Alemania ha sido durante años la locomotora de Europa. Entre principios de los 2000 y finales de la década de 2010, la economía alemana creció un 24%, en comparación con el 22% del Reino Unido o el 18% de Francia. Su modelo económico, basado en la competitividad de su industria y en las exportaciones, era reconocido en todo el continente. Su canciller, Angela Merkel, era conocida con el apelativo de la “emperatriz de Europa”.
Sin embargo, los tiempos de bonanza son historia: Alemania vive hoy su peor crisis económica en dos décadas. En 2024, la economía alemana cerró su segundo año consecutivo en recesión, algo que solamente había sucedido en 2003, y su industria automovilística, la más importante del país y motivo de orgullo nacional, se tambalea. Volkswagen llegó incluso a plantear el cierre de plantas en Alemania por primera vez en su historia, aunque los sindicatos consiguieron disuadir al mayor fabricante alemán de coches a cambio de 35.000 despidos y la congelación de los salarios.
Pero la tormenta que zarandea a la primera economía de Europa no es sólo financiera. Las tensiones en el Gobierno y el ascenso de fuerzas radicales han acabado con la estabilidad y la moderación que caracterizaban a la política alemana, donde apenas se han sucedido veintiocho Gobiernos desde 1958, frente a los 48 de Francia o los 57 de Italia. De hecho, las elecciones anticipadas de este domingo se celebran tras el colapso de la coalición formada por socialdemócratas, verdes y liberales, y en ellas se prevé el mejor resultado de la ultraderecha desde el ascenso de Adolf Hitler.
Las exportaciones: el pilar del modelo económico alemán
Alemania ha centrado su modelo económico en las exportaciones, principalmente en los sectores del automóvil, la ingeniería mecánica y la química. El eje de su política comercial ha sido históricamente el del exportweltmeister, es decir, ser el ‘campeón mundial de las exportaciones’. Siguiendo esta lógica, que lo ha convertido en el tercer gran exportador del mundo por detrás de China y Estados Unidos, Alemania necesita generar enormes superávits comerciales —vender mucho más de lo que compra— para crecer.
Esta receta fue la que implementó el socialdemócrata Gerhard Schröder tras su llegada al poder en 1998, cuando heredó una economía debilitada tras la reunificación alemana. Durante los años noventa, Alemania priorizó la inversión interna para financiar la reconstrucción de Alemania Oriental, lo que ralentizó el crecimiento económico e incrementó el endeudamiento y el paro.
Para reactivar la economía, Schröder apostó por reducir los costes laborales e impulsar las exportaciones. En primer lugar, promovió un programa de reformas económicas diseñado por Peter Hartz, ejecutivo de Volkswagen, que rebajó los impuestos para las empresas y flexibilizó el mercado laboral. Con ello, se extendieron los minijobs, empleos temporales y precarios que disminuyeron el desempleo y los gastos empresariales. Al mismo tiempo, Schröder profundizó las relaciones energéticas entre Alemania y Rusia. El gas barato ruso abarataba los costes productivos y abastecía a una industria intensiva en energía.
A todo ello se unió la integración de China en el comercio internacional. Su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001 abrió el mercado chino a los productos alemanes, que encontraron en el gigante asiático una demanda insaciable de coches y maquinaria. La relación comercial con Pekín se intensificó especialmente tras la crisis del euro en 2008, cuando Alemania compensó la caída de la demanda en Europa incrementando sus exportaciones a China. Junto a esto, la industria alemana se benefició de la entrada de los países de Europa del Este a la Unión Europea en 2004. Esta adhesión amplió el mercado europeo y facilitó que las empresas alemanas deslocalizaran su producción a otros países más baratos como Eslovaquia, Chequia o Hungría.


