La Unión Europea es un espacio especialmente dependiente de la importación de gas para producir energía eléctrica y calentar sus ciudades. Para gran parte del continente la reserva de gas más accesible se encuentra a ambos lados de los Urales y el mar Caspio, en el gran arco gasístico controlado por Rusia. Sin embargo, entre productores y consumidores se encuentra un una zona de fricción e inestabilidad, herencia de la descomposición de la URSS, que atraviesa Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos. Es aquí donde entra en juego el Nord Stream 2, el gasoducto submarino más largo del mundo (1.200 km) y que podría cambiar los juegos de poder e influencia de gran parte del mapa de Europa, modificando profundamente la geopolítica del continente.
Antes de la construcción de este nuevo gasoducto, Rusia mantenía tres vías para abastecer a Europa Occidental de gas: el corredor ucraniano, con los gasoductos Soyuz y Brotherhood; el corredor bielorruso, con el gasoducto Yamal o Yamal-Europa; y una tercera vía de mucha menor capacidad, el corredor báltico, con el gasoducto del Nord Stream. Tras la guerra del gas entre Gazprom (Rusia) y Ucrania de 2006-2009, Rusia buscó reducir su dependencia tanto de Bielorrusia como, sobre todo, de Ucrania, con el objetivo de seguir vendiendo un combustible fósil que se ha convertido en una sus principales exportaciones.
Para ello Rusia diseñó un nuevo corredor por el mar Negro, donde planeaba construir el gasoducto South Stream. No obstante, el proyecto fue cancelado tras la anexión rusa de Crimea. De nuevo enemistado con Ucrania, pero dependiente de esta para exportar gas, desde el Kremlin se planteó la ampliación del Nord Stream con un segundo gasoducto de mayor tamaño, el Nord Stream 2. Ambos gasoductos, con una capacidad conjunta de 110 mil millones de m³ anuales, permitirían enviar el gas directamente de Rusia a Alemania puenteando toda el área conflictiva intermedia.
Alemania, por su parte, ha buscado su prosperidad económica frente a...