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A España se le acumulan las cesiones a Marruecos. Incluso se habla de un chantaje marroquí al presidente Pedro Sánchez tras la sustracción de casi tres gigas de su teléfono. Después de que en abril de 2021 el Gobierno español accediera a hospitalizar al líder del Frente Polisario, para ira marroquí, Madrid dejó pasar el salto de 10.000 personas a Ceuta alentado por Rabat sin retirar a su embajador. Entonces Moncloa ya era consciente de un hackeo con el software israelí Pegasus a varios miembros del Gobierno español que apunta a Marruecos. No hizo nada al respecto.
Sánchez despidió en julio a la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, vilipendiada por la prensa marroquí tras permitir la entrada de Brahim Gali, líder del Frente Polisario, en España para ser hospitalizado. Laya fue reemplazada por José Manuel Albares, considerado más promarroquí que su antecesora. Felipe VI destacó la “profunda amistad compartida” entre ambos países en el aniversario de la coronación de Mohamed VI ese mismo mes. Sin éxito. Ni siquiera asegurar el suministro de gas a Marruecos cuando Argelia le cortó el grifo consiguió apaciguar a Rabat. Solo apoyar la propuesta marroquí de autonomía para el ocupado Sáhara Occidental logró aplacar al Palacio, por ahora.
Una relación con pies de barro
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