No compares a Putin con Lenin o Stalin: se parece más a Brézhnev

Leónid Brézhnev y Vladímir Putin llegaron al poder en Moscú como líderes renovadores. Ambos consiguieron logros económicos y diplomáticos en sus primeros años. Sin embargo, con el tiempo aumentó la corrupción, la economía se estancó y el Kremlin se metió en guerras imposibles.
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No compares a Putin con Lenin o Stalin: se parece más a Brézhnev
Fuente: elaboración propia con imágenes de Wikimedia

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La época más deprimente en la historia de la Unión Soviética fue entre finales de los años setenta y principios de los ochenta. También, y quizá gracias a ello, fue una época dorada de los chistes políticos. El secretario general del Partido Comunista, Leonid Brézhnev, era el blanco preferido. Las sátiras que circulaban sobre él lo retrataban como engreído, mediocre y estúpido, y su acento ucraniano era objeto de mofas. El propio Brézhnev le quitaba hierro al asunto: “Si hacen bromas sobre mí, eso significa que me quieren”. Pero para muchos de sus colaboradores más estrechos, aquello era el síntoma de algo más grave.

Detrás de la esplendorosa fachada del régimen soviético, de los desfiles en la Plaza Roja, la exploración espacial y los éxitos internacionales, había un montón de grietas cada vez más difíciles de ocultar para los ciudadanos de a pie. Medio siglo después, el régimen de Vladímir Putin está siguiendo un destino económico, político e internacional muy similar. El hombre que la revista Forbes consideró cuatro veces como el “más poderoso del mundo” ya no parece inspirar el respeto y el temor de antaño.

Un líder fuerte para un país humillado

Brézhnev y Putin llegaron al poder como representantes de una nueva generación de líderes en un momento de debilidad de la URSS y Rusia, respectivamente. Ambos eran respetados en la élite por su energía y capacidad, y heredaron el poder de dos líderes cuestionados. Brézhnev asumió el poder en 1964 tras haber derrocado a Nikita Jruschov, desacreditado por su manejo de la crisis de los misiles. Putin, por su parte, se convirtió en la esperanza de Rusia tras años de crisis económica, guerras en Chechenia y el desgobierno de un Boris Yeltsin anciano, borracho y enfermo.

Ambos llegaron como líderes decididos y enérgicos, que pretendían llevar a cabo profundas reformas en el Estado, el Gobierno y la economía del país. Tenían ideas pragmáticas sobre el futuro al que debían encaminarlo. Y ambos acabaron fracasando en sus intentos de modernización, en gran medida porque sus derrotas en la arena internacional fueron inasumibles para las élites rusas.

Con el golpe blando que llevó al poder a Brézhnev y la dimisión de Yeltsin se terminaron los experimentos. Ambos Gobiernos adoptaron prácticas mucho más conservadoras. También rehabilitaron la imagen pública de Iósif Stalin, muy criticada por sus respectivos predecesores. En economía interna, promovieron un modelo de economía jerárquica donde el Kremlin otorgaba y quitaba prebendas en función de la lealtad de los súbditos y la utilidad de los servicios prestados.

Los primeros años de Brézhnev y Putin fueron de bonanza económica. En ambos casos parecía que la economía del país podía alcanzar a Occidente. Sin embargo, pese a estabilizar el sistema al principio, terminaron fomentando una gigantesca red de corrupción y de compraventa de favores. La corrupción en la URSS, sumada a las ineficiencias económicas del modelo socialista, fue una de las principales causas de la decadencia y caída del bloque sovietico. Las comparaciones con la prosperidad consumista de Occidente eran odiosas, y la corrupción rampante entre la élite gobernante fomentaba el cinismo y la apatía política entre los ciudadanos. Las corruptelas de la elite que rodea a Putin también son notorias, como demuestra entre muchas otras la desaparición de más de un millón de uniformes militares antes de la invasión de Ucrania.

Hidrocarburos por divisas

Putin también se parece a Brézhnev en que ambos usaron los hidrocarburos como herramienta diplomática con Europa. En los años setenta, la URSS acordó con Alemania Occidental suministrarle gas y petróleo a cambio de divisas e inversiones. La crisis del petróleo de 1973 y la distensión entre Moscú y Estados Unidos favorecieron un acuerdo que tendría gran impacto en Europa. El canciller alemán, Willy Brandt, esperaba que esa colaboración acercara a los soviéticos a los valores liberales y democráticos europeos. 

Si bien aquello no ocurrió, Putin consolidó esa relación con Gerhard Schröder y Angela Merkel en los años 2000. Esta colaboración dio frutos al principio: Alemania siguió liderando la economía europea, mientras que Rusia se recuperó de la crisis de los años noventa gracias a la subida de precios de las materias primas. Sin embargo, la situación empezó a cambiar con la anexión rusa de Crimea en 2014. Putin ya había usado la dependencia europea del gas ruso para presionar a Ucrania y otros países, pero esta vez tuvo mucho más impacto geopolítico. Occidente se apresuró a sancionar la economía rusa, y Estados Unidos o Polonia denunciaron el riesgo para Europa de depender del gas ruso.

Pese a estos choques, la relación de Rusia con Alemania continuó sin muchos contratiempos. La construcción del gasoducto Nord Stream 2, símbolo de aquella relación tan estrecha, siguió adelante pese al rechazo occidental a la política expansionista del Kremlin. Sin embargo, la inauguración de este gasoducto se frenó unos pocos días antes de la invasión de Ucrania, cuando las tropas rusas se acumulaban por miles en la frontera. La invasión del país terminó echando al traste esta colaboración histórica.

Afganistán, Ucrania y la decadencia imperial

Finalmente, la guerra de Ucrania parecía al principio una operación fácil para Putin, como la de Afganistán para Brézhnev. El ejército soviético, y después el ruso, eran considerados fuerzas fiables y eficientes, mientras que las fuerzas armadas estadounidenses venían de ser humilladas en sendas guerras de Vietnam y Afganistán. Pocos contaban con la ferocidad de las guerrillas afganas y con la tenacidad del Ejército ucraniano frente a los tanques rusos. Tanto en los montes afganos como en las llanuras ucranianas, el Kremlin se empantanó en una guerra larga y costosa con miles de bajas, en gran medida gracias al apoyo económico y militar de Estados Unidos.

En el caso de la invasión a Ucrania, la inteligencia estadounidense vaticinó que las tropas rusas tomarían Kiev en cuestión de días. Pero nada más lejos de la realidad. Entonces ¿por qué Putin se arriesgó, como Brézhnev, a una invasión temeraria que encima terminó de rematar la imagen internacional de país serio y respetable? Hubo varios factores en ambos casos: defender una “esfera de influencia”, la mala relación con Estados Unidos o incluso la expansión de su influencia internacional. Ambos, además, terminaron encerrados en el pequeño círculo de dirigentes del país, incapaces de ver la realidad.

Aunque los primeros años de Brézhnev se recuerdan como unos de los mejores de la historia soviética, al final de su mandato era un anciano senil que había llevado a su país al desastre de Afganistán y sembró la semilla para la derrota en la Guerra Fría. Los últimos años de Putin están siguiendo un recorrido similar: el hombre que pretendía devolver a Rusia su grandeza está demoliendo el edificio que tanto le costó construir durante más de veinte años.

Paco Valbuena

Murcia (1992). Graduado en Historia por la Universidad de Murcia. Actualmente, opositando para profesor de Secundaria. Hablo con fluidez inglés, francés, e italiano. Interesado en historia contemporánea, economía social y conflictos bélicos.