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La muerte política de Angela Merkel fue dulce. Tras dieciséis años en la Cancillería alemana, en los que coincidió con tres presidentes españoles, cinco británicos y hasta siete italianos, la líder conservadora dijo adiós entre elogios en diciembre de 2021. Calificada como la “emperatriz de Europa”, Merkel se había erigido como figura clave para la UE. De entre las muchas alabanzas destacan las de haber consolidado a Alemania como un referente en el que los europeos podían confiar. Sin embargo, solo unos pocos meses después la guerra de Ucrania ha puesto su legado en entredicho.
Su laxitud hacia Rusia o China, su falta de visión estratégica, su apuesta por el gas frente a la nuclear o su postura durante la crisis del euro se han convertido en una carga cuando Bruselas se enfrenta a un choque con Rusia y una crisis energética. El nuevo Gobierno alemán ya ha tenido que revertir algunas decisiones de su antecesora, tratando de proteger a una Alemania que ahora parece débil y vulnerable. Existía un amplio consenso sobre que el fin de la era Merkel iba a traer grandes retos. Lo que no sabíamos es que sus políticas habían sentado las bases para muchos de ellos.
Merkel y el gas: Alemania como freno energético
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