El rearme alemán: del miedo al pasado a construir el ejército más potente de Europa

Berlín acelera su transformación militar entre la presión rusa, el giro de Washington y el debate sobre la autonomía europea. El complejo ha quedado atrás
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El rearme alemán: del miedo al pasado a construir el ejército más potente de Europa
El canciller alemán, Friedrich Merz (c) en un tanque en la ciudad de Munster el pasado 30 de abril de 2026. | DANIEL REINHARDT - AFP

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Boris Pistorius nunca se imaginó siendo el artífice del rearme alemán. El actual ministro de Defensa de Alemania le contaba hace poco al periodista Isaac Stanley-Becker que creció en un hogar declaradamente pacifista —su padre no permitía pistolas de juguete en casa— y, cuando en 1976 cobró conciencia política, lo que hizo fue unirse al Partido Socialdemócrata. En parte, dice, porque los socialdemócratas germanos fomentaban el acercamiento con Moscú. Una pulsión conocida como Ostpolitik basada en el convencimiento de que Rusia era una realidad geopolítica que no se iba a marchar a ninguna parte y con la que, por tanto, convenía mantener una buena sintonía.

El despertar respecto a Moscú comenzó hace ahora doce años. Después de que los rusos se anexionaran Crimea, los alemanes anunciaron que incrementarían el gasto público en defensa hasta situarlo en el 2% de su PIB. Pero sólo cumplieron hasta cierto punto, tal y como señaló Donald Trump durante su primer mandato, cuando se quejó de que muchos socios de la OTAN se encontraban lejos de aquel umbral. En una cumbre celebrada en Bruselas en el verano de 2018 el líder estadounidense llegó, incluso, a decir que Alemania era un país “cautivo de Rusia”. Se refería a su dependencia energética.

Tres años y medio más tarde sucedió lo que algunos, incluidos varios servicios de inteligencia occidentales, llevaban tiempo advirtiendo: la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Ahí algo en la mentalidad de los gobernantes germanos hizo clic y unos días después el entonces canciller, Olaf Scholz, del mismo partido que Pistorius, anunció un Zeitenwende. Un punto de inflexión. Scholz había viajado a Moscú poco antes de la invasión para intentar prevenirla. Pero, tal y como le ocurrió a Emmanuel Macron, sus esfuerzos cayeron en saco roto.

¿Qué prometía el Zeitenwende anunciado por el mandatario alemán? Principalmente, una inyección de fondos a las Fuerzas Armadas de Alemania (Bundeswehr) sin precedentes que, ahora sí, tenía como misión alinear el estamento militar del país con los objetivos establecidos por la OTAN.

Bases de la Otan en Europa

Y en esas estaban los alemanes cuando ocurrieron los sucesos de febrero de 2025. Primero la famosa Conferencia de Seguridad de Múnich en la que el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, comparó las democracias europeas con regímenes autoritarios. “La amenaza que más me preocupa para Europa no es Rusia ni China”, declaró Vance. “Lo que me preocupa es la amenaza interna”. Unos días después, en Washington, Vance volvió a escandalizar a los europeos al abroncar públicamente al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, por no querer aceptar los términos de un supuesto acuerdo de paz.

Para entonces el conservador Friedrich Merz ya había ganado las elecciones en Alemania y observaba atentamente los acontecimientos. Gente de su círculo ha reconocido que, durante las semanas que siguieron a lo visto en la Casa Blanca, no paró de preguntarse si acaso Estados Unidos sería capaz de abandonar a los europeos a su suerte. El futuro canciller terminó llegando a la conclusión de que ese podía ser el caso y de que había que ponerse en forma. De ahí la reforma de la Constitución que impulsó cuando llegó al poder, esa misma primavera, y que establecía, entre otras cosas, endeudamiento público ilimitado para la industria de defensa doméstica. El Bundestag aprobó la reforma enseguida.

