Ni realista ni defensora del orden internacional: Europa está siendo cobarde

Ursula von der Leyen defiende que la Unión Europea ya no puede sostener el mundo basado en normas y debe apostar por defender sus intereses estratégicos. En realidad no está haciendo ninguna de las dos cosas
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Ni realista ni defensora del orden internacional: Europa está siendo cobarde
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, durante una conferencia de prensa en Bruselas el pasado 2 de marzo de 2026. | NICOLAS TUCAT - AFP

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“Europa necesita una política exterior más realista y centrada en sus intereses”. Acostumbrados al vacío del deeply concerned ante cualquier crisis internacional, estas palabras recientes de Ursula von der Leyen ante los embajadores europeos parecían un soplo de aire fresco. Una llamada a la responsabilidad colectiva en un mundo cambiante. Pero nada más lejos de la realidad: la presidenta de la Comisión Europea pronto tuvo que matizarlas, remarcando el “compromiso inquebrantable” de la Unión con el derecho internacional, después de las réplicas de líderes como Pedro Sánchez o el presidente del Consejo Europeo, António Costa. En realidad, Von der Leyen sólo está escondiendo la cobardía de la UE con palabras más firmes.

La idea de una “Unión Europea geopolítica” no es nueva, pero ya suena a papel mojado. Bruselas se desvía cada vez más del objetivo de la autonomía estratégica. Su política exterior ha estado marcada por el creciente seguidismo de Estados Unidos, posturas encontradas, liderazgos personalistas y una marcada debilidad. Pero tampoco está apostando por defender el derecho internacional, desde la política migratoria hasta el apoyo a Israel mientras comete un genocidio en la Franja de Gaza. Así, el debate no es tanto entre pragmatismo y derechos humanos, sino si la UE está dispuesta a ir más allá del eslogan en ambos casos.

En cinco claves:
  • Ursula von der Leyen ha asegurado por separado que la Unión Europea debe defender sus intereses estratégicos y que mantiene su compromiso con el derecho internacional
  • Pero en realidad el bloque no está haciendo ninguna de las dos cosas
  • Si defendiera sus intereses, se opondría a la guerra de Estados Unidos e Israel en Irán, que ha aumentado los precios del gas y el petróleo
  • Tampoco ha defendido el derecho internacional al no oponerse a la ofensiva israelí en Gaza o con sus propias políticas migratorias
  • No se trata de pedirle una política siempre coherente a la UE, pero una apuesta a medias amenaza ya no sólo su poder geopolítico, sino su propia supervivencia

Europa no mira por sus intereses 

Una premisa de la política realista es la importancia del equilibrio de poder. En un orden internacional determinado por la ley del más fuerte, acumular poder, ya sea real o percibido, es clave para sobrevivir. Ese es el mundo que líderes como Donald Trump, Benjamín Netanyahu o Vladímir Putin están construyendo y al que Von der Leyen defiende que la UE se está adaptando. Así, que Europa no lamente los ataques de Estados Unidos e Israel sobre un régimen iraní que “ha infligido muerte y represión a su propio pueblo” es una forma de defender los intereses estratégicos europeos, de acuerdo con la presidenta de la Comisión. Y es que todo lo que está ocurriendo en torno al conflicto en Irán atenta contra el bienestar de la UE.

Para empezar, los ataques han desestabilizado el mercado de hidrocarburos, subiendo los precios. El bloqueo del estrecho de Ormuz ya ha causado aumentos del 30% en el caso del petróleo a nivel global y del 40% en el del gas en Europa. Este último preocupa especialmente, debido a la marcada dependencia europea de esta fuente de energía, más aún desde la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania.

De hecho, el golpe sobre los hidrocarburos del golfo Pérsico beneficia a Rusia, que se posiciona como alternativa de suministro a nivel global. Una Rusia fuerte es más capaz de mantener la guerra en Ucrania y de amenazar a la UE, que tiene hasta 2027 para cortar ese suministro de gas. Víktor Orbán, primer ministro húngaro y el mayor aliado de Putin en la UE, ya ha exigido que se levanten las sanciones contra Rusia ante la previsible subida de los precios de la energía. Por otro lado, la UE está poniendo trabas a sus propios logros en materia energética. En 2025 la Comisión Europea acordó retrasar uno de los principales objetivos de descarbonización, alargando la vida del coche de combustión más allá de 2035. Un alivio para el sector del automóvil, pero que ancla la dependencia de los hidrocarburos en el sector del transporte.

