2023 se presentaba como un año esperanzador para la economía china. Tras años de estancamiento por la pandemia, el final de la política de “cero covid” hacía presagiar su recuperación. Sin los estrictos confinamientos, la reactivación de la actividad productiva volvería a impulsar el crecimiento económico del país. Los datos del primer trimestre invitaban al optimismo: el PIB creció por encima de las previsiones y el consumo aumentó un 10,6% con respecto al año anterior. Incluso el sector inmobiliario, en crisis, parecía reflotar.
Sin embargo, todo era un espejismo. Las cifras del segundo trimestre han vuelto a constatar la ralentización de la economía china y han confirmado que este fenómeno no es coyuntural. El gigante asiático, que durante décadas se ganó la admiración del mundo con su milagro económico, se ha dado cuenta de que su modelo ya no funciona. Las virtudes que un día propiciaron el crecimiento chino se han convertido ahora en su mayor defecto. Pekín lucha por revertir esto, pero abandonar el viejo sistema no será tarea fácil.
Los males de la economía china
La economía china sufre cinco grandes problemas: la crisis del sector inmobiliario, el endeudamiento de las Administraciones locales, la debilidad del consumo interno, la caída de las exportaciones y el declive demográfico. La paralización del mercado de la construcción es el mejor reflejo de esta crisis, pues representa en torno al 30% del PIB nacional. La quiebra en 2021 de Evergrande, la principal inmobiliaria del país, inició la caída del sector. En los últimos tres años, más de cincuenta promotoras chinas han incumplido sus pagos de deuda, y muchas no han completado sus proyectos por falta de liquidez.
La crisis inmobiliaria se ha extendido a otros sectores, afectando especialmente a los Gobiernos locales. Una parte importante de sus ingresos procede de la venta de terrenos a las promotoras para su edificación. De este dinero depende la financiación de sus programas sociales, de modo que los impagos de las constructoras han elevado el endeudamiento público. La inestabilidad del mercado inmobiliario también ha mermado la confianza de empresas y familias que invirtieron sus ahorros en propiedades, lo que ha reducido el consumo y la inversión. De hecho, el gasto actual de los hogares chinos representa un 38% del PIB, treinta puntos menos que el promedio mundial.
Hasta ahora China compensaba la debilidad de su consumo interno gracias al comercio exterior, pero eso tampoco funciona ya. Las ventas al extranjero sostuvieron la economía china durante los años de cierre por el coronavirus. Sin embargo, las exportaciones sufrieron en julio su mayor caída desde el inicio de la pandemia debido a la subida de los tipos de interés y la disminución de la demanda global. A esta delicada situación económica se suma la crisis demográfica. En 2022, China perdió habitantes por primera vez en más de seis décadas, y ya ha sido superada por India como el país más poblado del planeta. Incluso, se estima que su edad media crecerá de los 38 años en 2020 a los 50 en 2050.
Un modelo económico roto
Los cimientos del éxito económico de China son precisamente los que provocan ahora los problemas. Desde que Deng Xiaoping impulsó la liberalización económica del país en 1978, el modelo chino se basó en exportar manufacturas, invertir en infraestructuras y poder demográfico. China se convirtió en la “fábrica del mundo” gracias a una mano de obra barata e ilimitada, lo que empujó a grandes empresas a deslocalizar su producción allí. El crecimiento de la industria también propició la emigración de los campesinos hacia las ciudades y una rápida urbanización impulsada por cuantiosas inversiones en el sector inmobiliario. Del mismo modo, la buena relación entre Pekín y Occidente permitió su integración en la Organización Mundial del Comercio en 2001 y facilitó la llegada de inversión extranjera.
Los resultados iniciales fueron espectaculares. China experimentó tasas de crecimiento del PIB por encima del 9% anual. Sin embargo, la economía china alimentó sus propios males. Los bajos sueldos de los trabajadores desincentivaron el consumo interno y generaron una dependencia del comercio exterior y del sector inmobiliario. Las inversiones en la construcción mantuvieron las altas tasas de crecimiento, pero a costa de crear una burbuja especulativa y de reducir la productividad de la economía.
Al mismo tiempo, se intensificó la desigualdad entre las élites urbanas y los migrantes rurales. El crecimiento demográfico se frenó por la política de hijo único del Gobierno central y los costes económicos y sociales de tener hijos para las parejas jóvenes. A esto se añade también las dificultades para acceder al empleo. El paro juvenil alcanzó su máximo histórico en junio y las previsiones son tan negativas que Pekín ha decidido dejar de publicar estos datos. Con todo ello, China ha reducido su fuerza laboral y las migraciones internas, lo que ha disminuido la demanda de viviendas, lo que a su vez ha perjudicado al sector inmobiliario.
China también ha sufrido los cambios en el contexto internacional. La rivalidad geopolítica con Estados Unidos y la crisis del coronavirus han agravado los problemas de Pekín. Por un lado, la guerra comercial y tecnológica emprendida por Washington ha diezmado las capacidades de la economía china justo cuando pretende impulsar industrias punteras como la de los semiconductores. Por otro, los confinamientos estrictos impuestos por el Gobierno chino durante la pandemia paralizaron la actividad económica e incrementaron la desconfianza de las familias y los empresarios ante un mayor intervencionismo del Estado.
¿Puede China solucionar sus problemas?
El agotamiento del modelo chino obliga a Pekín a tomar medidas si quiere evitar que la economía se estanque. Por eso, en diciembre de 2022 el Gobierno presentó un nuevo plan económico en el que prioriza por primera vez la expansión del consumo de los hogares y la industria de alto valor añadido sobre la inversión inmobiliaria. Pero el Partido Comunista Chino se encontrará con numerosas dificultades para implementarlo. La incertidumbre generada por la gestión de la pandemia provocará que los consumidores sean menos receptivos ante los planes de estímulo del Ejecutivo, lo que obligará a elevar más el gasto para reactivar la demanda interna.
Pekín también tendrá que sortear otras reticencias dentro del país. Las empresas estatales y los Gobiernos locales han sido los grandes beneficiados de las inversiones públicas y no verían con buenos ojos un cambio de paradigma. Asimismo, el Gobierno central podría encontrarse con un profundo malestar entre las clases urbanas si impulsa reformas estructurales como el aumento de la edad de jubilación, el recorte de las pensiones o una modificación del sistema tributario.
Sin embargo, el principal obstáculo para China son las políticas intervencionistas de Xi Jinping. Durante su mandato, el presidente chino ha aumentado el control del Estado sobre la economía y ha impulsado el papel de las empresas estatales. Xi también ha recurrido a las viejas recetas —inversión en infraestructuras y subsidios para las exportaciones— para intentar estimular la economía, lo que ha agravado los problemas. Pero si China quiere una economía basada en el consumo, deberá permitir cierto grado de autonomía y volatilidad a sus familias. Y ese es un sacrificio que Xi no parece dispuesto a asumir.