Del miedo al desinterés: la relación de Alemania con lo militar

La relación que ha mantenido la sociedad alemana con su estamento militar durante los últimos ochenta años es complicada. Los expertos suelen destacar, por orden cronológico, tres estados de ánimo: rechazo profundo, desinterés amistoso y despertar estratégico.

El primero se suele atribuir a los años inmediatamente posteriores a 1945. El pueblo alemán salió de la Segunda Guerra Mundial profundamente marcado por el militarismo. Al principio muchos vieron al soldado raso de la Wehrmacht, ya derrotado, con cierta simpatía por lo sufrido durante los últimos años de conflicto, pero la perspectiva de un rearme a principios de los cincuenta fue contestada en Alemania Occidental con una oleada de protestas encuadradas en el movimiento Ohne Mich (Sin Mí).

Además, entre esos años y los ochenta, las décadas de la Guerra Fría, el pacifismo cobró mucha fuerza en la RFA fruto de dos miedos: el temor al pasado nazi y el temor al desastre nuclear. Dicho pacifismo se canalizó a través de movimientos como Kampf dem Atomtod (Luchando contra la Muerte Nuclear), el cual protestaba contra el despliegue de armas nucleares estadounidenses en suelo alemán. En paralelo, tal y como explica la historiadora Susanna Schrafstetter, el grueso de la sociedad se debatía entre asumir a las fuerzas armadas alemanas como una contribución a la defensa del país o como un estamento listo para la agresión. Esto último generaba un gran rechazo.

El desinterés amistoso, un término acuñado por el presidente democristiano Horst Köhler, es el ánimo que imperó a partir de 1990, tras la caída del Muro de Berlín, al evaporarse la amenaza inmediata de conflicto. Semejante desinterés fue también lo que impulsó una drástica reducción del gasto en defensa. La brecha entre el alemán medio y sus uniformados se agrandó progresivamente, y despliegues como el de los Balcanes o el de Afganistán se entendían como algo ajeno al día a día del país.

Hasta la anexión de Crimea y, sobre todo, la invasión rusa de Ucrania en 2022, la sociedad alemana mantuvo esta relación distante y hasta cierto punto escéptica, aunque no particularmente crítica, con sus militares. Desde febrero de 2022, sin embargo, el consenso en torno a la idea de desarrollar un poderío militar creíble y disuasorio ha crecido progresivamente empujado por las acciones del Kremlin, pero también por las de la Casa Blanca tras el regreso de Trump.

Más gasto, más tropas y un debate abierto

Los números concretos dejan pocas dudas sobre la seriedad con la que la clase política alemana está tomándose el rearme. Según informó el pasado junio el Ministerio de Defensa, el país planea invertir más de 460.000 millones de euros en modernizar la Bundeswehr.

¿Cómo se va a financiar ese esfuerzo? Principalmente mediante el endeudamiento. La deuda pública alemana, de en torno al 63% del PIB, sigue siendo relativamente baja en comparación con otros países europeos y existe margen fiscal. Aunque en las últimas fechas se ha hablado de un plan gubernamental de “austeridad para financiar el rearme”, en Alemania la discusión en torno a esos ajustes responde más a la necesidad de contener el déficit estructural —particularmente en ámbitos como la sanidad o las pensiones— que a una reasignación directa de recursos hacia la Bundeswehr. Pese a esto, las distintas propuestas siguen sometidas a una intensa negociación en el seno de la coalición de gobierno que forman los democristianos de la CDU y los socialdemócratas del SPD.

Sea como fuere, los 460.000 millones de euros anunciados por Berlín suponen una cantidad superior a la que anunció Francia en 2024, cuando anunció 413.000 millones de euros hasta 2030 para la mejora de sus fuerzas armadas. Muy por detrás quedarían países como España, que tras el incremento del gasto en defensa de hace un año estaría invirtiendo 165.000 millones de euros entre 2025 y 2030.