La guerra en Irán también amenaza la seguridad europea. El pasado 2 de marzo un dron de fabricación iraní impactó contra una base británica en Chipre. Pese a su impacto limitado, es un ataque que podría repetirse y ya ha motivado el despliegue de una operación militar conjunta de varios países europeos. La UE también tiene que considerar la violencia a largo plazo. La guerra contra el terror de George W. Bush fue clave en la expansión del terrorismo islamista en los años siguientes, una lógica que podría replicarse con la actual desestabilización de Oriente Próximo. Además, las tensiones pueden provocar una nueva crisis de refugiados en Líbano, foco de los ataques de Israel, como la de 2015 a raíz de la guerra en Siria. 

Con todo, Europa mantiene un perfil bajo en Irán para no incomodar a Estados Unidos e Israel. Con ese seguidismo de Washington, más que una imagen de lealtad, Europa proyecta debilidad, incapaz de marcar un rumbo propio o de defender su postura. Si la alianza atravesara un buen momento, esta cautela podría tener sentido, pero todo lo contrario. En 2025 los europeos enfrentaron duras negociaciones que culminaron con Von der Leyen en el campo de golf de Trump firmando unos aranceles del 15% para Europa a cambio de aranceles a cero para Estados Unidos. El éxito estuvo en haber evitado un acuerdo peor. Por otro lado, Trump ha amenazado a los países miembros, ya sea a España con cortar el comercio por no plegarse a sus intereses o, más grave, con su intención de anexionar Groenlandia. Así, Europa parece haberse convertido no ya en el súbdito de un aliado poderoso, sino de un adversario impredecible.

Alemania ataca de nuevo

La debilidad europea tiene muchos culpables, pero Alemania destaca sobre los demás. No es la primera vez que el país germano ve la política europea como una extensión de sus intereses. Ya ocurrió durante la crisis financiera entre 2008 y 2012, con la canciller Angela Merkel encabezando las políticas de austeridad y control de la deuda. Las medidas beneficiaron a la estable economía alemana, pero ahogaron el desarrollo de los países del sur y su recuperación posterior. También agravaron las divisiones internas, potenciando el euroescepticismo. Aunque han enmendado errores, especialmente con los fondos Next GenerationEU ante la recuperación de la pandemia, hoy los representantes alemanes en la Unión vuelven a hacer de las suyas.

Friedrich Merz es un caso claro. Dentro del giro radical de Alemania en política de defensa desde la guerra de Ucrania, el canciller ha seguido las exigencias de Trump. Además de los aumentos recientes, el líder alemán se ha comprometido a aumentar el gasto al famoso 5% del PIB que exige el presidente estadounidense. También a “convencer a otros de que hagan lo mismo”, como aseguró que haría con España en la reunión que mantuvo con Trump en el Despacho Oval a principios de marzo. De hecho, ya ha sido criticado en Alemania por su silencio ante las amenazas del estadounidense de cortar el comercio con España. “No es el momento de dar lecciones a nuestros aliados”, zanjaba tras los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán.

La cautela de Merz se explica con que Estados Unidos es el mayor destino de las exportaciones alemanas. De hecho, fue el país más afectado por los aranceles de Trump. Esa dependencia ha aumentado desde que China ha pasado de ser uno de sus mayores importadores a su principal competencia, especialmente en la industria automovilística, clave en la economía germana.

La otra gran exponente de la influencia alemana es la propia Von der Leyen. Durante su primer mandato como presidenta de la Comisión tuvo una marcada agenda europeísta, defendiendo la autonomía estratégica, los fondos de recuperación de la pandemia, o los programas de transición energética y una respuesta contundente contra Rusia. Sin embargo, en el segundo mandato ha dado un giro más personalista en el que la agenda alemana tiene más peso. Von der Leyen aprovecha su cargo para alzarse como la voz en materia de política exterior de la Unión, cuando en realidad es una política que fija el Consejo Europeo y un rol que le corresponde a la alta representante, actualmente Kaja Kallas. El problema es que las consideraciones de la presidenta terminan interpretándose como la postura unánime de Bruselas.

Ocurre lo mismo con el genocidio en Gaza. Aunque cada vez más países europeos condenan las masacres de Israel y han presionado para limitar las relaciones, Von der Leyen mantiene el argumento del derecho a la defensa propia. También se ha mostrado interesada por la Junta de Paz de Trump para gestionar la paz en Gaza, un organismo rechazado por muchos Estados miembros. Las críticas de líderes europeos apuntan a que la presidenta de la Comisión está yendo más allá de sus funciones. Josep Borrell, anterior jefe de la diplomacia europea, aseguraba que su tesis es “proisraelí, atlantista y de un sionismo militante”.

