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Emmanuel Macron fascinó a la prensa europea en 2017. El exbanquero de Rothschild y ministro de Economía del socialista François Hollande se mostraba dispuesto a acometer las reformas económicas que las élites europeas demandaban para Francia, pero con sensibilidad social y con una visión progresista. Era el alter ego de Marine Le Pen, que, pese a su estrategia de “desdiabolización”, no había conseguido desprender totalmente el Frente Nacional de sus orígenes filonazis y su imagen reaccionaria y antieuropea.
Macron venció cómodamente a Le Pen en aquellas presidenciales, después de cooptar a los dos grandes partidos, el centroderecha y los socialistas, deslegitimados por las presidencias de Nicolas Sarkozy y Hollande. Pero lo que parecía un proyecto fresco pronto se convirtió en un remake de los peores errores de las élites políticas tradicionales, que favoreció el ascenso de la ultraderecha en Francia hasta llevarla a las puertas del poder.
Desde entonces, Macron ha tensionado la política francesa, jugando a convertirla en un duelo entre Le Pen y él. La izquierda siempre se le ha unido en el cordón sanitario contra la ultraderecha, y ha vuelto a hacerlo en las últimas elecciones legislativas. Pero los márgenes cada vez son menores: aunque el partido de Le Pen no ha conseguido la mayoría absoluta que esperaba, sí ha logrado el mejor resultado de su historia.
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