Más allá de modernizarla y ponerla al día, el Ministerio de Defensa alemán también quiere hacer crecer a la Bundeswehr desde los 182.000 efectivos actuales hasta los 260.000 (sin contar reservistas) en los próximos cinco años. Para lograrlo ha aprobado, incluso, una suerte de servicio militar que pese a apostar por el reclutamiento voluntario exige a todos los alemanes varones que alcanzan la mayoría de edad rellenar un formulario sobre su disposición a vestir el uniforme, sobre su condición física y sobre su nivel educativo (para las mujeres es voluntario).

La idea es que, si no se consigue llenar la cuota anual con voluntarios, exista base para establecer un reclutamiento obligatorio atendiendo a los filtros del cuestionario. Más adelante, a partir de mediados de 2027, el proceso contempla que todos los hombres nacidos a partir de 2008 deban presentarse en una fecha y hora determinadas para una prueba de aptitud física.

La cuestión del reclutamiento (Ley de Modernización del Servicio Militar) ha generado bastante controversia entre la juventud germana, con protestas y huelgas estudiantiles. La tensión subió enteros cuando a finales de marzo un pequeño diario de Frankfurt destapó una cláusula que exigía a los varones alemanes en edad militar —desde los diecisiete hasta los 45 años— informar al ejército de estancias en el extranjero superiores a los tres meses. Ante el clamor popular contra la medida, y ante las críticas de los tres partidos de la oposición —Los Verdes, La Izquierda y Alternativa para Alemania (AfD)—, Pistorius anunció la retirada de la cláusula. 

Como era de esperar, el hecho de que la cláusula hubiese pasado desapercibida durante la aprobación de la medida dejó unas cuantas preguntas en el aire. Principalmente, si los parlamentarios alemanes se habían leído la nueva ley. Y, en caso negativo, ¿por qué no? “Uno tiene la impresión de que el Bundestag se ha embarcado en un auténtico derroche de dinero y que la supervisión parlamentaria es prácticamente inexistente”, afirmaba el medio de investigación Correctiv. “Muchos miembros del Bundestag desean un ritmo más pausado y una mayor minuciosidad”.

Todo lo anterior puede llevar a la impresión de que el rearme alemán y el reclutamiento no son demasiado populares en Alemania. Pero los expertos que observan este proceso de cerca disienten. “Una inmensa mayoría de alemanes lo apoya”, explica Yann Wernert, analista del Jacques Delors Centre, un think tank berlinés.

Los números proporcionados por la propia Bundeswehr refuerzan esta idea. El año pasado, las fuerzas armadas alemanas reclutaron aproximadamente a 25.000 nuevos soldados, un 23% más que en 2024, y las solicitudes recibidas rozaron las 60.000, un 9% más. Una tendencia que se ha consolidado durante los primeros meses de 2026. Es decir, tras la aprobación de la Ley de Modernización del Servicio Militar.

Muchos en Alemania atribuyen esta dinámica no tanto al fervor militarista —la sociedad alemana continúa siendo cautelosa— como a la fama de la Bundeswehr como un empleador fiable en tiempos de incertidumbre económica. Pese a esto, la cercanía con Ucrania y los efectos de la guerra híbrida lanzada por Rusia contra Europa —sabotaje de cables submarinos en el Báltico; drones sobrevolando infraestructura crítica en Polonia; o el misterioso incendio del aeropuerto de Leipzig— están teniendo impacto en parte de la sociedad. Algo que en lugares como España o Italia, muy alejados de las trincheras, sigue siendo objeto de debate.

El ‘Zeitenwende’ visto desde Europa

Más allá de querer modernizar y agrandar las fuerzas armadas alemanas, el Zeitenwende anunciado por Scholz contemplaba algo inédito: el despliegue permanente de una brigada de combate alemana en el extranjero por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. La operación, centrada en Lituania, comenzó en la primavera de 2024 con el aterrizaje en Vilna de veintiún uniformados. Su misión era preparar el terreno para lo que estaba por venir: estacionar 5.000 efectivos de la Bundeswehr a tan sólo treinta kilómetros de la frontera con Bielorrusia, el leal aliado de Rusia en Europa del Este.

