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China sabe que debe reaccionar. La Asamblea Popular Nacional celebra esta semana su evento anual y el Gobierno anunciará que aspira a un crecimiento económico de en torno al 5%. La economía ya creció un 5,2% en 2023, superando las expectativas oficiales, pero lejos del 9% de media de las últimas tres décadas. Esa moderación refleja un cambio en el modelo de desarrollo chino que viene de lejos: en 2007, el entonces primer ministro Wen Jiabao afirmó que era “inestable, desequilibrado, descoordinado e insostenible”.
Desde entonces, las autoridades han buscado cambiarlo. El presidente Xi Jinping ha lanzado planes como el Made in China 2025 y Standards 2035 para fortalecer el desarrollo industrial y tecnológico. También otros como el de la “prosperidad común”, que busca mejorar el nivel de vida de la población. Sin embargo, la urgencia ha aumentado. Los motores que han llevado a China a ser la segunda economía mundial, el sector inmobiliario y la gigantesca mano de obra, se están agotando. En 2023 hubo récord de viviendas sin vender y la población disminuyó en dos millones de personas, lo que ha llevado a Pekín a acelerar el cambio.
Más tecnologías, menos pisos
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