La confluencia de estos factores propició que la economía alemana experimentara su segundo “milagro económico” entre 2005 y 2012. En este periodo, la tasa de paro se redujo a la mitad y el país se acercó al pleno empleo. Asimismo, las exportaciones alemanas prácticamente se duplicaron entre los años noventa y finales de los 2000, cuando el superávit de la balanza comercial superó el 25%.
Una economía lastrada por la austeridad
La economía de Alemania prosperó en un mundo caracterizado por el auge de la globalización, el libre comercio, el liderazgo de Estados Unidos y sus relaciones con Rusia y China. Sin embargo, los cambios internacionales han expuesto la vulnerabilidad del modelo económico alemán. Por un lado, la pandemia del coronavirus paralizó la producción, redujo la demanda y ralentizó el crecimiento económico global. Por otro, el inicio de la invasión de Ucrania en 2022 provocó el corte del suministro de gas ruso a Europa. Más de la mitad de las importaciones de gas de Alemania provenían entonces de Rusia.
Berlín no tuvo más remedio que buscar nuevos proveedores, principalmente Noruega y el gas natural licuado de Estados Unidos, y la industria vio multiplicada por tres su factura de luz en apenas un año. La desconexión del gas ruso fue aún más traumática por el cierre de las centrales nucleares decidido por Angela Merkel en 2011 e implementado en 2023, que ahondó el agujero energético alemán y dejó expuesto a su entramado industrial a los vaivenes del mercado internacional. Como resultado, los hogares alemanes pagan más cara la electricidad que en cualquier otro país de la Unión Europea y la producción industrial ha caído un 10% desde la pandemia.
Entretanto, Estados Unidos ha acentuado el giro proteccionista que comenzó con el primer mandato de Donald Trump, y China se ha convertido en un competidor cada vez más fuerte. Los subsidios del Gobierno chino, el control de las cadenas de suministro y su desarrollo de tecnologías avanzadas de software e inteligencia artificial han hecho que los vehículos eléctricos chinos desplacen a los fabricantes alemanes en el mercado. Si en 2015 Alemania era el principal exportador de coches del mundo, la falta de innovación y el escándalo del dieselgate —un fraude masivo en la medición de los niveles de contaminación de millones de coches diésel de Volkswagen— lo han hundido hasta la cuarta plaza.
Al mismo tiempo, la transición hacia los coches eléctricos ha incrementado la dependencia alemana de China para el suministro de materias primas, baterías o semiconductores. Todo ello, unido a la caída de la demanda china, ha provocado que las exportaciones alemanas a China se hayan congelado y que el déficit comercial de Alemania con Pekín se haya prácticamente triplicado desde 2020.


Con todo, las principales dificultades de Alemania son internas. La economía alemana arrastra problemas estructurales como su dependencia de las exportaciones de su industria, su lenta burocracia o la escasez de mano de obra cualificada, agravada por el envejecimiento de la población. Sin embargo, su principal problema reside en la falta de inversión. Alemania es el único país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) con una inversión pública neta acumulada prácticamente nula en este siglo.
Este control del gasto ha agudizado el deterioro de las infraestructuras alemanas y su atraso en el desarrollo de la tecnología digital. Debido a esto, Alemania cuenta con una red ferroviaria cada vez más deficiente y con numerosos problemas en el despliegue de internet y las redes de telefonía móvil. Una prueba de este atraso es que la fibra óptica apenas representa el 11% de las conexiones de banda ancha en Alemania. En España, esa cifra alcanza el 86%. De hecho, en 2021, siete de cada diez hogares alemanes todavía estaban conectados a cables de cobre, que ofrecen una velocidad de conexión más lenta.
La falta de inversión en Alemania es el resultado de la aversión de los alemanes a la deuda. Desde finales de los años noventa, Alemania ha promovido una rigurosa política de austeridad fiscal. Este enfoque alcanzó su punto álgido durante la crisis del euro, cuando Berlín impuso sus recetas de austeridad en la Unión Europea e introdujo en 2009 el freno a la deuda en la Constitución. Este mecanismo prohíbe a los estados alemanes incurrir en déficit, y limita el del Gobierno alemán a un máximo del 0,35% del PIB.
Todo el espectro político alemán, de izquierda a derecha, ha alimentado ese enfoque casi religioso de las finanzas públicas que causó estragos en el sur de Europa durante la crisis financiera y que ahora comienza a desmoronarse en el país. El freno a la deuda permitió a Alemania reducir su deuda pública, pero le ha impedido invertir en sus infraestructuras, modernizar su industria y digitalizar el país. En un giro histórico, Friedrich Merz, líder de los democristianos y casi con toda probabilidad próximo canciller, se ha abierto a replantear ese mecanismo.
La crisis política detrás de la recesión
La crisis económica ha tenido un profundo impacto en la política alemana. En las últimas décadas, los Gobiernos alemanes han condicionado sus políticas al mantenimiento del modelo económico alemán. Estas decisiones han consolidado las dependencias externas de Alemania y han debilitado su liderazgo geopolítico en Europa. Pero sobre todo, el deterioro de la economía ha agudizado la fragmentación política en el país. Este fenómeno se ha hecho visible con la crisis de los partidos tradicionales y la irrupción de fuerzas populistas y antisistema como Alternativa por Alemania (AfD), de ultraderecha, y la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), de izquierda rojiparda.