¿Cómo se han tomado este despliegue los lituanos? “Para la gente a la que conocí en los barrios residenciales de Vilna los recuerdos del terror soviético están más vivos [que el paso de los nazis] y el temor a la agresión rusa es constante”, dice el propio Isaac Stanley-Becker en un reportaje de la revista The Atlantic. “Una joven madre me contó que su familia había sufrido bajo las políticas de colectivización soviéticas, que se siente más segura con soldados alemanes cerca, y cuando me acerqué a otro residente, un guionista, sólo dijo: ‘Vivimos al lado de un país de mierda’”.

La ecuación suele repetirse en otros lugares del antiguo telón de acero como Polonia, la República Checa o Ucrania. Por eso en esas latitudes el rearme alemán se ve con buenos ojos. Cunde la sensación de que, al fin, Berlín ha despertado de su letargo. Máxime cuando al otro lado del Atlántico el máximo proveedor de músculo en la OTAN, Estados Unidos, se percibe como un aliado cada vez menos fiable. La Bundeswehr no puede compararse con las fuerzas armadas estadounidenses, pero es un activo más que bienvenido en un Báltico obsesionado con la disuasión.

“El reposicionamiento [militar] de Alemania ha sido bien recibido por sus vecinos europeos”, sentencia Yann Wernert, el experto del Jacques Delors Centre, quien no obstante reconoce que sigue existiendo cierto “resentimiento por decisiones políticas pasadas consideradas demasiado complacientes con Rusia”.

Ese resentimiento enlaza con las reservas que todavía existen en muchos círculos europeístas a la hora de aplaudir con entusiasmo el nuevo rumbo de Alemania: su renovado compromiso con la OTAN y con la Unión Europea. Son reservas que nacen, precisamente, de la creencia de que en cuestiones estructurales Alemania siempre termina mirando hacia dentro y de que su política europea no es sino mera política local. Como cuando en marzo Trump aprovechó la visita de Merz a Washington para criticar públicamente a España por su poca implicación en la guerra contra Irán y el canciller alemán prefirió guardar silencio. Merz no sólo fue criticado en España; en todo el continente surgieron voces acusándole de anteponer su relación con Washington al europeísmo.

Otra pregunta pertinente tiene que ver con la relación entre Alemania y Rusia. Hasta la invasión de Ucrania se había caracterizado por la dependencia energética de los alemanes hacia los rusos. ¿Representa el cambio actual una ruptura definitiva? “La invasión de Ucrania ha hecho añicos las creencias arraigadas al respecto como, por ejemplo, que Rusia nunca dejaría de suministrar gas a Alemania como tampoco lo hizo la Unión Soviética durante la Guerra Fría”, explica Wernert. “Esas creencias no van a volver y, en ese sentido, pienso que se trata de una ruptura definitiva”. En Alemania, sentencia el analista, ya no se concibe una coexistencia pacífica con Rusia si no es por la vía de la disuasión militar.


Este artículo fue publicado en el marco del proyecto europeo Media Organisations for Stronger Transnational Journalism (MOST), financiado por la Unión Europea. Las opiniones y puntos de vista expresados solo comprometen a su(s) autor(es) y no reflejan necesariamente los de la Unión Europea o los de la Agencia Ejecutiva Europea de Educación y Cultura (EACEA). Ni la Unión Europea ni la EACEA pueden ser considerados responsables de ellos.

Borja Bauzá

Madrid, 1985. Licenciado en Historia por la Universidad Complutense de Madrid y Master of Arts in Cultural Reporting and Criticism por la Universidad de Nueva York. Periodista freelance desde hace más de diez años. Actualmente vivo en Berlín y escribo sobre política y geopolítica en el espacio europeo, con especial atención a Ucrania y a las dinámicas de la guerra híbrida en los conflictos contemporáneos. Autor de La tribu vertical.