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La época más deprimente en la historia de la Unión Soviética fue entre finales de los años setenta y principios de los ochenta. También, y quizá gracias a ello, fue una época dorada de los chistes políticos. El secretario general del Partido Comunista, Leonid Brézhnev, era el blanco preferido. Las sátiras que circulaban sobre él lo retrataban como engreído, mediocre y estúpido, y su acento ucraniano era objeto de mofas. El propio Brézhnev le quitaba hierro al asunto: “Si hacen bromas sobre mí, eso significa que me quieren”. Pero para muchos de sus colaboradores más estrechos, aquello era el síntoma de algo más grave.
Detrás de la esplendorosa fachada del régimen soviético, de los desfiles en la Plaza Roja, la exploración espacial y los éxitos internacionales, había un montón de grietas cada vez más difíciles de ocultar para los ciudadanos de a pie. Medio siglo después, el régimen de Vladímir Putin está siguiendo un destino económico, político e internacional muy similar. El hombre que la revista Forbes consideró cuatro veces como el “más poderoso del mundo” ya no parece inspirar el respeto y el temor de antaño.
Un líder fuerte para un país humillado
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