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“Más de cincuenta años unidos por el gas”: ese podría ser el eslogan de la relación especial entre Alemania y Rusia. Pero igual que Vladímir Putin llegó al poder en el 2000 y cambió el vínculo entre ambos países, la llegada de Olaf Scholz a la Cancillería alemana ha vuelto a cambiar este peculiar romance.
La relación entre Alemania y Rusia —entonces la Unión Soviética— comenzó a asentarse en los años setenta, tras un primer escarceo dos décadas antes que Estados Unidos se encargó de cortar. Desde entonces, alemanes y rusos han cooperado ganando gas barato unos y tecnología otros.
Pero esta complicidad ha estado marcada por expectativas incumplidas. Alemania confiaba en que Rusia se convertiría en un aliado con valores y mercados en línea con los europeos. Moscú, por su parte, buscaba integrarse en el comercio internacional y recuperarse como potencia económica a través de sus hidrocarburos. Sin embargo, ahora que Rusia ha invadido Ucrania, Alemania ya no quiere seguir comprando energía del este y busca otros proveedores, por lo que el Kremlin habla de “daños irreversibles” en el vínculo ruso-alemán.
Conseguir gas barato ¿y democratizar la URSS?
La Unión Soviética empezó a interesarse por el mercado energético europeo ya en los años cincuenta y sesenta, cuando varias empresas del continente intentaron venderle tuberías y tecnología para construir oleoductos y gasoductos hacia Europa. Pero era la Guerra Fría. Estados Unidos intervino para bloquear los acuerdos, embargando tuberías y argumentando que el proyecto iría en contra de la seguridad de los europeos, que pasarían a depender en exceso de los hidrocarburos soviéticos y serían vulnerables a las presiones de Moscú.
El mapa de los gasoductos de Europa
Tras este intento fallido, la relación ruso-alemana tardó una década más en formalizarse. Ambos países comenzaron a cooperar en los años setenta a través del acuerdo conocido como Gas for pipes (‘gas a cambio de tubería...
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