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Volkswagen y BMW en automoción, BASF en químicos y Siemens en ingeniería. El poderío industrial ha sido un histórico sello de identidad y un orgullo nacional en Alemania. Hasta ahora. Los altos precios energéticos y la inflación salarial han hecho del país una localización industrial cada vez menos atractiva. Dos tercios del sector manufacturero ya no lo consideran en sus planes de expansión y el 16% ya ha empezado a irse.
La crisis ya ha llevado al país a la recesión técnica. La economía también se contraerá en el tercer trimestre del año, de acuerdo con el Banco Federal Alemán, y el PIB retrocederá un 0,4% en 2023, según estima la Comisión Europea. Los índices de actividad industrial no dejan de bajar y el desempleo está en su punto más alto en dos años. El Gobierno de coalición, que lidera el socialdemócrata Olaf Scholz, ha intentado contenerlo rompiendo con la tradición frugal germana, pero ha sido insuficiente para prevenir la sangría de inversiones de grandes multinacionales. En este escenario, la extrema derecha sube con fuerza gracias a su oposición a la transición energética y Europa mira con preocupación.
Una crisis que no mejora
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