Uno de los factores que más ha contribuido al crecimiento de estas formaciones es la brecha entre el este y el oeste de Alemania. La reunificación alemana en 1990 supuso la integración de Alemania Oriental —que había sido un Estado socialista durante la Guerra Fría— en el sistema político, económico e institucional de Alemania Occidental. Este proceso derivó en la destrucción y la desindustrialización de la economía del este. Hoy en día, los estados orientales siguen teniendo una renta per cápita y tasas de empleo inferiores a las de las regiones occidentales. Todo ello alimentó la desafección de los alemanes del este hacia el nuevo Estado alemán, y es en los länder orientales donde los partidos antisistema han concentrado su principal base de apoyos.


Otro elemento detrás del ascenso de estos partidos es el impacto de las reformas de Schröder. El líder socialdemócrata reactivó el crecimiento económico a costa de incrementar la desigualdad y la precariedad laboral. Ese deterioro del estado de bienestar golpeó con fuerza a la población del este de Alemania, pero también afectó a los trabajadores del oeste, que representaban la base tradicional de votantes socialdemócratas. Estos electores simpatizarían años más tarde con la retórica antiinmigratoria de AfD, ante la percepción de que su estatus social anterior se había erosionado.


La inmigración ha sido un tema central para estas fuerzas. Durante dos siglos, Alemania había sido un país emisor de inmigrantes. Sin embargo, esa tendencia se revirtió en la segunda mitad del siglo XX, y en los setenta la tasa de natalidad se desplomó con el auge del movimiento feminista y la integración de las mujeres en el mercado laboral. En las últimas décadas, Alemania ha compensado ese declive demográfico con la inmigración: la crisis de la eurozona aceleró la llegada de inmigrantes europeos al país y la “política de puertas abiertas” de Merkel durante la crisis de los refugiados de 2015 permitió la acogida de más de un millón de solicitantes de asilo sirios, afganos e iraquíes. Todo esto ha convertido a Alemania en uno de los países europeos con mayor proporción de extranjeros, un 19,5% frente al 17,1% de España o el 13,1% de Francia.


