo, eso no implica que esa estrategia de reacción vaya a resistir el récord de diputados de la Agrupación Nacional y la candidatura presidencial de Marine Le Pen en 2027. Los sistemas democráticos deben asegurar el bienestar material de sus ciudadanos y un proyecto de futuro en el que creer; si no, no podrán escapar a la deriva autoritaria. 

El declive de Occidente vendrá desde dentro

El verdadero declive de Occidente vendrá de su colapso interno, no de una amenaza exterior. Ese proceso ha sido una constante histórica: la conflictividad social, el auge de nuevas fuerzas e ideas o el agotamiento del sistema ha favorecido que las potencias implosionen. Al mismo tiempo, las ha hecho más vulnerables ante invasiones o guerras externas.

Está extendida la idea de que el Imperio romano cayó por las invasiones bárbaras, pero en realidad factores como la desintegración política, el declive económico o la transformación cultural a lo largo de varios siglos fueron claves. El Imperio chino se cerró en sí mismo desde el siglo XV, privándose de herramientas necesarias, como una armada potente, para combatir a los imperios europeos. Ya en el siglo XX, estos últimos tampoco pudieron escapar a su fragilidad interna. El pulso del nacionalismo, el comunismo o el anticolonialismo acabó con los imperios austrohúngaro, ruso, británico o francés. Sólo unas décadas después, la crisis económica y el estancamiento político terminaron desintegrando a la Unión Soviética.

Estados Unidos y Europa tienen grandes debilidades internas. Sus sociedades están cada vez más polarizadas y envejecidas, lo que hace más proclives al conflicto, la desconfianza y a una política exterior cortoplacista. La muestra más clara es el auge de la derecha radical con líderes como Donald Trump, Marine Le Pen, Viktor Orbán, Santiago Abascal o Nigel Farage. Estos partidos entienden Occidente desde una visión más racial y cultural: deben proteger a sus sociedades blancas, cristianas y ricas de la migración que favorece la globalización. Un proteccionismo que amenaza con estancar sus economías, privadas del talento y la mano de obra externa. El caso de Hungría es claro: las leyes antimigratorias y la promoción de la natalidad húngara que plantea el Gobierno de Orbán no auguran buenos resultados en ese sentido.

Por otro lado, la creciente polarización amenaza con desatar conflictos sociales o incluso cambios de régimen. Estados Unidos es un claro candidato. El asalto al Capitolio, la derogación de derechos como el aborto o la epidemia de adicción a los opioides muestran un sistema deteriorado y en retroceso democrático. A esto se suma la crisis del Partido Demócrata, sin grandes alternativas a la candidatura de Joe Biden. Como en la Unión Soviética, la gerontocracia que representan Trump y Biden es otra señal del declive estadounidense. El académico Peter Turchin incluso augura una guerra civil en los próximos años. Según su análisis, el empobrecimiento, la creciente desigualdad y la aspiración al poder de élites como las trumpistas conducirán al conflicto. Ese hecho amenaza más la primacía occidental que el auge de China.

La hegemonía de Occidente se fundamenta en su fuerza militar, económica e ideológica. Mantener ejércitos y armamentos poderosos, mercados atractivos e innovadores y un sistema de valores democráticos es fundamental para preservar esa primacía. El auge de China, la guerra tecnológica o los conflictos internacionales pueden afectar cualquiera de esas áreas de poder, pero el colapso interno es capaz de borrar las tres de una sentada. A la espera de ese potencial conflicto, las potencias revisionistas ganan argumentos: la debilidad occidental será una prueba más de que su sistema no funciona. No sólo perderán poder duro, sino la capacidad de presentarse como un ideal a seguir.

Como otras potencias anteriores, Estados Unidos teme que el fin de su hegemonía venga del exterior. Mientras se afana por competir con China, combatir el terrorismo internacional o asegurar sus mercados, desatiende su fragilidad interna. En su lucha por preservar la hegemonía, Estados Unidos ignora por tanto un problema mucho más acuciante: la supervivencia. No sólo de su integridad estatal, sino del modelo internacional que dice defender. Así, Occidente en su conjunto tiene una doble tarea: cuidar sus sistemas internos para poder predicar con el ejemplo y ayudar a consolidar un mundo que se sostenga sobre los valores de la defensa de la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos. No para que éste sirva a sus intereses, sino porque sea esa la convivencia universal hacia la que quieran caminar.

1 comentario

  1. Expandir comentario
    César Pérez Herrero

    Me parece interesante analizar las posibles consecuencias del reciente atentado contra Trump con la perspectiva empleada en este artículo. Un saludo.

El plazo para comentar ha finalizado.