Lejos de lograr la unidad que siempre se le demanda a los Veintisiete, Von der Leyen está saltándose el multilateralismo innato de la Unión para imponer una voz única: la suya. Una decisión que puede quedar bien de cara al exterior, pero que está condenada a generar ruido y mayor división. Además, al perseguir una agenda propia, Alemania invita al resto de países a hacer lo mismo y reaviva el euroescepticismo que la crisis del brexit había dejado a mínimos. En definitiva, ese individualismo aleja cualquier posibilidad tanto de una Europa más geopolítica como de una guardiana del orden internacional basada en normas. 

La Unión Europea ya ha abandonado el derecho internacional

“Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido”, sentenciaba Von der Leyen antes de rectificar. La pregunta es si Europa estaba defendiendo el orden internacional. La defensa y promoción de la libertad, la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos y los principios de la Carta de Naciones Unidas es un compromiso que la UE recoge en sus tratados fundacionales, pero que ha cumplido de forma parcial. Como tantos otros países, los europeos han fallado en prevenir el genocidio en Gaza. Incluso han amparado a Israel, resistiéndose a cortar el acuerdo de asociación y la compraventa de armamentos. Tampoco condenaron la invasión y limpieza étnica de Azerbaiyán en el Alto Karabaj en 2023, priorizando las compras de gas en plena crisis con Rusia.

La UE tampoco es un adalid del respeto por los derechos humanos a nivel interno. El endurecimiento de las políticas migratorias y de asilo han favorecido la muerte de miles de migrantes en las rutas mediterráneas, así como las devoluciones forzosas y la repatriación a terceros países. La política migratoria europea ha sido además una punta de lanza de la política exterior de la UE. Buena parte de los acuerdos de vecindad con Marruecos, Túnez o Turquía se han basado en el control de la migración hacia las fronteras europeas. Una decisión que, lejos de fortalecer a Europa a nivel geopolítico, ha supuesto ceder poder a vecinos con los que también rivalizan en sectores estratégicos como la energía, el comercio o las nuevas tecnologías.

El caso de España con Marruecos es un ejemplo claro. Al otorgar a Rabat el control sobre el flujo migratorio, Madrid le ha regalado la oportunidad de chantajear cuando alguna decisión en política exterior le incomoda. Ya lo hizo en 2021 cuando el Gobierno español acogió al líder del Frente Polisario, Brahim Gali, para que recibiera tratamiento médico. Pedro Sánchez se ha erigido como el contrapeso de Von der Leyen en defensa del derecho internacional respecto a Irán o Israel, pero España ha ignorado sus deberes al respaldar el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara Occidental. Por lo tanto, si la UE apuesta por defender el viejo orden que muere, más que sostener a un enfermo terminal, ha contribuido a su deterioro.

Equilibrar el pragmatismo y el idealismo no es fácil. Sería iluso pedirle a la UE una política coherente en todo momento, asumir que no traspasará líneas rojas del derecho internacional en pos de asegurar bienestar material. Ese es, en el fondo, un reto de ambicionar mayor autonomía estratégica y una posición de fuerza en los asuntos globales. El problema es que la UE va a medio gas en ambas posturas. Cada vez ignora más el derecho internacional, toma medidas que juegan en contra de sus intereses estratégicos, retrocede en sus logros y no trabaja para ganar independencia y poder. Por contra, parece haber asumido que la posición es de debilidad y que la única opción es subsistir, esquivar la ira de rivales más poderosos a la espera de tiempos mejores. Así, la UE arriesga no ya su poder geopolítico, sino su propia supervivencia.

Alba Leiva

Madrid, 1997. Redactora en El Orden Mundial. Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la Universidad Carlos III. Me interesa la política internacional, la geopolítica de los recursos, las nuevas tecnologías y la cultura.

3 comentarios

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    Alfonso Fírvida

    Artículo duro y triste pero cierto, hace falta un rumbo claro para europa, eso implica unidad pero también objetivos y directrices coherentes en el espacio y el tiempo

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    David Marín Mateos

    Como siempre, Alba tan certera en sus apreciaciones. La UE se está convirtiendo en un espejismo y en una oportunidad perdida porque sigue habiendo un predominio de las economías grandes. Es un proyecto unilateral disfrazado de multilateralismo, le queda lo que le quede a la extrema derecha infiltrarse en sus instituciones. Una pena.

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    Raul Martinez Galera

    No me cuadra el anuncio. Europa no existe geoestratégicamente. Que a veces haya algo de agencia no significa que la UE sea un actor unificado, por lo que el comportamiento del todo es necesariamente incomprensible.

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