La recesión económica, la erosión del estado del bienestar y el aumento de la inmigración han favorecido la difusión del discurso contra los inmigrantes. Ese sentimiento es particularmente intenso en los estados de Alemania Oriental, que fue un Estado hermético y étnicamente homogéneo durante la Guerra Fría. Los últimos atentados terroristas perpetrados por personas de origen extranjero han acrecentado ese rechazo, e incluso los partidos tradicionales están abrazando el discurso antiinmigratorio de la ultraderecha.
En paralelo a la fragmentación política y el austericidio económico, Alemania ha desplegado una política internacional inmovilista orientada a sostener su statu quo, esto es, sus relaciones con Estados Unidos, Rusia y China. La política de Schröder hacia los rusos fue especialmente controvertida. El líder alemán intensificó la relación energética que Alemania Occidental había comenzado a desarrollar con Moscú en los años setenta, con la política de acercamiento hacia el Este del canciller socialdemócrata Willy Brandt. De hecho, Schröder fue el impulsor del Nord Stream 1, el gasoducto que conectaría Alemania con Rusia a través del mar Báltico. Su cercanía con el presidente ruso, Vladímir Putin, terminaría colocando a Schröder en el consejo de administración de Rosneft, la petrolera estatal rusa.
Las dependencias comerciales han convertido a Berlín en el freno geopolítico de la Unión Europea. Por ejemplo, el Gobierno alemán fue una de las voces más moderadas tras la anexión rusa de Crimea en 2014. De igual manera, sus socios europeos han criticado a Alemania por demorar el envío de tanques a Ucrania tras el inicio de la invasión rusa en 2022. Algo parecido ha sucedido con China: Alemania fue uno de los países de la Unión Europea que se opuso a la imposición de aranceles a los vehículos eléctricos chinos por temor a las represalias de Pekín y a su impacto en su industria automotriz. Y con relación a Estados Unidos, Angela Merkel sofocó reiteradamente las reclamaciones de mayor autonomía en temas de seguridad del presidente francés Emmanuel Macron mientras trataba de limar asperezas con Washington, destino de hasta el 22% de sus exportaciones extracomunitarias.
Un futuro sombrío tras las elecciones
Alemania afrontará numerosos retos después de estas elecciones. Todas las encuestas indican que Friedrich Merz liderará el nuevo Gobierno, probablemente en coalición con los socialdemócratas o con los verdes. Pese a que la ultraderecha se ha consolidado como segunda fuerza, su entrada en el Ejecutivo resulta impensable. Aun así, el éxito de AfD condicionará las posiciones de Merz sobre la inmigración. De hecho, AfD ya ha votado en el Parlamento alemán junto a la CDU para endurecer las políticas migratorias, debilitando el tradicional cordón sanitario a la ultraderecha en Alemania.
Junto a la inmigración, los principales objetivos de Merz serán reactivar una economía en declive y recuperar el liderazgo alemán en Europa. Pero no lo tendrá fácil. Primero, el líder democristiano tendrá que gestionar un contexto internacional convulso por el regreso de Trump y la competencia de China. En el plano económico, las políticas proteccionistas de Washington, sus amenazas arancelarias y su confrontación con Pekín dañarán especialmente a Alemania, que es el país europeo que más exporta tanto a Estados Unidos como a China. En el ámbito de la defensa, el acercamiento de Trump a Rusia y su exigencia de aumentar el gasto en la OTAN también afectarán al Gobierno alemán, que deberá lidiar con su dependencia militar de Washington y con las presiones de AfD o BSW para frenar la ayuda a Ucrania.
No obstante, el mayor desafío de Merz será recuperar el poderío económico de Alemania. Sus promesas de rebajar impuestos y ofrecer incentivos fiscales para trabajar horas extra se toparán con la necesidad de incrementar la inversión pública. Pero para que la locomotora vuelva a rodar, Merz y Alemania tendrán que enfrentarse a su peor miedo: el freno de la deuda.

Absolutamente fantástico texto. EOM es una maravilla.
Que gran artículo! Muy buen complemento al podcast de esta semana. Enhorabuena!
Que cosa no ? al final del túnel de la austeridad, no deuda, no déficit, comer arroz hervido para llegar a fin de mes, Esta esto. No era este el camino hacia la prosperidad ?. No es esta una demostración de lo erradas que están las teorías económicas liberales en sus diversas versiones ?.
Muy bueno y gran trabajo con los gráficos!!